CATÓLICOS EN MADRID – «Ben-Hur» – La sed que el agua no apaga

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La película Ben-Hur (1959), la monumental epopeya de William Wyler ganadora de once premios Óscar, nos sitúa en la Judea del siglo I bajo dominio romano, en un contexto de tensión política, cultural y religiosa. A través de la historia de Judá Ben-Hur, un príncipe judío injustamente condenado a galeras por la traición de su amigo Mesala, nos introduce en un viaje que va mucho más allá de la aventura épica: es una profunda reflexión sobre la fe, el sufrimiento, la justicia y la redención. En paralelo a la vida de Jesús de Nazaret, cuya presencia atraviesa la película de forma sutil pero decisiva, asistimos a la transformación interior de un hombre que pasa del odio a la misericordia.

La película arranca con un dilema muy interesante, lo plantea con el reencuentro entre Judá y Mesala, dos amigos que son prácticamente hermanos, pero que pronto descubren que sus lealtades son incompatibles. Mesala ha regresado como oficial romano, enviado a “pacificar” Judea, al principio le pedirá ayuda a Judá, pero este se negará a convertirse en un instrumento de esa erosión, a delatar a su propio pueblo para congraciarse con el poder. Por lo que Mesala se convertirá en la figura que encarna el poder y exige sumisión incluso en lo espiritual. La conversación que mantiene con su subordinado Sexto resulta llamativamente actual: «¿Cómo se lucha contra una idea? ¡Con otra idea!»

Roma no se limita a imponer tributos; quiere convencer, seducir, hacer que el sometimiento parezca sensatez. No es difícil reconocer en esa lógica algo que sigue operando hoy: la presión para que los creyentes “sean razonables” y cedan precisamente en lo que les es más propio, como si la fe fuera una excentricidad negociable. Judá nos recuerda que no lo es, anticipando las palabras que dirán los apóstoles ante el Sanedrín: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hch 5,29). Esa fidelidad le costará a Ben-Hur absolutamente todo, pero será también el inicio de su verdadero camino.

Tras la traición de Mesala, comienza el descenso de Judá al sufrimiento: la condena injusta, la separación de su familia y su paso por las galeras. Hay una escena, breve y sin diálogos, que para mí es el corazón de la película. En uno de los momentos de mayor debilidad de Ben-Hur, de camino hacia las galeras, exhausto y humillado, Judá se desploma bajo el sol. Todos se detienen a beber agua, pero los soldados romanos se lo prohíben.

Entonces aparece un hombre —del que no veremos el rostro— que se arrodilla y le ofrece el agua que le han negado. Judá está tumbado en el suelo, con los dedos extendidos, en una postura que evoca de forma inequívoca La creación de Adán de Miguel Ángel: el mismo cuadro que aparece en los créditos iniciales. Wyler no pone esta imagen ahí por azar. Lo que nos está diciendo, a través de esa metáfora visual, es que Jesús viene no solo a darnos vida, sino devolvernos la dignidad cuando el mundo nos la arranca. Cristo le calma la sed física, sí. Pero Judá recordará ese momento durante años, y más tarde confesará que le dejó sediento de espíritu.

En esta escena, quizás una de las más hermosas que el cine nos ha dado, es imposible no acordarse de estas palabras del Evangelio: «Todo el que beba de esta agua volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le dé no tendrá sed jamás» (Jn 4, 13-14). Judá no lo sabe todavía, pero ese encuentro silencioso acaba de plantar en él una semilla que tardará años en germinar.

El resto de la historia es un largo recorrido por el desierto del odio. Judá sobrevive a las galeras gracias a su fuerza y su ira, usando el rencor como combustible para seguir remando. Liberado y adoptado por el cónsul romano Quinto Arrio, lo tiene todo: una nueva vida, una fortuna, un padre. Pero lo pone todo al servicio de una sola obsesión.

En ese camino, varios personajes le ofrecen otra salida. El anciano Baltasar le advierte: «Son muchos los senderos que conducen a Dios; no te cierres con el odio». Esther le habla de un maestro que predica el perdón. Sin embargo, Judá no escucha; su sufrimiento injusto se ha convertido en una prisión más sólida que las galeras, alimentándose día a día con el convencimiento de que su venganza es justa. La famosa carrera de cuadrigas —impresionante en lo visual— simboliza esto a la perfección. Su victoria sobre Mesala no trae paz, sino más dolor. Sin darse cuenta, se va pareciendo cada vez más a quienes le hicieron tanto daño. Ben-Hur ha conseguido lo que creía que quería, pero en este camino vengativo se ha convertido en un nuevo Mesala.

El tramo final de la película nos conduce al clímax narrativo: la redención. Esta llega cuando Judá ya no puede hacer nada: su madre y su hermana tienen lepra incurable, Mesala ha muerto y su sed de venganza debería haber quedado saciada, y sin embargo no encuentra paz. Es entonces, al ver a Jesús cargando su cruz hacia el Calvario, cuando se cierra el círculo: ahora él intentará dar agua al que sació su sed. Pero Jesús la rechaza, no porque no la quisiera, sino porque es la manifestación máxima del Amor que se entrega hasta el extremo.

Al no poder devolver aquel gesto, Cristo rompe los esquemas de Judá: comprende que la verdadera fuerza no está en la violencia, sino en el perdón. Desde la cruz, Jesús pronuncia las palabras que lo terminan de transformar: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34). Es entonces cuando comienza su auténtica redención, y con la curación de su madre y su hermana, se exterioriza también la sanación interior del propio Judá: el milagro más importante ha ocurrido en su corazón.

Ben-Hur es, en definitiva, mucho más que una superproducción histórica. Es larga, sí, y exige paciencia para los más jóvenes acostumbrados a la inmediatez. Pero quizás esa longitud sea también parte del mensaje: la conversión no suele ser un instante, sino un camino de años, de pérdidas, de encuentros que no entendemos hasta mucho después. Verla esta Semana Santa, mientras acompañamos litúrgicamente la Pasión de Cristo, puede ser una experiencia profundamente enriquecedora: nos invita a reconocernos en el camino de Judá, a preguntarnos qué lugar ocupan el rencor, el sufrimiento o la fe en nuestra propia vida, y a contemplar a Cristo como Aquel que transforma incluso las heridas más profundas. Tras ver esta película, es un buen momento para preguntarte: ¿de qué tienes sed tú, y a quién se lo estás pidiendo?

José Carcelén Gómez

Ficha técnica:
Título original: Ben-Hur
Año: 1959
País: Estados Unidos
Dirección: William Wyler
Reparto: Charlton Heston, Stephen Boyd, Jack Hawkins, Haya Harareet, Martha Scott, Hugh Griffith, Finlay Currie

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