El sacerdote Juan José Calles comparte una reflexión nacida de la experiencia de la pastoral con los mayores en la parroquia de Cristo Rey, en la que vincula la adoración eucarística con la visita a los ancianos en las residencias, para descubrir cómo el encuentro con Cristo en el Sagrario se prolonga en el servicio y la cercanía a los más frágiles
1. Introducción: Un único movimiento del corazón
La vida cristiana es un movimiento de ida y vuelta entre el Sacramento y la calle, entre el Sagrario y la carne herida del hermano. En la Eucaristía, Cristo se entrega para habitar en nosotros; en los ancianos —especialmente los que viven en soledad o fragilidad— Cristo nos espera. Adorar y visitar no son dos actos distintos, sino una única liturgia extendida, la liturgia del amor que se prolonga fuera del templo. San Juan Crisóstomo lo expresó con fuerza: “¿Quieres honrar el Cuerpo de Cristo? No lo desprecies cuando lo veas desnudo”. Adoramos al Señor para reconocerlo mejor cuando lo encontramos en los más vulnerables.
Equipo de visitadores de la parroquia de Cristo Rey
2. Una mística cristológica: de la Presencia real a la presencia necesaria
La adoración eucarística no es evasión; es encarnación. Frente al Cristo silencioso del altar, el corazón aprende el lenguaje del amor que se dona. Ahí se fragua una sensibilidad nueva: la de ver a Cristo donde el mundo ya no mira.
2.1. Jesús, la Visitación permanente
El grupo de visitadores durante una adoración al Santísimo
El Verbo se hace carne en Belén, se hace Pan en la Cena, se hace prójimo en cada anciano que aguarda una palabra. El mismo Cristo que dice: “Esto es mi Cuerpo” nos dice: “Estuve enfermo, y me visitasteis” (Mt 25,36). La mística cristológica es reconocer que entre el altar y las residencias no hay ruptura, sino continuidad sacramental: Cristo que se entrega en la Eucaristía continúa entregándose en quienes llevan en su cuerpo las marcas de la fragilidad.
2.2. La vulnerabilidad como lugar teológico
Los ancianos, sobre todo los que se sienten olvidados, hacen visible el misterio pascual: la debilidad que Cristo asumió, la soledad de Getsemaní, la esperanza del Resucitado que afirma que la muerte no es la última palabra. Visitarlos no es solo un acto de caridad; es entrar en escenario de la Pascua, donde Dios sigue escribiendo historias de salvación.
3. Una mística mariana: servir desde la adoración, adorar sirviendo María une de forma perfecta adoración y servicio.
3.1. La Visitación: la primera procesión eucarística
Visita a los fieles de la parroquia que residen en la Residencia de las Hermanitas de los Pobres
En la Anunciación, María recibe al Verbo. En la Visitación, lo lleva a la casa de Isabel. María es la primera custodia viva que camina con el Señor en su seno. Su movimiento es el de la Iglesia: adorar al Señor acogido dentro, ponerse en camino hacia quien más lo necesita. Así se comprende que cada visita pastoral a una residencia es, de algún modo, una visitatio Mariae, una presencia mariana que lleva a Cristo y deja que Cristo actúe.
3.2. La espiritualidad mariana de la ternura
La ternura de María no es sentimentalismo: es carne de misericordia. En las residencias —donde abundan la memoria herida, el cansancio, la dependencia— hace falta esa ternura que: escucha, acompaña, dignifica, recuerda al anciano que su vida sigue teniendo valor infinito. María nos enseña a tocar a Cristo con la suavidad con la que ella lo sostuvo en Belén y en la Cruz.
4. Una mística sinodal: caminar juntos hacia los últimos
La sinodalidad no es un concepto administrativo; es una forma de vivir y recorrer el Evangelio juntos. Lleva a la Iglesia a salir del círculo de los acostumbrados para entrar en la geografía de los olvidados.
4.1. Escucha: dejar que el anciano hable
La visita pastoral a una residencia es ejercicio puro de sinodalidad: se escucha la historia del otro, se camina con su ritmo, se reconoce su lugar en el Pueblo de Dios.
En los ancianos hay memoria de Iglesia: migraciones, guerras, fe transmitida, sacrificios silenciosos. Escucharlos es hacer sinodal la comunión.
4.2. Comunidad: la Iglesia que se pone en movimiento
Una parroquia sinodal: no delega la caridad en unos pocos, sino que se organiza para que nadie quede sin el abrazo de la comunidad. La visita no es tarea de especialistas; es vocación bautismal. “Lleven la Eucaristía a los ancianos”, decía san Juan Pablo II, “y llévenles también la compañía de la comunidad”.
4.3. Misión: la Eucaristía que empuja a salir
Toda adoración verdadera termina en envío. Quien sale del Sagrario sin deseo de servir todavía no ha comprendido la Eucaristía. La Iglesia sinodal es una Iglesia procesional, que pasa del silencio adorante al paso humilde del servicio.
5. Conclusión: La “doble presencia” del Señor
En la Eucaristía, Cristo nos dice: “Estoy aquí por ti”. En los ancianos, Cristo nos dice: “Estoy aquí para que vengas a mí”. Adoración y visita, Sagrario y residencia, altar y pasillo: un único misterio de amor. María nos precede en el camino. Cristo nos espera en ambos lugares. Y el Espíritu nos hace Iglesia en salida, capaz de reconocer al Señor y de llevarlo donde su presencia es más urgente.
La entrada De la adoración del Señor en la eucaristía a la visitación en los ancianos de las residencias se publicó primero en Diócesis de Salamanca.
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