La parábola del sembrador invita a preguntarnos qué tierra somos, cómo acogemos la semilla que Dios siembra en nosotros y de qué manera cuidamos la vida llamada a dar fruto
El evangelio de este domingo, XV del tiempo ordinario, nos sorprende con la parábola del sembrador, curiosamente, cuando estamos en tiempo de siega o de cosecha de los cereales. Creo que es un acierto esta coincidencia en el tiempo, porque nos puede ayudar a entender un poco más cómo es Dios y cómo somos nosotros en el contexto de esta parábola.
El sembrador, como nos cuenta Jesús, siembra la semilla y esta cae en distintos lugares. En la mayoría de los suelos donde cae no llega a colmo, por las circunstancias de la tierra o porque se la comen los pájaros; pero hay una buena parte de la semilla que cae en tierra buena y da fruto.
En un año como este, la cosecha no va a ser muy grande porque el tiempo no ha acompañado en su última etapa, y gran parte de la cosecha se ha agostado y secado antes de tiempo. Pero los labradores prepararon la tierra en otoño.
En esto consiste el mensaje del evangelio de hoy. Nosotros somos la tierra que tiene que estar preparada para que Dios nos siembre, pero de nosotros depende también cuidar la tierra después de la siembra. Dios siembra sin medida, pero la respuesta nuestra es diversa.
Debemos preguntarnos qué tierra somos cada uno de nosotros para que pueda nacer la semilla y cuánto estamos dispuestos a cuidar esa tierra sembrada. No podemos olvidar que estamos llamados a dar fruto, el que sea,… Dios no pide y exige una cantidad concreta, pero sí que demos fruto porque se ha sembrado antes en nosotros.
Esforcémonos en ser buena tierra y dar fruto y no endurecer nunca nuestro corazón.
José Luis Miguel, párroco de Ntra. Sra. de los Dolores
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