CATÓLICOS EN MADRID – Begoña Balbuena: «Dejé de mirarme a mí, y me encontré en Él»Sin Autor

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Mi nombre es Begoña. Nací en una familia católica y desde pequeña me han inculcado la fe y unos valores de los cuales estoy eternamente agradecida.

Fui al colegio de la Obra, en Málaga, donde pasé desde los 2 años hasta que terminé mis estudios.

El Señor siempre tuvo un papel súper importante desde pequeña. Para mí, Él era mi mejor amigo, el cual estaba esperándome en el Sagrario tooooodo el día para ir a verle y charlar conmigo. A mí me gustaba mucho visitarle y contarle mis cosillas.

En el colegio también teníamos sacerdotes que nos cuidaban mucho y estaban todo el día en el confesionario del oratorio o en capellanía, disponibles para lo que necesitáramos. Se celebraba Misa cada día y un día entre semana teníamos plática del curso, que son charlas de formación donde el sacerdote nos explicaba la vida de Jesús para que pudiéramos conocerlo más. Me encantaba todo lo que me contaban. Me hacía muchas preguntas y siempre quería conocerle más para parecerme a Él.

Desde siempre había querido entrar en la Universidad de Navarra; era un sueño para mí. No sé muy bien por qué, pero yo sabía que tenía que estudiar aquí. Deseaba dejar atrás esas etiquetas que me habían perseguido. Quería poder ser yo sin miedos, descubrirme y encontrarme. Encontrar ese amor para el que mi corazón fue creado y acogerme a Él para dejar de buscar la felicidad en cosas efímeras, proyectos o planes vacíos. Quería buscar mi propósito, la razón por la que Dios me ha creado y así ser feliz viviendo en plenitud.

Era una gran oportunidad. Entré con muchas ganas. Vi que por fin quien yo era dependería de mí, no de mi pasado o de mis etiquetas. Mi inquietud por conocer más a Cristo fue aumentando y fue aquí cuando verdaderamente empecé a valorar los medios de formación que había tenido toda mi vida: la Misa, los sacramentos. Empecé a cuidar mucho más mi trato con Dios. Mi oración era más madura. Comencé con dirección espiritual. Quería hacer todo por Él y que todo fuera verdad. Tenía muchísima sed del Señor; mi deseo de conocer más y más a Cristo se veía reflejado en mi carácter, en esas inquietudes que siempre me habían caracterizado de querer encontrar respuestas al anhelo de Dios en mi corazón.

Estos últimos años había vivido tan engañada, intentando saciar mis anhelos con cosas materiales y efímeras. Buscaba respuestas al porqué de mi vida y me di cuenta de que lo que me propone el mundo, con lo que tengo dentro del corazón, ordenado, no coincide. Y que cuando pensaba que yo tomaba las riendas de mi vida, estaba más atada que nunca, con las cadenas de la imagen que tenían de mí, de inseguridades, de expectativas.

Había estado muchos años tratando de demostrar a los demás quién era realmente y de lo que era capaz, y me había olvidado de lo verdaderamente importante: de vivir en lo escondido, de servir y de amar.

Estuve los dos primeros años de carrera en el colegio mayor Santa Clara. Aquí conocí a mi nueva familia, mis amigas. Empecé a ir sola a Misa de 8:15 de la mañana. Me acuerdo de que un día me dijo una que también era del cole mayor por qué entraba siempre a clase tan feliz y a esas horas de la mañana. Le dije que venía de Misa y se quedó con una cara de que le tenía que estar vacilando.

Al cabo de unos meses, esta misma amiga se acercó un día en el colegio mayor y me dijo que llevaba mucho tiempo fijándose en mi alegría y en esa luz que desprendo; que ahora entendía por qué era tan feliz. Y me dijo: “Bego, es porque tienes al Señor presente en tu vida, y yo también quiero eso”.

