En un tiempo marcado por la incertidumbre, el cansancio y el ruido, este retiro propone un camino interior para reencontrarnos con la esperanza cristiana, no como idea abstracta ni como optimismo ingenuo, sino como una experiencia encarnada, capaz de sostener la vida incluso en la noche.
La esperanza aparece aquí como una actitud profundamente humana y, al mismo tiempo, teologal: un dinamismo interior que nos abre al futuro cuando el presente pesa y nos impide quedar encerrados en la desesperanza. No se trata de negar el dolor ni de buscar soluciones rápidas, sino de aprender a esperar desde dentro, reconociendo dónde estamos hoy y a partir de ahí abrirnos a lo esencial.
Desde la tradición bíblica y cristiana, el retiro nos conduce a descubrir que la esperanza tiene un nombre y un rostro: Dios con nosotros, Enmanuel (cf. Is 7, 10-14; Mt 1,23; Jn 1,14; 2 Cor 6,16). En Cristo, Dios ha entrado en nuestra historia y ha asumido nuestra fragilidad, para permitir que el ser humano pueda ser divinizado por la acción transformante de su Espíritu Santo; bien decía san Atanasio: «Dios se hace hombre para que el hombre se haga Dios». El vigor de nuestra esperanza radica, no en que sea el ser humano quien con sus fuerzas alcanza a penetrar en lo divino, dino que esto es puro don y gracia de Dios, quien se ha entregado al ser humano (cf. 2 Pe 1, 3-4). De él sólo pide su sí confiado, su apertura y disposición activa como lo hizo María.
En razón de ello, en el camino del Aviento, María se presenta como modelo de esperanza: mujer concreta, situada en la historia, que no lo entiende todo, pero no se cierra; que acoge la Palabra, la guarda en el corazón y se pone en camino. En ella aprendemos que la esperanza cristiana se gesta lentamente, en silencio, en la disponibilidad cotidiana al dejar actuar a Dios.
La reflexión se adentra también en la experiencia de san Juan de la Cruz, cuya vida y obra muestran que la esperanza más auténtica no se vive al margen de la noche, sino atravesándola. Sus Romances sobre la Encarnación, (inspirados en el Prólogo del Evangelio de san Juan y el que recomendamos leer) revelan que Dios no huye de la oscuridad humana, sino que la habita para transformarla desde dentro.
El retiro reserva un lugar central al silencio como espacio de escucha, de verdad y de encuentro. En un mundo saturado de ruido y exigencia de rendimiento, el silencio se convierte en un acto profundamente humano y espiritual, donde la Palabra puede descender al corazón y la esperanza encontrar raíces.
Finalmente, el camino desemboca en la vida concreta: vivir en la Presencia que nos habita, aprender a reconocer a Dios en lo cotidiano, en lo pequeño, en lo ordinario, hemos sido creados para ello. Se citan un par de textos del libro que recomendó hace poco el Papa León XIV: La Práctica de la Presencia de Dios, especialmente de la carta séptima: «En medio de tus problemas, escóndete en Él tantas veces como puedas.
Levanta el corazón hacia Él, incluso durante las comidas o cuando estés con tus amigos.
El más mínimo pensamiento de Dios siempre será apreciado por Él.
No necesitas gritar muy fuerte.
Está más cerca de nosotros de lo que imaginamos.». Así la esperanza madura como confianza humilde y perseverante, propia de un alma que se sabe amada por Dios.
Este retiro no busca ofrecer respuestas cerradas, sino abrir un espacio interior donde cada persona pueda reconocer dónde está llamada hoy a esperar, aunque no vea claro, y aprender a permanecer en el camino sostenida por el amor de Dios, que como dice san Pablo «ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado.» Rom 5,5.
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