En lugar de ceñirse a la crítica artística, siempre hay quien busca protagonismo y aprovecha la gala de los Goya para “dar la nota”. Más allá de proclamas políticas, me ha resultado especialmente llamativa la deriva intolerante de la humorista Silvia Abril. En una clara referencia a la película “Los Domingos”, se despachó con una opinión poco respetuosa: “Me niego a aceptar que la juventud que sube tenga esa carencia y esa tiranía hacia lo cristiano; me da pena que necesiten creer en algo y se agarren a la fe cristiana”. Esta actriz —que carece de la fortuna de experimentar la fe— exhibe sus limitaciones al intentar denostar a los jóvenes rebeldes cristianos, a quienes tacha de desesperados y sin criterio para elegir en libertad.
Le diré a la mujer de Buenafuente que no comparto su desconfianza hacia la juventud, pero defenderé hasta la muerte su derecho a expresarla. Don Quijote lo explicaría mejor: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; (…) por la libertad se puede y debe aventurar la vida”. También le inquirirá Antonio Machado: “¿Tu verdad? No. La Verdad; y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela”.
Este intento recurrente de erradicar a Dios de la existencia humana es muy antiguo. Resulta célebre aquella batalla de grafitis: “Dios ha muerto” (Nietzsche, 1882), replicada acto seguido con un contundente: “Nietzsche ha muerto” (Dios, 1900). Ante el nihilismo existencialista de la modernidad, surge el contraataque teológico que subraya la finitud humana.
El filósofo alemán sostenía que la Iglesia, con sus preceptos y prohibiciones, amarga lo más precioso de la vida y convierte el amor en algo pecaminoso. A esta tesis se opuso Benedicto XVI, quien argumentaba que el cristianismo no pretende matar al “eros”, sino sanarlo y purificarlo para que alcance su verdadera grandeza y no se convierta en una simple mercancía o “sexo convertido en objeto”. En este sentido cabe recordar la famosa sentencia de Karl Marx: “La religión es el opio del pueblo”. Para el padre del materialismo histórico, la religión era “el suspiro de la criatura oprimida” que, al prometer una recompensa en el más allá, adormecía la voluntad de lucha para cambiar las condiciones materiales en el aquí y ahora.
Esa deriva de ateísmo militante, fruto de la Revolución bolchevique, alcanzó tintes surrealistas el 16 de enero de 1918 cuando se llevó a cabo un “juicio a Dios” con la intención de erradicar toda la influencia religiosa. Presidido por Anatoli Lunacharski, ministro de Cultura, el tribunal colocó un ejemplar de la Biblia en el banquillo de los acusados. Tras cinco horas de proceso, Dios fue condenado por crímenes contra la humanidad. Los fiscales presentaron pruebas basadas en el sufrimiento histórico del pueblo ruso y los abogados defensores, nombrados por el Estado, llegaron a solicitar la absolución alegando “grave demencia”. Sin embargo, la sentencia lo declaró culpable sin posibilidad de apelación. Al amanecer del día siguiente, un pelotón de fusilamiento disparó cinco ráfagas de ametralladora contra el cielo de Moscú, simbolizando la ejecución de la divinidad.
En España, la intención de desalojar a Dios de la vida pública cristalizó en la famosa frase de Manuel Azaña el 13 de octubre de 1931: “España ha dejado de ser católica”. Aquel planteamiento derivó en el “problema religioso”, la prohibición de la enseñanza católica, la disolución de los jesuitas y la introducción del matrimonio civil y el divorcio. Esa visión de una España laica que no respetaba el derecho fundamental a la libertad religiosa exacerbó las tensiones que desembocarían en la Guerra Civil, durante la cual más de diez mil católicos fueron asesinados por el sólo hecho de serlo, bajo el signo del “odium fidei” (odio a la fe).
Resulta evidente la falta de tolerancia, entendida como la capacidad de respetar las ideas y creencias ajenas incluso cuando nos resultan contrarias o chocantes. Como bien decía Gandhi: “La regla de oro de la conducta es la tolerancia mutua, ya que nunca compartiremos todos las mismas ideas y siempre veremos la verdad de manera fragmentaria y desde distintos puntos de vista”. Solo desde el respeto a la libertad —incluida la ideológica, religiosa y de culto—, y no desde la imposición de un fanatismo sectario cargado de prejuicios, se puede construir una sociedad donde la convivencia sea posible.
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