(Imagen: Lulú y Teresa – Desde la fe)
Detrás del diagnóstico de síndrome de Down de Lulú, no hubo una bienvenida, sino un nudo en el estómago para Teresa. A los siete meses de gestación, su hija llegó a un mundo para el que ninguna de las dos estaba lista. Teresa, casi analfabeta, no lloró por la condición de la bebé, sino por una pregunta que le calaba el alma: «¿Cómo le voy a hacer para sacarla adelante?».
Sin saber leer el reloj ni las letras, convirtió su casa en una escuela improvisada con el apoyo de la fundación John Langdon Down. Mientras Lulú aprendía a caminar con un arnés y a perder el miedo al agua entre pétalos de rosa, Teresa aprendía a contar y a leer. Fueron alumnas y maestras mutuas, unidas con más fuerza cuando el padre las abandonó con dos hijos más. Sin tiempo para el llanto, Teresa amasó su destino entre pasteles, mole y madrugadas, manteniendo a Lulú siempre en una colchoneta a su lado.
Lulú aprendió a amar a Dios de la mano de Teresa. En medio del dolor por el abandono de su esposo, Tere encontraba consuelo en la iglesia y nunca iba sola, siempre llevaba consigo a su hija. Sin darse cuenta, le enseñó que, aun en los momentos más difíciles, siempre hay un lugar donde descansar el corazón. Fue así como Lulú aprendió a hablar con Dios, a confiar en Él y a hacer de la oración un refugio para su vida.
Hoy, a sus 43 años, Lulú cuida con ternura a Teresa, los medicamentos y las rodillas cansadas de su madre de 88 años. Al final, el camino no fue el diagnóstico, sino entender que la pregunta nunca fue «¿por qué?», sino «¿para qué?».
-Lulú, ¿qué es lo que más te gusta hacer?
Su rostro se ilumina con una enorme sonrisa y responde sin pensarlo demasiado dice:
-Ir a Misa, alabar a Dios, rezar.
Fuente: Desde la fe
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