D. Ricardo Alvarado del Río
La Palabra de Dios de este domingo nos habla con imágenes muy sencillas y, al mismo tiempo, muy exigentes: la luz y la sal. Dos realidades pequeñas, discretas, incapaces de llamar la atención por sí mismas, pero absolutamente indispensables para que la vida sea posible. Jesús utiliza imágenes humildes para describir a sus discípulos porque la fuerza del Evangelio nunca se expresa en el ruido, ni en la espectacularidad, ni en el protagonismo, sino en la capacidad de transformar desde dentro.
El profeta Isaias, en la primera lectura, nos ha recordado cómo nace esa luz de la que Jesús habla. Una luz que no surge de los discursos ni de las intenciones genéricas, sino de gestos concretos: partir el pan, acoger al pobre, no esconderse del hermano. Cuando dejamos de refugiarnos en un cristianismo aislado, cerrado, preocupado por su imagen, cuando nos mezclamos en las heridas reales del mundo como la sal en la masa, entonces —dice el profeta— “romperá tu luz como la aurora”. Es decir, la luz interior del creyente comienza a aparecer cuando deja de vivir encerrado en sí mismo.
Y esto lo confirma el Salmo: “El justo brilla en las tinieblas como una luz”. No porque busque brillar, sino porque vive con rectitud, con compasión, con gratuidad. El justo no alumbra para ser visto; ilumina porque su vida refleja la bondad de Dios. Esa es la diferencia esencial entre brillar e iluminar: quien brilla quiere ocupar el centro; quien ilumina simplemente permite que los demás vean mejor.
Pablo, en la carta a los Corintios, insiste en esta misma línea. Él no anunció a Cristo para atraer admiración ni reconocimiento. No buscó ser protagonista de nada. Su palabra era sencilla, casi temblorosa, para que todos entendieran que la misión no depende de la fuerza humana, sino del Espíritu. Pablo sabe muy bien que, cuando el anuncio se convierte en espectáculo, el Evangelio pierde su sabor; cuando el apóstol se vuelve protagonista, Cristo queda oculto. Por eso, la Iglesia necesita siempre volver a esta humildad que no se exhibe, que trabaja desde dentro, que no pretende seducir, sino transformar.
Y llegamos al Evangelio, donde Jesús nos dice con una claridad estremecedora: “Vosotros sois la sal de la tierra… vosotros sois la luz del mundo”. No nos pide grandes gestas, ni grandes éxitos, ni grandes discursos. Nos pide algo mucho más complicado: ser esenciales sin llamar la atención, ser necesarios sin ocupar el centro,ser influyentes sin imponernos. La sal no funciona si se queda aparte. Tiene que mezclarse, desaparecer, disolverse para poder conservar y dar sabor. Y la luz, para ser luz, tiene que ponerse en alto, no para brillar sobre los demás, sino para hacer posible el camino.
Este Evangelio es una llamada a no vivir aislados, a no refugiarnos en un cristianismo defensivo, a no convertirnos en espectadores del mundo. Jesús nos está diciendo: “Entrad dentro, mezclaos, sed esa presencia silenciosa que evita la descomposición de la vida”. Porque la sal sirve precisamente para eso: para resistir la descomposición. Y vivimos tiempos en los que la sociedad se descompone por dentro: la violencia cotidiana, la agresividad en el lenguaje, la desinformación que divide, la pérdida de la dignidad humana en tantos ámbitos, la indiferencia ante el sufrimiento ajeno, la guerra convertida en espectáculo, la migración reducida a un debate ideológico. Y Jesús nos dice hoy: “Ahí quiero que estéis, no al margen; dentro, como la sal”.
Pensemos por un momento en la guerra. Lo fácil es acostumbrarse, resignarse, repetir eslóganes o elegir un bando. Pero la sal del Evangelio no permite que la violencia se normalice. Ser sal hoy significa resistir interiormente ese veneno, defender siempre la dignidad de toda vida, no permitir que el corazón se endurezca. Iluminar no es brillar con discursos; es ayudar a que otros comprendan, sufran, recen, acompañen.
Pensemos en la violencia social, en el modo en que el odio se ha colado en nuestra vida cotidiana y en nuestras conversaciones. Cuando un cristiano responde a un insulto con serenidad, cuando evita el juicio precipitado, cuando no entra en la espiral de la agresividad, está actuando como sal que frena la corrupción y como luz que impide que la oscuridad domine.
Pensemos en la migración, un terreno donde tantas veces dejamos que los miedos o los discursos ajenos nos dicten lo que debemos pensar. Ser luz aquí significa ver rostros antes que cifras, historias antes que titulares. Y ser sal significa sostener la dignidad de quienes llegan, sin caer en ideologías, sin dejarnos manipular por relatos que deshumanizan. El Evangelio no pide ingenuidad; pide mirada limpia, capaz de distinguir la verdad del ruido, capaz de ponerse en medio para proteger lo que se descompone: la convivencia, la justicia, la compasión.
Pero Jesús no nos pide transformar el mundo empezando por fuera. Nos pide empezar por dentro. La descomposición que tenemos que resistir comienza en nuestros gestos más pequeños: en cómo hablamos, en cómo interpretamos al otro, en cómo reaccionamos ante la diferencia, en la capacidad de perdonar, en la paciencia con los débiles. Antes de ser sal para el mundo, tengo que ser sal en mi casa, en mi parroquia, en mi propia alma. Antes de iluminar caminos, necesito que la luz de Cristo purifique mis sombras, mis miedos y mis durezas.
La misión del cristiano no es brillar. No necesitamos focos, ni prestigio, ni reconocimiento. Lo que Jesús quiere es que iluminemos. Y para iluminar no hace falta protagonismo; hace falta coherencia. No hace falta estar en el centro; hace falta estar donde la vida duele. No hace falta que se hable de nosotros; hace falta que, a través de nuestras obras, otros descubran al Padre.
Hoy el Señor nos invita a volver a lo esencial: a mezclarnos en la vida como la sal, a orientarla como la luz, a resistir la deshumanización comenzando por nosotros mismos. Que esta Eucaristía, donde Cristo se entrega silenciosamente, sin brillo pero con luz infinita, vaya transformando nuestro corazón para que podamos ser en medio del mundo lo que Él espera: presencia que humaniza, palabra que consuela, gesto que sostiene, y claridad que orienta.
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