Hay una apuesta pastoral que va sonando con fuerza: la participación de jóvenes en el diseño y la planificación de la pastoral. Para muchas entidades no será una apuesta nueva, y tampoco es nuevo que los jóvenes estén implicados en el acompañamiento de grupos y actividades con niños y otros jóvenes. Aquí es dar un paso más, es incluirlos en los equipos que reflexionan y crean las líneas pastorales a seguir, que diseñan las actividades que luego desarrollarán.
Yo apoyo plenamente esta apuesta, no solo por el enriquecimiento que hacen actualizando lenguajes y propuestas pensando en sus iguales, sino por la experiencia comunitaria que se genera con ellos. También sabiendo que los ritmos serán más lentos y que exige un acompañamiento formativo a los jóvenes que se incorporan a los equipos. Este acompañamiento es para mí uno de los grandes regalos en el trabajo con jóvenes.
Preparando la Pascua, ya estamos en los ajustes finales, este año han decidido que se destaque la utopía del Reino, como fuente de esperanza que nos invita a caminar hacia “el más allá” de la propuesta de Jesús. Parten de reconocerse, como jóvenes que son, con facilidad para caer en el desánimo o la resignación ante el escenario social, cercano y mundial, en el que viven.
En el servicio pastoral que desarrollan con los niños y adolescentes, también se encuentran con realidades que les dejan sin palabras. Las realidades de los pequeños también están cargadas de vulnerabilidad y, en algunos casos, de dolor. Los jóvenes, como acompañantes que son, tienen el deseo de transmitir a estos niños la esperanza de la Resurrección y expresan la dificultad de, primero, encontrarla en ellos mismos…
Dialogando sobre la oración de Getsemaní, dentro del TOP 3 de la Pascua, con este telón de fondo, me venía una imagen. Era la de los mismos discípulos, Pedro, Santiago y Juan, asistiendo a otro momento de máxima profundidad e intimidad de Jesús, la Transfiguración en el Monte Tabor… Los que saben nos dicen que, en la Transfiguración, Jesús deja ver su divinidad, lo que nos prepara para acoger la Resurrección que en breve celebraremos. Y en Getsemaní nos encontramos con el sufrimiento humano de Jesús, confiando su vida a la voluntad de Dios.
Ello me llevaba a los jóvenes y al camino que recorremos con ellos. Justo después del primer anuncio de la Pasión, Jesús pide a sus discípulos más cercanos que le acompañen a orar. Y allí, en el monte, les acerca a su misterio para que, cuando llegue la Cruz, puedan volver a este momento. Los discípulos, como sabemos, no se enteran de mucho. En Getsemaní, también momento de oración de Jesús y punto clave en su vida, ellos están dormidos…
Sí, en esos momentos a veces no estamos lo suficientemente despiertos para reconocer su importancia… Como suele pasar, lo veremos más adelante en el tiempo, cuando volvamos a esos momentos. Por ello pensaba en las experiencias de Tabor que proponemos a los jóvenes.
Cómo vamos fortaleciendo su fe y su encuentro con Jesús de tal manera que la relación que crean sea sostén cuando venga la oscuridad y la cruz. Pensaba qué testimonio damos de Pascua, de paso, de liberación de las experiencias de sufrimiento transitadas en nuestra vida y cómo en ellas hemos reconocido al Resucitado. Me preguntaba por la experiencia de fraternidad, de comunidad que se acompaña y comparte la fe y la vida que van teniendo los jóvenes en sus procesos, que les lleve a reconocer “qué bueno estar aquí”…
Vivir con los jóvenes experiencias de vida que vayan configurándonos como personas creyentes que ante la realidad mantienen su fe y su esperanza. No me refiero a experiencias de fuerte emotividad, sino aquellas que tocando nuestra sensibilidad también llegan a lo profundo de la persona y les ayuda a descubrir su identidad de hijo y hermano, su vocación de ser con otros y para otros.
Hace días, en un curso de formación, hablábamos de cómo ante las noticias que llegan cada día, vamos congelando la sensibilidad o perdiéndonos en ensoñaciones sobre mundos más amables. Son mecanismos de defensa para no dejarnos caer en el miedo y la inseguridad, en la angustia que generan. Es fácil perder la esperanza en el futuro… Para contrarrestar este congelamiento y esta ensoñación, se proponía conectar con el sentido profundo de la persona, con lo veraz y bueno de cada uno, con lo que está llamado a ser…
Ahí es donde sitúo estas experiencias Tabor a proponer a los jóvenes. Donde construir la roca que nos sostendrá ante la cruz. Donde vivir la experiencia de ser amados, de ser hijos y hermanos que nos enseñará a buscar caminos de paz y reconciliación. Donde reforzar el encuentro con Jesús, Señor de la Vida.
Podemos cambiar “jóvenes” por nosotros mismos… Porque quien acompaña a estos jóvenes implicados en la pastoral somos nosotros, nuestras comunidades, nuestras familias. También nosotros vivimos en esta realidad, sentimos la congelación de nuestros sentidos, necesitamos subir al monte con Jesús para poder acoger el anuncio de la pasión…
Lo repito, acompañar a los jóvenes acompañantes de procesos pastorales es un enorme regalo. No solo por ver su crecimiento y su entrega, también por la pregunta que generan para mi vida y mi fe. Lo que me exigen es poner en palabras entendibles mi experiencia creyente, y seguir cuidándola para poder compartirla. Si estamos llamados a revisar nuestras propuestas pastorales, incluir jóvenes en los equipos es una muy buena apuesta.
Ojalá lleguemos a la Pascua con estas experiencias Tabor que nos permitan, a nosotros y a los jóvenes, vivir y testimoniar que ni el dolor, ni la guerra, ni la muerte tienen la última palabra.
Zoraida Sánchez Etxaniz
Departamento de Pastoral de Escuelas Católicas
La entrada Del Tabor a la Pascua se publicó primero en Escuelas Católicas.
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