Hace unos días, un amigo profesor de Secundaria me contaba algo que le había sucedido en clase. Estaba explicando un tema que normalmente despierta bastante interés, y había preparado la sesión con todo lo que hoy solemos recomendar: preguntas para activar el pensamiento, pequeños cambios de ritmo, algún ejemplo cercano a los alumnos, incluso un breve vídeo como introducción. Sin embargo, a medida que avanzaba la explicación, tenía la sensación de que la atención de la clase se escapaba; miradas que se perdían, cuadernos que se cerraban, alumnos que cuchicheaban…
No me lo contaba como una queja, sino más bien como la constatación de algo que muchos docentes perciben cada día: mantener la atención de los alumnos durante un tiempo prolongado se ha vuelto tarea de titanes. A veces culpamos al calendario -como a la actual “astenia primaveral”-, otras a las pantallas, otras al ritmo acelerado de todo… Ahora, tal vez la pregunta más interesante no sea por qué cuesta tanto mantener la atención, sino cómo podemos cultivarla mejor.
En las últimas semanas he tenido varias conversaciones que giraban en torno a esta cuestión. Hace poco hablaba con David Cerdá para preparar un curso sobre cómo educar la atención y el pensamiento crítico (disponible en la web de EC) y me decía algo que resume muy bien uno de los grandes desafíos educativos de nuestro tiempo: la atención es la puerta de entrada al pensamiento crítico y a la creatividad. Sin atención, sencillamente, no hay aprendizaje profundo.
Vivimos rodeados de estímulos diseñados para capturar nuestra atención: burbujas de notificaciones que se encienden en el móvil, vídeos que duran apenas unos segundos, mensajes que llegan por varias aplicaciones al mismo tiempo, titulares que nos invitan a seguir deslizando la pantalla. Todo parece competir, segundo a segundo, por un pequeño espacio en nuestra mente. El resultado es que acabamos adoptando, casi sin darnos cuenta, una especie de “dieta cognitiva” basada en pequeños bocados de información: un picoteo constante de estímulos que nos mantiene ocupados, pero rara vez verdaderamente saciados. Consumimos mucho, pero nos alimentamos poco.
Frente a ello, Cerdá nos propone una idea sugerente: necesitamos entrenar a nuestros alumnos para que aprendan a alimentar mejor su atención, para que sean capaces de sostenerla, pensar con profundidad y resistir la dispersión. No se trata de demonizar la tecnología ni de volver a una escuela nostálgica. Se trata, más bien, de crear condiciones pedagógicas que protejan la concentración: menos multitarea, más tiempo para profundizar, más preguntas que merezcan detenerse a pensar, más acompañamiento personal. Esto también implica ritmos de trabajo menos fragmentados, espacios para la lectura atenta, momentos de silencio que permitan ordenar las ideas, tareas que exijan argumentar y no solo responder rápido, y conversaciones en las que el pensamiento pueda desplegarse con calma.
La semana pasada esta idea volvió a aparecer en otra conversación distinta pero también muy enriquecedora. Estábamos preparando una mesa redonda que tendrá lugar el 26 de marzo en Zaragoza, dentro del Programa Educar para el Futuro, de la Fundación Ibercaja. La conversación reunirá a la psicóloga educativa Nuria Sánchez Povedano y al neurocientífico Fabricio Balarini, y girará en torno a una pregunta apasionante: ¿cómo aprende realmente el cerebro? Cuando se escucha a investigadores y docentes dialogar sobre el aprendizaje, aparece una idea común: el cerebro no aprende simplemente porque reciba información. Aprende cuando algo logra capturar su atención, despierta curiosidad y adquiere significado. El cerebro, en cierto modo, es selectivo por naturaleza: atiende a lo que considera relevante. Y ahí surge otra pregunta pedagógica decisiva: ¿qué hacemos en nuestras aulas para que algo merezca realmente la atención de nuestros alumnos?
Cuando un alumno escucha con interés, cuando se queda pensando una pregunta difícil o cuando se engancha a un libro o a un reto, en el fondo está diciendo algo muy simple: “esto merece mi tiempo”. Quizá por eso la atención está tan relacionada con la curiosidad. Y aquí aparece otra distinción interesante que señalaba David Cerdá: no toda curiosidad es igual. Existe una curiosidad superficial -la que nos lleva de estímulo en estímulo- y una curiosidad más profunda, la que nos empuja a comprender el mundo con hondura. La primera es inmediata y fugaz; la segunda alimenta el pensamiento crítico y la creatividad auténtica.
La escuela tiene mucho que decir en esa elección de qué puede merecer nuestra atención. Cuando los alumnos nos ven leer con interés, sostener conversaciones largas, detenernos en una idea compleja o maravillarnos ante un descubrimiento científico o una obra de arte, están aprendiendo mucho más que un contenido curricular: están aprendiendo cómo vive una mente atenta.
En primavera, cuando el calendario se acelera y el final de curso se acerca, quizá convenga recordar algo sencillo: aprender siempre ha requerido tiempo, concentración y cierta calma interior. En una cultura de la distracción permanente, cultivar la atención puede parecer casi un gesto contracultural. Pero también puede ser, paradójicamente, una de las tareas más urgentes de la educación: ayudar a que nuestros alumnos descubran qué cosas merecen verdaderamente su atención. Porque allí donde un alumno aprende a sostenerla, comienza también a sostener su pensamiento, su libertad y, en definitiva, su vida.
Irene Arrimadas
Directora del Departamento de Innovación Pedagógica de Escuelas Católicas
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