CATÓLICOS EN SEVILLA – Homilía de Monseñor José Ángel Saiz Meneses para el Viernes Santo (2026)

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CATÓLICOS EN SEVILLA –

En el Oficio de Viernes Santo de la Pasión del Señor.

Catedral de Sevilla. 3 de abril de 2026

En la tarde del Viernes Santo la Iglesia se recoge en un silencio sobrecogedor. No celebramos hoy la santa Misa; el altar está desnudo; la liturgia comienza en silencio; el sacerdote se postra. Todo tiene una significación particular, todo nos habla, todo nos introduce en el misterio. Hoy la Iglesia no multiplica las palabras; hoy contempla, adora y se deja herir por el amor de Cristo crucificado. Queridos hermanos y hermanas presentes en esta celebración: Señores Arzobispos; Señor Deán y Cabildo catedral; presbíteros y diáconos; dignísimas autoridades; miembros de la vida consagrada y del laicado; queridos todos en el Señor.

El profeta Isaías nos ha presentado al Siervo doliente: “Él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes; nuestro castigo saludable vino sobre él, sus cicatrices nos curaron” (Is 53,5). Estas palabras, que la Iglesia proclama cada Viernes Santo, nos colocan ante la verdad más profunda de este día: Cristo no padece por azar, ni simplemente por la crueldad de los hombres, ni solo como víctima de una injusticia histórica. Cristo se entrega por amor; carga con nuestros pecados; toma sobre sí el peso del mal del mundo para reconciliarnos con el Padre.

La pasión según san Juan nos lo ha mostrado con una majestad impresionante. San Juan no presenta a un Cristo aplastado por los acontecimientos, sino al Señor que se entrega libremente. En medio de la humillación, Él sigue siendo Rey. En medio del dolor, Él sigue siendo Señor. En medio de la noche, resplandece su gloria. En la cruz de Cristo se revela el amor de Dios llevado “hasta el extremo”; en el Crucificado se manifiesta de manera suprema la misericordia divina.

Este día santo no puede entenderse aisladamente. El Viernes Santo está unido profundamente al Jueves Santo y a la Vigilia Pascual. No son tres misterios separados, sino un único gran misterio: el Triduo Pascual de Cristo crucificado, sepultado y resucitado. Lo que ayer comenzó en la Cena del Señor encuentra hoy su dramático cumplimiento. En el Cenáculo, Jesús anticipó sacramentalmente lo que hoy realiza históricamente en la cruz. La Eucaristía y el Calvario son inseparables. El Cuerpo entregado y la Sangre derramada, ofrecidos sacramentalmente el Jueves Santo, son hoy ofrecidos de modo cruento en el sacrificio de la cruz. El drama que contemplamos no es un fracaso. Es la victoria del amor. La cruz no es el triunfo del odio, sino la derrota definitiva del pecado mediante la obediencia filial del Hijo. San Agustín contemplaba este misterio afirmando que el madero de la cruz fue como la cátedra desde la que Cristo enseñó al mundo el amor verdadero (Sermón 160,1). Desde la cruz, el Señor nos enseña a amar hasta el extremo, a perdonar, a obedecer, a fiarnos del Padre incluso en la noche.

La liturgia de hoy es sobria, pero profundamente expresiva. Lo es en su silencio inicial; lo es en la proclamación de la Pasión; lo es en la gran oración universal, en la que la Iglesia abraza al mundo entero; lo es en la adoración de la santa Cruz; lo es en la austeridad de la comunión con el Pan consagrado ayer. Todo conduce a la cruz. Todo nos sitúa frente a Cristo. Todo nos obliga a tomar postura. No se puede permanecer indiferente ante el Crucificado. No adoramos la madera como objeto; adoramos a Cristo, que en ella nos redimió. La cruz, instrumento de suplicio, se ha convertido en signo de salvación. He aquí la paradoja cristiana: donde el mundo ve derrota, la fe reconoce victoria; donde el mundo ve escándalo, la Iglesia descubre sabiduría; donde el mundo ve muerte, Dios hace brotar vida.

La oración universal de esta celebración reviste una importancia especial. La Iglesia, en esta tarde, intercede por todos: por la Iglesia, por el Papa, por los ministros y los fieles, por los catecúmenos, por la unidad de los cristianos, por el pueblo judío, por los que no creen en Cristo, por los que no creen en Dios, por los gobernantes, por los que sufren. Es una oración de inmensa amplitud católica. Ante la cruz de Cristo, nadie queda fuera del horizonte del amor de Dios. Nos unimos especialmente a la llamada del papa León XIV a la paz mundial, especialmente en Oriente Medio; nos unimos a su llamada a los gobernantes a deponer las armas, a dialogar, a contemplar a Jesús, Rey de la paz, a vivir la bienaventuranza de la paz, a ser constructores de reconciliación y de paz. Por otra parte, el Viernes Santo la Iglesia Universal está llamada a recordar y colaborar con los cristianos de Tierra Santa. Este día se realiza en todas las diócesis y parroquias del mundo la colecta pontificia a favor de los Lugares Santos. Seamos generosos.

Esta celebración está atravesada por la certeza de la Pascua. La Iglesia permanece hoy junto al sepulcro, pero sabe que ese sepulcro no tendrá la última palabra. La cruz está ya orientada a la resurrección. El que hoy muere es el mismo que resucitará glorioso. Por eso el Viernes Santo tiene un tono de dolor santo, de compunción creyente, de espera confiada. Como enseñó el Concilio Vaticano II, del costado abierto de Cristo nació el sacramento admirable de toda la Iglesia (Sacrosanctum Concilium, 5). De la muerte de Cristo brota la vida del mundo. Del costado traspasado nace la esperanza.

Queridos hermanos, en esta tarde santa contemplemos al Crucificado con fe, con amor y con agradecimiento. Acerquémonos a la cruz con humildad. Pongamos en las llagas del Señor nuestros pecados, nuestras heridas, nuestros sufrimientos, las penas de nuestras familias, las angustias de la Iglesia, los dolores del mundo, las guerras, las persecuciones, la soledad de tantos hombres y mujeres, el cansancio de los pobres, la incertidumbre de los jóvenes, la debilidad de los ancianos, el llanto de los enfermos. Todo puede ser llevado hoy a la cruz de Cristo. Pidamos al Señor la gracia de no acostumbrarnos nunca a la cruz. Pidamos que no convirtamos este día en una simple costumbre religiosa o en una emoción pasajera. Pidamos entrar de verdad en el misterio. Que el Jueves Santo nos haga comprender el amor eucarístico de Cristo; que el Viernes Santo nos haga adorar su sacrificio redentor; y que la noche santa de la Resurrección nos colme de la alegría de la victoria pascual.

La cruz forma parte de nuestra vida terrena, que Dios transformará por la pasión, muerte y resurrección de Cristo; y hemos de cargar nuestra cruz, la propia de cada uno de nosotros, sabiendo que los sufrimientos que lleva consigo reciben el sentido redentor que la cruz de Jesús proyecta sobre ellos. Que la Santísima Virgen María, la Madre dolorosa, que estuvo de pie junto a la cruz de su Hijo que nos ayude a llevar cada día nuestra cruz, para poder vivir el sentido redentor de nuestro dolor unido al dolor de Cristo crucificado por nosotros; que nos enseñe a permanecer, a creer, a esperar y a amar. Y que esta celebración santa nos adentre de tal modo en el misterio de la Pasión del Señor, que podamos llegar con alma purificada y corazón renovado a la luz gloriosa de la Pascua. Así sea.

Monseñor José Ángel Saiz Meneses

Arzobispo de Sevilla 

 

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