CATÓLICOS EN MADRID – «La Misión» – Penitencia que se hace misión

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Año 1750, las selvas del Paraguay esconden algo que el mundo moderno casi ha olvidado: que un hombre puede cambiar de verdad. La Misión (Roland Joffé, 1986) narra la historia de Rodrigo Mendoza, un mercenario y cazador de esclavos indígenas cuya vida se rompe en pedazos tras matar a su propio hermano en un duelo.

Devorado por la culpa, se encierra en sí mismo hasta que aparece el padre Gabriel, un jesuita que ha fundado una reducción entre los guaraníes, y le propone algo desconcertante: hacer una penitencia radical para limpiar sus pecados, debe subir con él a la misión indígena, cargando literalmente con el peso de su pasado. No como castigo sádico, sino como camino de conversión.

Lo que sigue es una de las historias más conmovedoras del cine sobre penitencia y entrega, enmarcada en el drama histórico del choque entre las misiones jesuitas y los intereses políticos y económicos que pretendían destruir la obra de evangelización y la dignidad de ese pueblo.

La primera gran lucha en la película está en el arco de Mendoza, que encarna de forma muy visual lo que la Iglesia propone en Cuaresma: reconocer el propio pecado, asumirlo con verdad y dejar que Dios lo convierta en camino de conversión. La famosa escena en la que sube la cascada arrastrando ese enorme fardo de armas y armaduras es la viva imagen de lo que nos pasa cuando cargamos con culpas, rencores y orgullos que nos ahogan. No se trata solo de “sufrir un poco” para sentirse mejor, sino de aceptar una penitencia que abre a la humildad y al perdón.

Cuando los indígenas cortan ese fardo y lo dejan caer, no es un gesto precioso, es la imagen de una gracia que no humilla, sino que libera, y que le permite a Mendoza empezar de nuevo con una mirada distinta. La Cuaresma, vista desde ahí, no es una temporada de autoflagelación, sino un tiempo para dejar que Dios corte nuestras cargas y nos devuelva la dignidad. Es ahí donde resuena el salmo: «Dios, crea en mí un corazón puro» (Sal 51,12).

Lo más hermoso del arco de Mendoza no es que se haya arrepentido, sino lo que ocurre después. La gracia no borra el pasado como si no hubiera existido, más bien, lo transforma para hacerlo fecundo. El que antes cazaba indígenas ahora convive con ellos, aprende su lengua, trabaja codo a codo y arriesga la vida para defenderlos. Quien ha herido aprende a cuidar; quien ha esclavizado decide proteger.

La Iglesia nos recuerda que la conversión verdadera no termina en uno mismo, desemboca en caridad concreta, en opción por los pobres, en ponerse de parte del débil aunque cueste. En una cultura que reduce la Cuaresma a pequeños sacrificios superficiales, esta historia nos recuerda que el “ayuno” auténtico pasa por renunciar a la comodidad y al egoísmo para que otros vivan mejor. La pregunta no es solo ¿qué he hecho?, sino ¿por quién puedo ahora entregarme?

Es cierto que la película ofrece una visión muy marcada por la leyenda negra, presentando de manera simplificada la presencia española en América y el papel de las autoridades civiles y eclesiales. Esa mirada es injusta con la complejidad histórica y con la enorme obra de evangelización, defensa y promoción humana que también llevó a cabo la Corona y tantos misioneros. Aun así, más allá de estas caricaturas, la película pone sobre la mesa una pregunta muy actual: ¿qué pasa cuando la fe se ve presionada por el poder, el dinero o la diplomacia? La tensión entre obediencia y fidelidad al Evangelio aparece en los jesuitas que quieren proteger a los guaraníes.

En Cuaresma, es también momento de preguntarse qué estructuras de pecado sostenemos sin darnos cuenta, dónde está “el débil” al que el Evangelio nos pide ponernos al lado. No hay soluciones fáciles, pero sí un llamado claro a dejar que la conciencia esté iluminada por Cristo y no por el mero cálculo.

El tramo final es duro: la misión es arrasada, muchos mueren y la injusticia parece vencer. Ni Mendoza ni el padre Gabriel «ganan» según los criterios del mundo. Y sin embargo, su modo de permanecer junto al pueblo —uno con la cruz alzada, otro tomando las armas por los que antes esclavizó— muestra dos respuestas diferentes que convergen en una misma lógica: no abandonar al débil, aunque ello suponga la propia vida. Desde la fe, esa aparente derrota se lee como siembra. «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24). Seguir a Cristo implica a veces incomprensión, fracaso, incluso persecución; pero el amor llevado hasta el extremo no es un fracaso, sino participación en la Pasión de Cristo, sabiendo que la Pascua pasa siempre por la cruz,

Vista desde la Cuaresma, La misión invita a algo más que admirar paisajes y una preciosa banda sonora de Ennio Morricone: empuja a preguntarse qué «fardos» arrastro todavía, si mi penitencia es solo una práctica externa o un verdadero camino de conversión, y si estoy dispuesto a dejar que Dios transforme lo peor de mi historia en fuente de misión.

La película invita también a mirar con humildad la historia de la Iglesia: reconocer pecados reales, rechazar lecturas ideológicas simplistas y agradecer la santidad de tantos que, como los mejores personajes de esta historia, hicieron de su culpa perdonada una vida de entrega. Porque la verdadera Cuaresma no se mide por lo que dejo de comer o por mortificaciones banales, sino por cuánto dejo que Dios transforme mi pasado en entrega a los demás. ¿Hay algún fardo que todavía no has soltado?

José Carcelén Gómez

Ficha técnica:
Título original: The Mission
Año: 186
País: Reino Unido
Dirección: Roland Joffé
Reparto: Robert De Niro, Jeremy Irons, Ray McAnally, Aidan Quinn, Liam Neeson.

Película completa:

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