La verdad es que estos días no paro de escuchar que la cuaresma es un tiempo de conversión, un tiempo de cambio, de volver al origen, de limpiar lo que está sucio, de cambiar lo que es antiguo y ponerlo nuevo, de entrar en lo más profundo y ver qué hay que no me gusta para poder cambiarlo.
Tiempo de transformar desde dentro, sin hacer ruido, sin llamar la atención, desde el silencio, desde la oración, desde la limosna.
Desde luego también la cuaresma es tiempo de entrega y de meditación. Jesús pasa 40 días en el desierto. Y yo muchas veces no soy capaz de ahorrarme cualquier capricho de mi día a día.
La cuaresma es el tiempo perfecto para hacernos uno con Él, con su sufrimiento. Aunque por supuesto no hace falta que vayamos al desierto y estemos 40 días sin comida ni agua. Podemos descubrir nuestro desierto interior a través del silencio, a través del ayuno, a través de las mortificaciones (pequeños sacrificios).
Descubriremos aquello que nos impide amar bien, que nos hace egoístas o caprichosos, que no nos permite escuchar, que a veces nos ciega, aquello que bloquea nuestro corazón e incluso a veces nuestra razón.
La cuaresma es tiempo para vivir nuestro propio desierto. Nuestros 40 días de pararse a pensar, a meditar, a rezar, a mirar dentro para cambiar lo que me hace estar intranquilo o lo que me hace no ser realmente yo, no ser verdad.
Tiempo de mirar al otro también, de darse, de entregarse, de servir, de sufrir con y por el otro, de ofrecer pequeñas cosas por los demás, de mirar a los ojos, de sonreír aunque cueste. En fin, tiempo de Amar. Amar la Cruz. Amar incluso aunque duela.
Descubriremos en el silencio lo que Dios realmente quiere de nosotros. Descubriremos cuál es nuestro mayor sufrimiento y descubriremos que Él ya lo sufrió por nosotros.
Lo propio de la cuaresma es el cambio; pero no como fin, el cambio como consecuencia. Consecuencia del silencio, de afrontar la realidad de tu alma, de pararse a contemplar y a escuchar, de dejarse corregir, de cambiar lo que lleva tiempo incrustado en mi alma y no me deja avanzar. A veces da miedo, pero hemos de mirarle a la cara al miedo y entrar en ese desierto con miedo. Habrá tentaciones -Jesús mismo las tuvo-. Y es por esto que la cuaresma está para recomenzar, para levantarse tras las caídas que podamos sufrir.
Jesús fue probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado.
Ahí, en estos cuarenta días, descubriremos nuestro desierto. Nos pararemos a contemplar a Jesús, sufriremos con él la preparación para su Pasión. Sabiendo que luego vendrá la Pascua y seremos redimidos, sabiendo que no todo acaba ahí. Sabiendo que el sentido del dolor es el amor.
Te animo estos cuarenta días a quitarte toda distracción que pueda impedirte escuchar, que pueda impedirte entrar en conexión con Él, que pueda provocarte miedo a mirar aquello que en tu alma provoca un vacío, un daño, una grieta. Aquello que debes ordenar, limpiar, purificar, sanar.
La cuaresma es perdón y es amor, porque la preparación para la Cruz sólo tiene un fin: amar. Y por eso la cuaresma es volver a casa, donde somos amados en nuestro sufrimiento, en nuestra herida, en nuestra debilidad, en nuestra enfermedad, en nuestro desorden, en nuestras cargas, en nuestra Cruz. Somos amados con lo que somos.
La llevaré al desierto y le hablaré al corazón.
Solo si vamos al desierto, nos podrá hablar directamente al corazón y nosotros, si afinamos el oído y hacemos silencio, podremos escucharle.
Nata Caño
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