CATÓLICOS EN MADRID – Y ahora, ¿qué más hago?Sin Autor

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En el año 1999, uno de los grandes éxitos del verano, contra todo pronóstico, fue “El probe Miguel”. El grupo Triana Pura, con la gracia andaluza que les caracterizaba, popularizó esta canción, convirtiéndola en una rumbita flamenca, desenfadada y fresca. Su cantante, Esperanza “la del Maera” (+), al terminar la grabación, con marcado acento andaluz, decía alegre y espontánea, “Y ahora, ¿qué más hago?”.

Aunque pueda parecer poco elevado o carente de espiritualidad, esas mismas palabras deberían resonar entre todos los católicos, de una u otra forma, han participado en la histórica visita del Santo Padre León XIV. ¿Qué más podemos hacer después de haber seguido los pasos del Papa durante estos días?

El influencer Nachter, con su acostumbrado ingenio, publicaba un vídeo en el que se planteaban dos escenarios: uno, por la venida del Papa y otro, por la presencia habitual de Cristo en la Eucaristía.

Para el primer escenario, cualquier acción podría considerarse válida, con tal de conseguir el objetivo de ver al Papa: dormir en la calle, soportar el tórrido calor con horas de sol interminables o padecer todo tipo de incomodidades, con cristiana paciencia.

En el segundo escenario, la Misa dominical y una propuesta de continuidad que sobrepase al precepto: acudir a la celebración de la Eucaristía a diario, sin importar la obligatoriedad del mandamiento.

Al mismo tiempo, en medios de comunicación oficiales y a través de redes sociales, se difundían vídeos con entrevistas más o menos improvisadas, que, en muchas ocasiones, reducían a una cuestión humana y sentimental el acompañamiento al Vicario de Cristo.

Esto debe plantear una serie de interrogantes que, necesariamente, deben tratar de responderse a través de la reflexión, del compromiso y, sobre todo, del amor. Si un acontecimiento como éste se ve reducido a un subidón sentimental, a una pose porque la posición que se ocupe lo demande o a una imagen más relacionada con la política o el marketing, que, con la vivencia de la fe, todo se diluye y difumina, ahogado por segundas intenciones.

Es significativo que el Papa haya visitado, en un agenda comprimida y exigente, un centro penitenciario. Al final, se confirma que todos podemos cometer errores y que, de las malas decisiones, se deriva una repercusión y una consecuencia. Y la Iglesia también está ahí. En una expresión más oral que escrita, se podría decir, que no es que esté ahí, si no que, sobre todo está ahí. «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan» (Lucas 5, 27-32).

De ahí que sea tan adecuada la pregunta “Y ahora, ¿qué más hago?” ¿Qué debo hacer para que este tour de force papal no quede en una mera anécdota? La respuesta está en el Sagrario, en mi parroquia, en mi familia, en mi comunidad. El llamamiento del Santo Padre nos urge a abandonar el miedo, el respeto humano…nos urge a salir de nosotros mismos, a vivir una fe valiente, coherente y visible.

Nos urge a dejar atrás la comodidad de lo puntual, de lo emotivo, de lo que pasa rápido, para entrar en la lógica de lo permanente, de lo fiel, de lo verdaderamente transformador. Porque el Evangelio no se vive a ratos ni se sostiene solo con momentos intensos; se encarna en decisiones diarias, en gestos concretos, en renuncias silenciosas.

El Santo Padre no ha venido a dejarnos un recuerdo, sino una llamada. No ha viajado para provocar un entusiasmo pasajero, sino para recordarnos que la santidad es posible aquí y ahora, en medio de nuestras circunstancias.

Por eso, la pregunta «¿Y ahora, qué más hago?» no admite respuestas grandilocuentes, sino respuestas reales: rezar más y mejor, aunque cueste; volver a los sacramentos con frecuencia, especialmente a la confesión y la Eucaristía; perder el miedo a mostrarse como creyente, también en ambientes poco favorables; servir, especialmente a quienes nadie mira, como hizo el Papa en su visita; formarse, para que la fe sea una convicción firme.

Al final, todo se resume en una idea sencilla pero exigente: que lo vivido no solo se quede en la memoria, sino que se traduzca en vida.

Porque, si después de tanto esfuerzo por ver, escuchar y acompañar al Papa, todo continúa igual, entonces —como sugería con gracia Esperanza “la del Maera”— quizá no hemos entendido del todo la pregunta.

La verdadera respuesta no se dice: se vive.

Francisco Javier Domínguez

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