Durante 290 días, el empresario mexicano Alberto de la Fuente y de la Concha estuvo secuestrado en un habitáculo de dimensiones mínimas —1,5 por 2 metros— al que denominó «el contenedor de almas». Este espacio, carente de luz natural y ventilación adecuada, fue diseñado para la aniquilación de la voluntad mediante vigilancia constante y tortura acústica ininterrumpida.
La supervivencia de De la Fuente no fue producto del azar, sino de una metodología de auto preservación rigurosa. Ante la ausencia de contacto humano y la violencia psicológica, el cautivo estableció un «pacto» con la divinidad, transformando su fe en un eje operativo. Esta conexión espiritual, sumada a una disciplina física extenuante de hasta nueve horas de ejercicio diario, le permitió contrarrestar el deterioro cognitivo y la depresión. Su motor fundamental fue la determinación de reencontrarse con su esposa y sus dos hijos, cuya imagen mental funcionó como un anclaje con la realidad.
«Me encomendé mucho a la Virgen de Guadalupe. Hacía más de 500 oraciones cada día. Eran avemarías y padrenuestros, que eran casi las únicas que conocía. Llevaba tanto tiempo sin decirlas que, al principio, me costaba recordarlas. Cuando no rezaba estaba hablando con Dios.»
Tras su liberación el 14 de septiembre de 2017, Alberto emprendió un proceso de reconstrucción personal orientado al perdón y la gratitud, rechazando el resentimiento como mecanismo de defensa.
Fuente: Religión en Libertad
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