CATÓLICOS EN CANTABRIA – Homilía III Domingo de Pascua, por Álvaro Asensio Sagastizábal, Vicario General

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Álvaro Asensio Sagastizábal

 

Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana…

Yo me pregunto: ¿Cómo caminaban, cuál era su estado de ánimo? Iban tristes, descorazonados, enfadados y no sólo interiormente sino también físicamente: estaban derrotados, en cierto modo, habían perdido su apuesta.

Jesús en persona se les acercó  y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo…

El hecho de marchar de Jerusalén indica no sólo lo que acontece físicamente sino también la situación espiritual de estos dos discípulos: se habían cerrado al proyecto de Dios, ya no podían reconocer la acción de Dios. Jerusalén es el lugar de llegada del Evangelio de Lucas. Toda la vida de Jesús está ordenada en este Evangelio a lo largo de un viaje que Jesús hace de Galilea a Jerusalén. Jerusalén, por otra parte, es el punto de partida de la salvación, la ciudad de la Pascua. Los discípulos que están marchándose de Jerusalén no están sólo dejando una ciudad, están dejando a Cristo, están dejando la fe y la ciudad donde Dios se ha revelado. La experiencia de Jesús se les presenta como una experiencia cerrada, positiva en algunos aspectos pero ya concluida, una experiencia que les ha dejado defraudados y sin ánimo. Por eso deciden marcharse y se echan a la espalda lo vivido con Jesús.

Y en esta situación, encontramos, queridos hermanos, en el evangelio de hoy un hecho sorprendente: A los discípulos que eran incapaces de reconocerlo se les abrieron los ojos al contemplar la fracción del pan. ¿Cómo puede ser que quien no ha reconocido a Jesús caminando con ellos estuviera preparado para reconocer a Jesús en el Pan partido? Descubrir a Jesús en el Pan partido es ver la presencia de Dios en el misterio de Muerte y Resurrección, en el misterio de la Pascua. Lo cierto es que los caminantes de Emaús no estaban dispuestos a creer que allí estaba Dios. Tanto es así que cuando comienzan a hablar con Jesús se presenta una discusión, que San Lucas nos relata, muy tensa. Los discípulos usan las mismas palabras de que hemos escuchado en labios de Pedro en la primera lectura, el anuncio del Kerigma: “Lo de Jesús el Nazareno que fue un profeta… como lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte y lo crucificaron”. Ellos lo anuncian pero al contrario, lo cuentan pero diciendo que en todo eso que ha acontecido en Jerusalén en esos días no estaba presente Dios, no estaba presente la salvación.

El hecho de reconocer a Jesús en el Pan partido nos indica, hermanos, algo muy importante: Dios ha cambiado su corazón, ha abierto sus ojos, han quedado iluminados por la fe y alcanzan a descubrir que este Pan partido, este don,  esta Eucaristía, este Misterio Pascual, no es un anuncio de desesperación, de rabia, de impotencia o desilusión, como ellos lo estaban viviendo, sino que aquello que Jesús había vivido y hecho, comprendida sobre todo su Muerte y Resurrección, era el modo más pleno en el que Dios nos revela su amor.

En este tiempo de Pascua es muy bello descubrir en las lecturas de cada domingo que no sólo nos hablan de Cristo Resucitado sino también de “encuentro”. Él ha resucitado y quiere hacerse encontrar. Continúa entrando en relación con el hombre y colmando con su amor que sana y salva. También a nosotros hoy.

El camino que hace Jesús con los discípulos de Emaús es un camino que hace con nosotros hoy, con todos los hombres. Quiere reunirnos, hacernos fuertes en la fe, hacernos comprender que Él ha resucitado de veras y nos envía a anunciar con alegría esta Buena Noticia para todos.

Para que se de esta transformación en nosotros hay que hacer el proceso que hicieron los de Emaús. Tenemos que vaciar en Jesús todas nuestras inquietudes dejando espacio en nuestro corazón para que Él pueda llenarlo con su palabra y calor. Después con el corazón sanado y ardiente podremos reconocerlo al partir al Pan.

Álvaro Asensio Sagastizábal

SANTANDER

 

 

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