¿Cuántas fotos guardas en el móvil que nunca volverás a ver? Vivimos corriendo de un plan a otro, atrapados por la prisa y el piloto automático. Miramos todo a través de los filtros del cansancio y los prejuicios, perdiendo la capacidad de detenernos, de asombrarnos y de mirar de verdad a quienes nos rodean.
A nosotros, que tantas veces caminamos a ciegas, nos sale al encuentro el Jesús del Evangelio. Él no tiene prisa: se agacha, toca nuestro propio barro diario y nos devuelve la vista. Curar al ciego de nacimiento es la invitación de Dios a estrenar una mirada limpia, a descubrir la belleza sin las etiquetas ni las quejas de siempre.
¿Cuándo fue la última vez que te detuviste ante algo —una persona, un gesto, una situación, un paisaje— y dejaste que simplemente te interpelara, sin juzgarlo?
Porque la belleza de un atardecer, de una amistad verdadera o de un servicio escondido no es un simple adorno; es un camino directo que nos lleva al Sagrado Corazón de Jesús, donde la Belleza con mayúscula nos espera. Para recorrerlo, hay un lugar privilegiado: la Confesión. No como un trámite vergonzoso, sino como ese abrazo de misericordia que limpia el espejo empañado de nuestro corazón para que vuelva a reflejar la luz. Es hora de alzar la mirada y dejarnos tocar.
La Confesión es ese encuentro en que el Señor limpia el corazón y vuelves a ver la luz. Un verdadero cruce de miradas —de corazón a Corazón— que te eleva hacia Dios.
Si entraras hoy a hablar con Jesús sabiendo que él te mira con una admiración total, ¿qué le dirías desde lo más íntimo de tu corazón?
No esperes a tener ganas o que el momento sea ideal o perfecto. Alza la mirada, deja que la belleza te toque y permite que Cristo te devuelva la vista. El mundo necesita gente que vea de verdad.
Fuente: Opus Dei
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