Me emocioné mucho con esto que me dijo. Llevaba tanto tiempo que, por mucho que buscara al Señor, yo no sentía nada. No entendía cómo me podía decir eso. ¿Ahora? ¿A mí? ¿Por qué?

Ahí comprendí que algo en mi corazón me decía que esto no iba de mí, sino de Él. Que mi alegría, mi energía y mi fuerza, ahora y en toda mi vida, no eran mías: eran Él en mí. Y ahí me sentí mucho más pequeña y mucho más necesitada, y empecé a buscarle desde ahí, abandonándome en Él y abriéndome al amor de verdad. Escuché que se grababa en mi corazón: “Vale lo que eres, mi querida hija, perfecta y amada”.Es en marzo de segundo de carrera cuando hago Effetá. Aquí conozco a personas maravillosas que me muestran el reflejo del amor de Cristo. Desde que entré por esa puerta un viernes, pude ver las manos de Dios y sus ojos en cada una de las personas que me acompañaron. Me dijeron: “Déjate querer y déjate hacer”.

¡Qué graciosos! ¡Parecía fácil y todo!

Recuerdo entrar el primer día sin saber qué hacía aquí, e incluso llegué a pensar en múltiples ocasiones que a mí no me hacía falta. Total, ¿qué me iban a decir nuevo que ya no hubiera escuchado antes? Y qué pobre era…

Recibí innumerables regalos aquel fin de semana, pero si tuviera que quedarme con uno fue sentirme hija, perdonada, amada y elegida por Cristo; encontrar mis amigos en Cristo y hacer de la Iglesia mi familia. WOW.

En esa Cruz sobre la que tantas veces en mi vida había rezado, Dios me decía: “Mírame a mí. Te amo y mira lo que he hecho, y seguiría haciendo, solo por ti”.

Efectivamente, no me contaron nada nuevo o que no hubiese oído antes, pero hice mío todo aquello que durante mucho tiempo me había negado a acoger: esa llamada a algo mucho más grande, a la santidad. Sí, yo, una niña normal, con sus miserias y debilidades, hoy y con la situación que me toque vivir.

Descubrí que Dios me había elegido y estaba tocando a mi puerta para que le abriera y cenar conmigo. Esta frase con la que he empezado es la frase que me tocó en un momento especial en el retiro, y luego otra vez. Fue la coña del finde con mi mesa, pues me pensé que me llamaba a quedarme allí con las hermanas, pero ¡no!

Este finde me encontré con un Amor de un Padre que no me quería pese a mi debilidad, sino que era esto precisamente lo que más quería de mí. Me regaló el poder toparme con el Amor y la misericordia infinita de la que yo llevaba años escondida.

Luego tocó la vuelta a casa por Semana Santa. Esa Semana Santa la viví de una manera muy especial. Tenía muchísimas ganas de volver y poder compartir con todos este regalo que había recibido. Ahora sí tenía fuerzas de poder con todo esto, porque ahora ya no iba sola, sino que iba con Él, y Él nunca me soltaría.

Pero justo antes de irme me ocurrió algo que me dejó muy impactada y me rompió los esquemas. No entendía nada. Se me hundió toda esperanza de poder volver a empezar como había creído antes. Llegaba tarde.

Estaba sin fuerzas otra vez, pero al llegar a casa nos sentamos todos juntos y entonces tuvimos una conversación que fue un regalo del cielo.

Al volver a casa estuvimos horas y horas hablando de todo con mis padres. Les conté todo desde mi punto de vista de aquellos años en los que me encerré en mí, y pudimos pedirnos perdón y perdonarnos de corazón por todo.

Al terminar de hablar con ellos, Jesús habló en mi corazón y puso un mensaje precioso: la Resurrección fue después de la Pasión y muerte, y la Pasión fue el camino de la Resurrección. Esa conversación era la que daba sentido a todo aquello que había vivido.

Pude sentir un poco del peso que aquel día llevaba el Señor por mí en el Calvario, camino a morir por mí, y que esto era lo que daba sentido a la historia de la salvación.

Ahora todo tenía sentido. Era como si toda mi vida, en una sola conversación, se hubiera ordenado. Necesité primero saberme y sentirme amada por Dios para poder perdonarme a mí y querer a quienes, sin quererlo, me habían hecho daño.

A lo largo de estos años he ido poco a poco sintiendo que todo era nuevo: mi relación con el Señor y la Virgen, mis amigas, mi papel en mi familia, mis anhelos del corazón. Las lecturas y la Palabra de Dios me interpelaban, mi oración… Porque, aunque antes no lo sabía, todo estaba ordenado: mi pasado tenía un sentido, mi presente una llamada y mi vida un propósito.

Todo aquello que durante tantos años había escuchado en Misa, en el colegio y en el club, y que me parecía tan bonito, lo conseguí hacer mío también y empecé a vivirlo. Dejé de mirarme a mí y de buscarme a mí en el mundo, y me encontré en Él y en sus heridas.

Ahora ya no tengo miedo a mostrarme tal y como soy, con mi poquedad. Jesús la conoce y no la esconde. Me muestra que en sus manos llagadas están todos y cada uno de mis pecados y heridas, y Él tiene sed de mí, de mi amor y de mi vida.

Ahora entiendo que Jesús no quiere nada de mí: me quiere a mí. Y es por eso que solo puedo estar agradecida.

Esta experiencia de sentirme hija de Dios me ha cambiado la vida y me ha transformado la mirada y el corazón. Siendo yo una pobre mota de polvo, puedo ser útil para Dios, puedo mejor de la vida, sirviendo y queriendo a las personas que tengo en mi vida.

Con el tiempo también he entendido algo muy importante: que la vida que Dios nos da no es solo para nosotros. Todo lo que tenemos —la vida, la fe, los talentos, las personas que nos rodean— es un regalo que se nos confía para cuidarlo.

Jesús invita a sus discípulos a vivir vigilantes, desde la lógica del amor, de la ternura y del cuidado. A no encerrarnos en nosotros mismos, sino a levantar la mirada hacia Dios para aprender de Él cómo amar de verdad.

Cuando uno olvida que todo es un don, acaba mirándose demasiado a sí mismo. Pero cuando recuerdas que todo viene de Dios, nace el deseo de ponerlo al servicio de los demás: tu tiempo, tu sonrisa, tu perdón, tu trabajo, tu fe.

Para mí, esta experiencia se hace más satisfactoria que la búsqueda del placer o las apariencias. No quiero volver a reducir mi vida a situaciones que pasar y objetivos que debo cumplir por mis fuerzas y para mis logros.

El Señor no me pide que pueda, no me pide siquiera que consiga aquello que me he propuesto lograr. Quiere que le entregue mi corazón y que se lo entregue por completo.

Ahora ya no vivo por mis propias fuerzas, sino que solo soy un pequeño lápiz en la mano de Dios con el que Él escribe su carta de amor al mundo.

Sé que muchas veces me vendrán situaciones que no pueda entender y me resulten difíciles, pero ahora, con su gracia, intento comprender aquello que me pasa desde su Voluntad. Y en lugar de buscar respuestas a mis preguntas, me preparo para el propósito que Dios tiene con mi vida, acercándome más a Él y conociéndole más.

Que, aunque la vida me pueda cambiar en cualquier momento, todas mis fuerzas y alegrías están apoyadas en Él, que es la fuente del Amor inagotable, el camino, la verdad y la vida.

Juan 8:31-32: «Si ustedes permanecen en mi palabra, serán verdaderamente mis discípulos; y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres».

Y ahora, en esta libertad fundamentada en el abandono en los brazos de mi Padre, distinta a la libertad que el mundo me propone, y en búsqueda de la verdadera felicidad, que es el propósito que tiene el Señor con mi vida, puedo decir de corazón que nunca he sido tan feliz

Begoña Balbuena

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