¿Qué significan los gestos que se realizan en la liturgia de las celebraciones de la Semana Santa? Los Oficios del Triduo Pascual cuentan con una rica simbología que, por muchas veces que se hayan vivido y asistido a ellos con devoción, es fácil pasar por alto en toda su profundidad. Nos los explica con detalle el Delegado episcopal de Liturgia y Canónigo de la Catedral, D. José Luis González.
D. José Luis González, Delegado episcopal de Liturgia
Este domingo celebramos el Domingo de Ramos. Es una tradición llevar los ramos a bendecir, recordar aquella entrada de Jesús en Jerusalén. ¿Qué tiene de especial esta Eucaristía?
En primer lugar querría decir que la Semana Santa no es una especie de sucederse de celebraciones una tras de otra, sino que es un itinerario que iniciamos y lo hacemos cada uno a nuestro aire, sino como comunidad cristiana. Para llevar a cabo este itinerario nos hemos ido preparando para estar en forma a lo largo de la Cuaresma a través de esos tres medios que la Iglesia nos ofrece y que son eficaces, por eso nos lo sigue ofreciendo. La oración, la limosna y el ayuno.
La Semana Santa comienza con una celebración muy popular que es el Domingo de Ramos, con la bendición de los mismos. Los ramos –sobre todo aquí en Asturias ramos de laurel–, simbolizan los ramos de victoria. Y son unos arbustos muy sencillos. ¿Qué quiere decir la liturgia? Que a través de la sencillez aclamamos ese misterio que se revela en Cristo, que es un misterio de amor y de entrega, porque junto con los ramos que aclama, a continuación está la Pasión que se nos narra. Estas dos cosas vienen a ser como dos caras de la misma moneda y hay que tenerlas muy en cuenta.
El Jueves Santo es este próximo jueves ya, ¿cómo debemos vivir esta celebración? ¿Qué gestos principales hay y qué significan?
Bien, el Jueves santo viene a ser como una especie de prólogo al Triduo Pascual (Triduo: tres días). Muerte, sepultura y Resurrección de Cristo, que vienen a ser el centro de todo el año litúrgico, de todo el año cristiano, y que es desgranar en una profundidad quizás mayor lo que cada domingo celebramos, porque el domingo es la fiesta más antigua de la Iglesia. Entonces el Jueves Santo, a modo de prólogo, se nos narra a través de lo que hizo Cristo en la cruz, que no es un mero recordar, sino un actualizar lo que el Señor hizo cuando se preparaba para lo que le venía encima, que era la cruz, la entrega, que el Viernes Santo, al día siguiente, iba a tener lugar en el Monte Calvario. Y ya lo hace a través de dos gestos: el gesto del lavatorio de los pies y el gesto de partirse, que lo hace tomando el pan, bendiciendo, partiendo y repartiendo. Es un amor que se hace servicio y esto es lo que marca constantemente a modo de estrella que guía la vida de la Iglesia y la vida de cada cristiano, que nosotros tratamos de hacerlo dentro del marco de nuestra pobreza, pero el Señor también se aprovecha de nuestra debilidad para que a través del tiempo se siga actualizando su misterio, que es un misterio de entrega y de servicio.
El Viernes Santo es el día propio de la Pasión y muerte de Jesús en la cruz. ¿Qué momentos especiales tiene la celebración de este día?
Este día, el Viernes Santo, se inicia con un gesto que es muy llamativo: quien preside la celebración –que en el caso de la Catedral siempre es el Obispo–, los sacerdotes nos tumbamos, nos tiramos en el suelo, ante el altar que se encuentra desnudo. Es un gesto de profunda humildad y una humildad que va empapada y envuelta en una oración que sale del corazón. Es la mejor manera de prepararnos para ese relato importante que es el relato de la Pasión de Cristo y que va precedida por el anuncio de los profetas. Lo que aconteció, no aconteció sin más porque tuvo mala suerte, sino que el Espíritu Santo habló por los profetas antiguos de lo que iba a acontecer un día en el monte Calvario, en la persona de Cristo Jesús, que se resume en esa frase: Habiéndonos amado, nos amó hasta el extremo. Por eso, después del relato de la Pasión del Señor, se muestra la cruz. Pero es una cruz gloriosa: la cruz, con la muerte de Cristo, cambió completamente de significado. De tortura y de humillación pasó a simbolizar salvación y glorificación para quien la contempla con fe.
El Sábado Santo es un día un poco especial, un día que quizá no tiene el renombre del Jueves y el Viernes Santos, es un día de silencio, de luto. ¿Cómo se celebra?
Bueno, lo especial precisamente del Sábado Santo es el silencio. El oficio de la Liturgia de las Horas, en concreto el Oficio de Lecturas, en un antífona lo dice y lo recoge muy bien: Dormiré y descansaré en paz. La vida de Cristo no terminó en la cruz, descansa en el seno del sepulcro y los que lo contemplaron, que en definitiva a través del tiempo es la Iglesia, no coge a otra cosa, sino que permanece en el sepulcro, permanece en oración y esperando un mañana de gloria, que en definitiva es lo que hace la Iglesia a través del tiempo. La muerte de Cristo, valga la expresión y perdón por el ejemplo, pero creo que es muy gráfico, no es agua echada en un cesto, que se echa y desaparece. No, no. Es una semilla depositada en la tierra que con el tiempo, en este caso, al tercer día, florecerá en frutos y en frutos de vida como así lo ha vivido la Iglesia a través del tiempo. El ejemplo más claro son los santos y toda esa gente buena que pasa por este mundo haciendo el bien y tomando como punto de referencia a Jesús.
Finalmente el Domingo de Resurrección, que es un día alegre, es un día de fiesta, recordamos la Resurrección, que es la que da sentido a nuestra fe y a nuestra vida. ¿Cómo es la liturgia ese día?
Pues es una liturgia ciertamente muy hermosa. Los santos Padres de la Iglesia tienen una frase que, en este sentido, creo que es muy significativa y que debería de ser punto de referencia para todo cristiano. Dicen ellos: No hay pecado mayor que ser insensibles a la pascua de Cristo. La palabra Pascua es una palabra hebrea que significa paso, pues recuerda el paso de la esclavitud a la libertad, como lo vivió el pueblo de Israel cuando la esclavitud de Egipto pasó a la libertad de la tierra prometida a través del Mar Rojo. Aquello fue anticipo y profecía de lo que vendría a ser para toda la humanidad que confía en Cristo Jesús. Es un pasar de la muerte a la vida. No pasamos solos porque Cristo, rompiendo las cadenas de la muerte, salió victorioso del sepulcro, abrió el camino de la gloria y está sentado a la derecha del Padre, siempre vivo intercediendo por nosotros.
La liturgia de ese día empieza con una antífona muy bonita que, en el canto de gregoriano es toda una pasada: He resucitado y sigo contigo. Y esto tiene dos lecturas: Él está con el Padre, pero no nos ha dejado huérfanos. He resucitado y estoy contigo, aún estoy contigo. Y con nosotros estará, lo dijo el Señor, hasta el fin de los tiempos. No estamos solos, no estamos huérfanos, caminamos por la vida tratando de hacer el bien. Y en este tratar de hacer el bien no queda reducido solamente a nuestras fuerzas, sino que nos regaló la gran fuerza, que es la fuerza del Espíritu Santo, que fue la que Cristo tuvo también para salir del sepulcro rompiendo las cadenas de la muerte.
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