CATÓLICOS EN SALAMANCA – Teresa, de Cerezal de Puertas: “Parte de mi casa se ha quemado”

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Los vecinos de este municipio fueron desalojados cuando el incendio de Cipérez llegó a sus viviendas, y ahora relatan cómo vivieron esa jornada y cómo la fe les acompaña

 

SERVICIO DIOCESANO DE COMUNICACIÓN

Teresa vive en Cerezal de Puertas desde que tenía un año y medio. Cuenta con los dedos de una mano las seis personas que duermen en el pueblo cada día: “Luis y Pilar, Alberto, mi hermano, mi cuñada y yo”. Muchas casas vacías y calles desiertas, donde caminan las gallinas sin miedo alguno. Una parte de su casa fue devorada por las llamas de un incendio que comenzó en Cipérez y se ha convertido en el que más hectáreas ha quemado en Salamanca en su historia reciente, algo más de 11.000.

En la parte de la vivienda que no se quemó ella vive, con puertas y ventanas abiertas durante todo el día para evitar intoxicación por el humo que allí se acumuló. Y ahora con la mirada puesta en recuperar lo perdido. No ha sido consciente hasta ahora, en su día a día, de todo lo que se quemó y no recuperará. “Esta mañana fui a coger la sal gorda y me di cuenta que lo tenía en el cuarto que se quemó, o el arcón que estaba lleno de la matanza, con pollos y tostones”, relata. Sus vecinos le han acercado estos días algo de fruta y verdura. “Se me ha quemado todo, los baños, la artesa, el torno de amasar, las máquinas de hacer chorizo y farinato…”, y una larga lista que le va viniendo a la mente según habla.

Enseña la zona de la casa que se quemó, con paredes negras y vigas en el suelo amontonadas entre ceniza y escombro, “a cielo descubierto”. La chapa que cubría una de las dependencias ha perdido su forma debido a la temperatura que cogieron allí las llamas.

Desalojados en Puertas

Todo ocurrió el día 15 de agosto, fiesta de La Asunción. Ese día suele ir a misa a Vitigudino pero en esta ocasión se quedó en casa. “Cuando vine del ganado comí, y después, cuando fui a sacudir el mantel en la calle vi una nube negra muy fea que parecía humo”, apunta. Teresa siguió con sus tareas y al rato comprobó que ya estaba llegando humo y avisó a su hermano, que le comentó que el fuego se había iniciado en Cipérez, “a unos 20 kilómetros de allí en línea recta, porque por carretera son muchos más”.

Fue entonces cuando notaron que ya llegaba al pueblo la morcella (chispas del fuego) y decidieron avisar a la gente del pueblo y ya vieron que llegaban las llamas a lo lejos. Teresa llegó a mover un tractor a una zona que parecía segura, “estaba todo verde, con una parte de cemento, y fue de lo primero que se quemó, ¿pero cómo puede arder lo verde?”.

Dada la situación, el pueblo se desalojó y se fueron a la localidad vecina de Puertas, a la que pertenece la localidad, pero allí estaban sin cobertura y no conocían la evolución del incendio ni cómo seguían los que allí se quedaron para salvar el pueblo.

El regreso al pueblo

Cuando Teresa regresó a su casa vio que todavía se estaba quemando la parte de atrás, “no pensé que llegara hasta allí el fuego pero lo hizo por la parte trasera”. Y encima en el pueblo no había agua, y al poco de llegar vieron a los bomberos que les dijeron que venía otra lengua de fuego y se tenían que ir de nuevo, “nos dijeron que ellos se quedaban pero se fueron también”. Ella siente mucha pena por ello a día de hoy. Y cuando todos volvieron al pueblo, los primeros ocho días hicieron rondas para controlar que ningún foco del fuego se reavivara.

Esta vecina de Cerezal no recuerda un incendio de esta magnitud en su pueblo, “sí hubo uno hace 45 años, un 2 de agosto, por la chispa que saltó de un tractor, pero no cogió nada del pueblo, solo el terreno”.

Este domingo, 31 de agosto, el obispo de Salamanca, Mons. José Luis Retana, celebrará una eucaristía a las 12:30 horas en la ermita de Villaseco de los Reyes por los afectados en el incendio de Cipérez, para reconocer la entrega de quienes combatieron el fuego y pedir fortaleza en el camino de la recuperación.

Teresa también habla de la fe, que reconoce que es una de las cosas que siempre ha tenido presente, “y siempre la tendré”, y tiene como costumbre al acostarse, rezar.

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