CATÓLICOS EN CANTABRIA – El obispo de Santander exhorta a ser dóciles al Espíritu para que se manifieste en nuestras vidas

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La catedral de Santander ha acogido este sábado la solemne Vigilia de Pentecostés organizada por las delegaciones de Apostolado Seglar, Familia y Vida, Pastoral de Jóvenes, Liturgia y CONFER.

Presidida por el obispo, monseñor Arturo Ros, en su homilía exhortó a los fieles a ser dóciles al Espíritu Santo. «Ser dóciles al Espíritu Santo para que se manifieste y se nos manifieste en su fiesta», insistió. «Porque el Espíritu Santo se hace presente en nuestras vidas. Lo vemos», remarcó, «y no son ensoñaciones ni visiones extrañas». «Es verdad -dijo- que esa invocación interior nos hace más receptivos a discernir las emociones del Espíritu, y a verlo con los ojos del corazón».

En este sentido, el prelado hizo mención a las dos últimas ceremonias de Confirmación que había oficiado esta semana: una de ellas, en la catedral, con alumnos del Colegio de los Escolapios; la otra, en la parroquia de los padres Pasionistas. «Estos chicos y chicas -comentó- se empeñaron en regalarme el don de verle a través de sus rostros. Lo afirmo con gozo y con alegría».

«Uno de ellos -evocó- andaba como loco detrás de mí después de la celebración. Encantador. Le pregunté qué le pasaba, y me respondió que estaba feliz. Loco de feliz. El Espíritu Santo», señaló. «Y el jueves lo dije aquí, después de la celebración», prosiguió. «Son esos pequeños privilegios que el obispo puede tener, ocasionalmente», apuntó. «Cuando venían a comulgar, porque el Espíritu había hecho su efecto en la crismación, me regalaban rostros tan bellos, que no lo puedo olvidar. Miradas limpias, emocionadas, sonrisas agradecidas… Eso era ver la acción poderosa del Espíritu que transforma nuestros corazones y nuestras vidas«.

«Por eso -indicó- es importante y necesaria nuestra docilidad» y «tener esa solicitud interior de desear que actúe en nuestra vida el dulce huésped del alma». Concluyó animando a los asistentes a dedicar el tiempo de oración que seguía a continuación para invocar al Espíritu y pedirle, diciéndole: «creo en tí, Espíritu«.

 

 

 

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