Óscar Lavín Aja
Celebramos hoy Pentecostés. La venida del Espíritu Santo. El gran fruto del Misterio Pascual del Señor. Y quizá la primera pregunta que deberíamos hacernos es esta: ¿de verdad creemos que el Espíritu Santo sigue actuando en la Iglesia… o nos hemos acostumbrado a vivir una fe sin fuego?
Porque las lecturas de hoy no describen una comunidad cómoda, tranquila y resignada. Describen una sacudida. “Se produjo de repente un ruido del cielo, como de un viento impetuoso”. El Espíritu no llega para decorar la vida de los discípulos. Llega para romper puertas cerradas, desmontar miedos y poner a la Iglesia en camino.
Los Apóstoles estaban encerrados. Y no solo por miedo a los judíos. Estaban encerrados en sí mismos, paralizados, incapaces de dar un paso adelante. Y quizá esa sea también la imagen de muchas comunidades cristianas hoy: puertas cerradas, miedo al mundo, miedo al futuro, miedo a perder seguridades, miedo a anunciar con claridad el Evangelio.
Pero Pentecostés no es la fiesta del miedo. Es la fiesta del riesgo de Dios.
El Espíritu Santo empuja hacia fuera. Nunca encierra. Nunca domestica. Nunca convierte la fe en una costumbre tranquila. Cuando el Espíritu entra de verdad en una persona, algo cambia. Se nota. Hay palabras nuevas, valentía nueva, libertad nueva.
Por eso resulta incómoda la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles. Porque confronta nuestra tibieza. Aquellos discípulos salen a la calle y anuncian a Cristo sin cálculo ni estrategia de imagen. Hablan y todos entienden. No porque dominaran idiomas, sino porque el lenguaje del Espíritu atraviesa fronteras. El lenguaje del Evangelio puede ser comprendido por cualquier corazón cuando está lleno de verdad y de amor.
Tal vez el problema de la Iglesia hoy no sea que el mundo no escucha. Tal vez el problema sea que muchas veces hablamos sin fuego.
San Pablo, en la segunda lectura, afirma: “Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu”. Y eso también interpela fuertemente a nuestras comunidades. Porque el Espíritu no fabrica cristianos en serie. No todos tienen que pensar igual, hablar igual o servir del mismo modo. El Espíritu crea unidad, pero no uniformidad.
Sin embargo, con frecuencia preferimos controlar antes que discernir; conservar antes que evangelizar; repetir antes que escuchar lo que el Espíritu dice hoy a la Iglesia.
Pentecostés desmonta una Iglesia autorreferencial, encerrada en sus debates internos y preocupada únicamente por sobrevivir. El Espíritu no fue dado para conservar cenáculos cerrados, sino para abrir caminos de misión.
El Evangelio nos muestra a Jesús entrando en medio de los discípulos y diciendo: “La paz esté con vosotros”. Pero esa paz no es tranquilidad superficial. Es la paz de quien sabe que la muerte no tiene la última palabra. Y enseguida Jesús sopla sobre ellos: “Recibid el Espíritu Santo”.
Ese soplo recuerda el Génesis: Dios insuflando vida en el barro. Porque sin el Espíritu nos volvemos barro seco. Podemos mantener estructuras, organizar actividades, multiplicar reuniones… pero sin el Espíritu no hay vida verdadera.
Y quizá la pregunta más incómoda de este Pentecostés sea esta: ¿qué ocurriría en nuestra parroquia, en nuestra diócesis, en nuestra vida, si el Espíritu Santo dejara de actuar hoy? ¿Notaríamos realmente la diferencia?
A veces corremos el riesgo de vivir un cristianismo correcto, ordenado, incluso religioso… pero sin pasión por Cristo. Y una Iglesia sin Espíritu puede conservar apariencias, pero pierde profecía. Se vuelve incapaz de tocar el corazón del mundo.
El Espíritu Santo sigue siendo peligroso. Porque nos obliga a salir de nuestras seguridades. Porque nos lleva hacia los pobres, hacia los alejados, hacia quienes nadie quiere mirar. Porque rompe la comodidad de una fe vivida solo como tradición cultural.
Pentecostés nos recuerda que la Iglesia nació en la calle, hablando todos los idiomas del mundo, y no encerrada en sí misma.
Hoy necesitamos cristianos que no tengan miedo de vivir el Evangelio con radicalidad. Sacerdotes con fuego en el corazón. Familias que transmitan la fe con alegría. Jóvenes que no se avergüencen de Cristo. Comunidades que no administren únicamente lo que queda, sino que sueñen con anunciar de nuevo el Evangelio.
El Espíritu Santo no vino para que sobrevivamos. Vino para que demos testimonio.
Pidamos hoy la gracia de dejarnos sacudir por Dios. Que el viento de Pentecostés abra nuestras puertas cerradas. Que el fuego del Espíritu queme nuestras tibiezas. Y que esta Iglesia diocesana no tenga miedo de volver a ser una Iglesia en salida, valiente, pobre y apasionada por Cristo. Amén.
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