Fe y mucha esperanza es lo que se ha respirado hoy en la plaza de San Pedro de Roma en el encuentro de jóvenes españoles, enmarcado dentro del Jubileo de Jóvenes 2025. Una reunión de alrededor de 30000 personas que han completado el aforo de la plaza y que han vibrado y contagiado su alegría y su ilusión por una vida plena caminando junto al Señor.
Pero la jornada comenzaba a las cuatro de la tarde con una rueda de prensa de presentación del encuentro, en la que han participado D. Luis Argüello, presidente de la Conferencia Episcopal Española (CEE); nuestro Obispo, D. Arturo Ros, presidente de la Subcomisión Episcopal para la Juventud y la Infancia de la CEE; D. Raúl Tinajero, director de esta Subcomisión y Antonio Garrido y Alberto Naranjo, dos jóvenes participantes que han compartido su testimonio de fe y de vida y cómo está siendo su experiencia jubilar.
Todos los intervinientes han coincidido en señalar la importancia de eventos como el que nos trae a la capital italiana esta semana para alimentar y acrecentar la fe de los jóvenes. Incluso, tal y como ha señalado D. Raúl Tinajero, «después de encuentros como este, muchas personas han descubierto cuál es su verdadera vocación». Antonio y Alberto han compartido dos testimonios diferentes, pero igual de enriquecedores y ambos han concluido que esta es una ocasión especial en la que venían sin expectativas, abiertos a lo que el Señor disponga.
El encuentro daba comienzo a las seis de la tarde. Hasta el comienzo de la Eucaristía a las ocho, los asistentes han disfrutado de un ambiente de oración, música, cantos y animación. La Eucaristía, presidida por D. Luis Argüello y en la que han concelebrado más de cincuenta obispos españoles, ha resultado ser uno de los momentos más especiales de la semana por el número de personas asistentes y por haberla podido celebrar en la Plaza de San Pedro, un lugar tan significativo para todos nosotros.
En la jornada de mañana sábado espera el culmen de este Jubileo con el encuentro con el Papa León XIV y la vigilia en Tor Vergata. Sin duda, una ocasión única para disfrutar de la presencia del Santo Padre, pero también para orar juntos y generar un espacio de fraternidad y encuentro que, como suele suceder en las JMJ y en otros eventos similares, permite a los asistentes vivir momentos que inmediatamente se convierten en recuerdos para toda la vida.
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