Querido hijo:
Sé que últimamente te cuesta.
Sé que hay días en los que sonríes delante de todos, pero por dentro sientes una batalla que nadie conoce.
Sé que hay noches en las que te tumbas en la cama y vuelves a pensar en esa amistad que cambió, en esa persona que se alejó, en ese mensaje que nunca llegó, en ese rechazo que todavía escuece o en esa inseguridad que llevas demasiado tiempo arrastrando.
Sé que a veces te comparas.
Sé que a veces sientes que no eres suficiente.
Que miras a los demás y parece que todos tienen la vida más clara que tú.
Que todos son más felices, más seguros, más queridos, más capaces.
Y sé lo mucho que duele sentir que no encajas del todo.
Sé lo que duele querer a alguien y no saber si te corresponde.
Sé lo que duele dar lo mejor de ti y sentir que nadie lo ve.
Sé lo que duele perder amistades que pensabas que durarían para siempre.
Sé lo que duele sentirte solo incluso estando rodeado de gente.
Y sé lo cansado que es intentar explicar una herida que ni siquiera tú mismo sabes poner en palabras.
Sé lo que duele rezar por algo durante meses y no entender por qué no ocurre.
Y también sé que hay momentos en los que te preguntas:
”¿Dónde estás, Dios?”
Porque si soy sincero contigo, no siempre entiendes Mis tiempos.
Y no pasa nada.
Yo también veo tus lágrimas cuando nadie más las ve.
Veo esos momentos en los que te encierras en tu habitación intentando ser fuerte.
Veo cuando dices que estás bien para no preocupar a nadie.
Veo cuando cargas cruces que ni siquiera sabes explicar.
Y veo también algo que tú muchas veces olvidas:
Tu corazón.
Ese corazón que sigue luchando.
Ese corazón que sigue amando aunque le hayan hecho daño.
Ese corazón que sigue creyendo aunque tenga dudas.
Ese corazón que sigue levantándose aunque esté cansado.
Porque aunque tú a veces solo veas tus cicatrices, Yo sigo viendo toda la belleza que aún hay dentro de ti.
Y déjame decirte algo:
Estoy orgulloso de ti.
Más de lo que imaginas.
Mucho más de lo que estarías si pudieras verte durante un segundo con Mis ojos.
Porque tú ves tus errores.
Yo veo tus esfuerzos.
Tú ves tus caídas.
Yo veo todas las veces que has vuelto a levantarte.
Tú ves tus heridas.
Yo veo la valentía que hace falta para seguir caminando con ellas.
Hijo, escucha bien esto:
Tu dolor no me asusta.
Tus preguntas no me molestan.
Tus lágrimas no me decepcionan.
No tienes que fingir delante de Mí.
No tienes que aparentar fortaleza.
No tienes que demostrarme nada.
Nunca te he amado por la versión perfecta de ti. Te he amado en cada etapa del camino, incluso en aquellas partes de tu historia que tú todavía estás aprendiendo a aceptar.
Puedes venir roto.
Puedes venir confundido.
Puedes venir cansado.
Puedes venir sin respuestas.
Porque nunca te he amado por lo que consigues.
Te amo porque eres Mi hijo.
Y nada de lo que te ocurra podrá cambiar eso.
Nada.
Ni tus fracasos.
Ni tus errores.
Ni tus miedos.
Ni tus heridas.
Ni siquiera las veces que has pensado que no valías lo suficiente.
Porque cuando Yo te miro, no veo tus inseguridades.
Veo la persona preciosa que estás llamado a ser.
Veo una historia que todavía se está escribiendo.
Veo un corazón que está aprendiendo a amar de verdad.
Veo una luz que todavía no eres capaz de reconocer en ti mismo.
Y sé que ahora hay cosas que duelen.
Mucho.
Quizá más de lo que te gustaría admitir.
Pero quiero que entiendas algo.
Hay heridas que no llegan para destruirte.
Llegan para enseñarte quién eres.
A veces la herida no es el final de algo. Es el lugar exacto por donde Mi gracia empieza a entrar.
Hay decepciones que no llegan para quitarte algo bueno.
Llegan para prepararte para algo mejor.
Hay puertas que se cierran porque detrás de ellas no estaba tu felicidad.
Y hay lágrimas que estás derramando hoy que mañana regarán la tierra donde crecerán las cosas más bonitas de tu vida.
Porque Yo no desperdicio nada.
Ni una sola lágrima.
Ni una sola oración.
Ni una sola noche de lucha.
Ni un solo acto de amor que hiciste y que nadie valoró.
Todo lo guardo.
Todo.
Incluso aquello que tú ya has olvidado.
Y aunque ahora te parezca imposible, algún día mirarás atrás y comprenderás que muchas de las cosas que más te hicieron sufrir fueron precisamente las que más te acercaron a Mí.
Las que te hicieron más fuerte.
Más humilde.
Más libre.
Más auténtico.
Más capaz de amar.
Porque las almas más hermosas no son las que nunca sufrieron.
Son las que dejaron que Yo entrara en su sufrimiento.
Las que siguieron confiando cuando no entendían nada.
Las que siguieron caminando cuando todo parecía oscuro.
Las que siguieron creyendo cuando tenían motivos para rendirse.
Y déjame decirte algo más:
Nunca es una pérdida todo aquello que te acerca a Mí.
Por eso no tengas miedo.
No tengas miedo de sentir.
No tengas miedo de amar.
No tengas miedo de volver a empezar.
No tengas miedo de confiar otra vez.
No tengas miedo de las heridas que todavía llevas dentro.
Yo soy más grande que todas ellas.
Y te prometo algo:
Esta historia todavía no ha terminado.
Todavía quedan personas por llegar.
Todavía quedan abrazos que no has recibido.
Todavía quedan sueños que no imaginas.
Todavía quedan respuestas que hoy no puedes comprender.
Todavía quedan milagros que están caminando hacia ti sin que lo sepas.
Y aunque ahora te parezca imposible creerlo, un día agradecerás algunas de las cosas que hoy te hacen llorar.
Porque comprenderás que no estaban destruyendo tu camino.
Lo estaban construyendo.
Y mientras llegan, quédate conmigo.
No porque tengas todas las respuestas.
Sino porque Yo las tengo.
No porque entiendas el camino.
Sino porque Yo camino contigo.
Y cuando algún día mires atrás, descubrirás que incluso en los momentos en los que pensabas que te había abandonado, era precisamente cuando más cerca estaba de ti.
Porque nunca he dejado de sostenerte.
Ni en tus mejores días.
Ni en tus peores noches.
Ni cuando sentías Mi presencia.
Ni cuando pensabas que te había dejado solo.
Y cuando algún día entiendas todo lo que hoy no comprendes, descubrirás que incluso las heridas que más te dolieron fueron parte del camino que te condujo hasta la fuerza, la libertad, el amor y la persona que estabas llamado a ser.
Con cariño,
De Aquel que jamás ha dejado de caminar a tu lado, incluso en los capítulos de tu historia que hoy te cuesta entender.
Dios.
Alberto Segovia
La entrada Tus heridas también te llevan al cielo<br/><span class=”autorcontitulo”><span class=”sinautor”>Sin Autor</span></span> se publicó primero en Jóvenes Católicos.
————————————————————————————————————————————————————————————
El anterior contenido fue publicado en: