Personalmente, me interpela el hecho de reconocer que solo se puede explicar y dar razón de algo cuando se conoce, y se conoce en verdad. Algunas veces nuestro acceso al conocimiento es mediado y supone dejar en manos de otro la interpretación, el conocimiento y la razón de las cosas. En el día a día recibimos así la verdad sobre aspectos fundamentales para nuestra existencia como la información política, la económica o incluso la sanitaria (basta recordar los tiempos de pandemia en el año 2019). Esa gestión de la “verdad” no es fría o calculadora, sino que se entremezcla con nuestra historia personal, nuestras vivencias, nuestros sentimientos.
La tendencia natural de querer saber y conocer no siempre implica un compromiso real con la búsqueda de la verdad; en muchas ocasiones, nos conformamos con versiones parciales o interpretaciones interesadas, procedentes de enfoques que no siempre son transparentes ni veraces. Por eso leemos ciertos periódicos y no otros, escuchamos unas emisoras y no otras, valoramos la opinión de unos y no de otros… Todo ello ocurre de manera casi imperceptible, sin confrontación y desde la comodidad. Para la vida nos haría falta un mando a distancia que nos permitiera cambiar de canal: esta guerra no me interesa, este conflicto me duele y no quiero verlo, estas pateras no son bonitas… prefiero ponerme un poco de “salseo”, que es domingo por la tarde. Y ello con independencia de dónde esté la verdad de nuestro mundo.
¿Y si es Domingo de Resurrección por la tarde? Podemos igual tirar de mando y cambiar de canal. Conocer, acercarnos a la verdad, en su sentido más profundo, implica un esfuerzo de estudio, pensamiento y razón, que parece no siempre estemos dispuestos a realizar. En estos primeros días de Pascua podemos andar sobre el anuncio de la Resurrección casi de puntillas, sin salpicarnos ni a nosotros mismos. Vemos un cirio, encendemos una vela y cuando nos mandan la apagamos, y con ella apagamos nuestro asombro. Si creyésemos de verdad lo que se nos anunciaba en el Pregón Pascual, si reconociéramos la verdad, ¿qué actitudes brotarían sin que nadie las reclamara?
No podemos acercarnos al misterio que da sentido a nuestra fe sin pararnos, contemplar, pensar, discernir, asumir, vibrar. Algunas veces siento que la capacidad media de muchos creyentes, yo el primero, para expresar y dar razón de su fe se limita a fórmulas repetidas o directamente a la remisión a dimensiones emocionales o subjetivas, que, sin ser despreciables, sin embargo omiten o esquivan el diálogo con la razón. ¿Verdaderamente ha resucitado?, ¿lo creemos de verdad? y es más… ¿es verdad? Resuena en mí mientras escribo la pregunta de Pilatos a Jesús antes de condenarlo a la cruz… ¿y qué es la verdad?
Los creyentes podemos encontrarnos en un ámbito de creencia personal incapaz de ser verbalizada o presentada al mundo en el que nos toca vivir. Y si eso fuera así, implicaría nuestra incapacidad de dar testimonio de la verdad, dar testimonio de Jesús, que es, curiosamente, lo que Jesús explícitamente pidió a sus discípulos: id y anunciad. En estos días de Pascua, ¿cómo dar razón de la resurrección?, ¿cómo compartir la verdad de Cristo?
Si al final, como creyente, no soy capaz de encontrar ni siquiera las ideas, más allá de las palabras, que otro pueda comprender y razonar, no solo me estoy negando la posibilidad de ser testigo, sino que, lo que es más grave, estoy privando a otra persona de la oportunidad de acercarse a la verdad de Jesús. Ese sentimiento de responsabilidad debiera despertar nuestra conciencia para entender la llamada misionera no como una opción más, sino como la mejor respuesta a la creencia en la verdad. Las mujeres que encuentran el sepulcro vacío no reciben una orden… directamente entienden que no pueden callar.
Además, esta paradoja sobre la verdad se da en nuestro tiempo de forma simultánea a la percepción de certeza y verdad absoluta que se arroga para sí el método científico experimentable, reduciendo la categoría de “verdad” a aquello que es demostrable empíricamente, y con los atributos establecidos por la experimentación (replicable, medible, observable, etc.). Así, el método científico, tan valioso para nuestra vida y que tanto bien ha generado para el ser humano, siendo innegable, cuando se le otorga una preeminencia para etiquetar la “verdad” en todos los ámbitos, implica un reduccionismo evidente. Hablar hoy de resurrección implicaría encontrarse con una objeción: demuéstramelo.
La verdad de nuestra existencia, las razones últimas de nuestra propia vida, no están encerradas solo o de forma exclusiva en la realidad material en la cual nos desenvolvemos y de la que formamos parte. Si no es científico tomar el todo por la parte, debiera resultar obvio que tampoco es solo verdad aquello que responde a las propiedades de la materia (aunque la materia forme parte de la realidad).
Buscar hoy de forma rigurosa la razonabilidad de la fe supone el ejercicio generoso de abrir las puertas de la verdad a toda persona que, con sus propias capacidades humanas, puede acercarse al conocimiento de Dios. Acceso que luego se verá enriquecido por el don de la fe o el conocimiento de la Revelación, pero que facilita un diálogo inicial desde el ámbito más propio del ser humano: la racionalidad.
Cuestión distinta es que nos sobrepase y sobrecoja el testimonio que recibimos sobre la resurrección de Cristo. Es humanamente comprensible sentir asombro y perplejidad, aunque estuviera anunciado. Es personalmente aceptable el sentimiento de temor y temblor al encontrarse una tumba vacía. Pero solo desde la auténtica realidad de esos hechos puede entenderse la conversión de aquellos mismos que huyeron y le negaron. El testimonio vivo y eficaz es prueba de verdad, y es el modo en el que el relato completo de la vida de Jesús cobra su verdadero sentido.
Es el testimonio el que es capaz de ordenar los hechos, explicar lo vivido y dar razón de los sucesos… igual que el testimonio de un testigo en un juicio. Si en un juicio es prueba válida los testigos, ¿cuántos testigos más necesitamos para creer? El problema no es, por tanto, la veracidad, o no, sino nuestra incredulidad. Se suele decir: “no hay más ciego que quien no quiere ver”.
Son testigos de la Resurrección aquellos que dan su vida por los descartados, los que miran a los ojos de los pobres y los marginados, los que anuncian a todos la esperanza en el Reino de Dios. Podemos dar razones de la verdadera resurrección de muchos modos. Algunos lo razonarán desde la teología, otros harán disquisiciones cosmológicas sobre la lógica de una “causa primera”, otros apoyarán la experiencia religiosa desde la lógica de la razón filosófica. Pero lo cierto es que ninguna de esas opciones son las que explican la dinámica de Pascua que vivieron los apóstoles y discípulos. Mucho más sencillo: el hecho, el evento, el suceso que vivieron fue VERDAD, y no se podían callar.
Hoy somos parte de la sucesión que transmite el testimonio vivo de la verdad. En aquel momento, primero la fe y la razón se pusieron en segundo plano ante el suceso y la sorpresa. Ojalá ahora, desde la fe y la razón, podamos llegar a comprender el suceso y hacer brotar en nuestro corazón la sorpresa ante Cristo verdaderamente resucitado.
Pues eso… Señor, aumenta nuestra fe y ayúdanos a hacer crecer nuestra comprensión de la verdad. ¡FELIZ PASCUA!
Javier Poveda
Director del Departamento de Administración y Cooperación de Escuelas Católicas
La entrada ¿Verdaderamente ha resucitado? Verdad y Resurrección se publicó primero en Escuelas Católicas.
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