Estas palabras con las que concluye el obispo las promesas de los elegidos en el rito de ordenación de presbíteros, resumen la historia de mi vocación sacerdotal. En efecto, siempre tuve claro que fue Dios mismo, en su infinita bondad, quien me eligió y llamó para el ministerio presbiteral. El Señor tiene la iniciativa, y yo, en mi pobreza y debilidad, quien respondió, aún entre balbuceos: sí quiero. No se trata, pues, de que yo haya elegido ser sacerdote, sino de que Dios se fijó en mi pobreza, y aún así, me quiso para Él y para su Iglesia. Dios no elige a los capacitados, sino que capacita a los que elige.
Sabedor de mis debilidades, de mis dudas y flaquezas, me fie del Señor y puse mi vida en sus manos, me abandoné a su divina providencia. Tengo comprobado, a lo largo, no sólo de mi vida sacerdotal, sino de todo mi existir que, en generosidad no le gana nadie a Dios. Por eso, puedo decir sin miedo a equivocarme que, cuando el Señor elige, el camino más arduo que pudiera imaginar se convirtió en una vereda llana. Efectivamente, yo nunca había vivido en comunidad ni internado, y, sin embargo, Dios me llevó al Seminario Metropolitano de Badajoz.
Ciertamente, el proceso en el seminario no fue un camino de rosas, hay que ser sincero; pero, Dios escribe recto con reglones torcidos. Así pues, fue limando asperezas en mi vida, consolándome en los momentos de tribulación, animándome en la elección. Hoy, cuando echo la vista atrás y recuerdo los años en el seminario, me digo: omnia bonum fecit (todo lo hizo bien). Es cierto que de todas mis caídas Él me levantó y me condujo a la meta: ser suyo como sacerdote.
Es justo y necesario reconocer que mi decisión de responder a su llamada no estuvo exenta de adversidades; la primera y principal fue la inicial oposición de mis padres. Con el tiempo me percaté que al que llamaba era a mí, y que mis padres no fueron llamados para lo que a mí me llamaba; por eso, el tiempo y la gracia de Dios hicieron que aquella oposición inicial se convirtiera en un acompañamiento en mi proceso de discernimiento vocacional. Reconozco que ellos siempre estuvieron a mi lado. Mi alegría era su alegría. La docilidad a la voluntad de Dios siempre se ve recompensada por el gozo de vivir en y como Dios quiere. La llamada de Dios me hizo feliz e hizo, igualmente, felices a mis padres.
El devenir de esta historia vocacional fue afianzando una llamada que, día a día, se vislumbraba más certera. Me puse en las manos del Señor y Él me moldeó para que fuera un testigo veraz de su amor al mundo. Efectivamente, yo, a primera vista, no parecía el chico más idóneo para el ministerio sacerdotal, pero Él me curtió y me transformó en un hombre nuevo. Sí, así es, aunque soy consciente de que llevo este tesoro en vasija de barro, el barro de mi fragilidad humana (cf. 2 Cor 4,7). Sin embargo, todo se puede cuando el protagonista de la vocación es quien es, Dios mismo.
Me fie del Señor y no me defraudó. Fui valiente, por decirlo de alguna manera y Jesús me sostuvo, me ayudó (cf. Sal 27,14). Quedaba claro que el empeño era divino, y no humano. Dios obra donde, cuando y como quiere. Él no falla, era yo el que podía fallar y defraudarlo. Sin embargo, vuelvo a insistir, Dios me hace fuerte en mi debilidad (cf. 2 Cor 12,9-10); pues, Él sabe más y conoce mi flaqueza, basta con que me abandone en sus brazos. Digo esto porque tuve la tentación, en un tiempo, de creerme la fuente de la gracia que dispensaba como sacerdote, y Él me dejó claro que no soy fuente de nada, sino cauce de su gracia. El problema residía en que no fuera un cauce limpio, sino cargado de diques.
En esa etapa de mi vida sacerdotal fue Dios quien me pulió, haciendo que abandonara esa tentación, realizando su obra en mí, no sólo para mi salvación, sino, ante todo, para la salvación de mis hermanos, configurándome, día a día, al artífice de mi vocación y mi sacerdocio (cf. Prefacio I de las Ordenaciones).
Dicho en pocas palabras: Dios me eligió, me llamó y me hizo, en su inmensa bondad, un hombre nuevo, capacitándome para ser dispensador de sus gracias en medio de su Iglesia. ¿Hay mayor generosidad y don de Dios para con un pobre pecador? Creo que no. Y toda mi vida, no será suficiente para darle las gracias. Como le gustaba decir a San Juan Pablo II cuando terminaba una homilía: sea alabado Jesucristo.
Antonio Manuel Álvarez Becerra
La entrada «Que Dios mismo lleve a término esta obra buena que en ti ha comenzado»<br/><span class=”autorcontitulo”><span class=”sinautor”>Sin Autor</span></span> se publicó primero en Jóvenes Católicos.
————————————————————————————————————————————————————————————
El anterior contenido fue publicado en: