Clémence, una joven de 25 años que siempre soñó con ser arquitecto, descubrió que las pantallas y el ritmo exigente de esa profesión la alejaban de lo que verdaderamente anhelaba: el trabajo manual y concreto. Fue en Roma, rodeada de la grandeza de Bernini y Miguel Ángel, donde encontró en la escultura una vía de escape y una inesperada pasión en un momento personal difícil. Como persona disléxica, Clémence siempre ha aprendido mejor a través del movimiento, por lo que moldear la arcilla se convirtió en su lenguaje más natural.
Hoy, desde su taller artesanal en Francia y tras formarse en Aviñón, da vida a figuras religiosas que buscan devolver un lugar a lo sagrado. Sus piezas, que demandan más de una semana de dedicación meticulosa, nacen de un proceso de profunda contemplación. Para ella, esculpir no es solo un oficio, sino una oración continua; un diálogo silencioso con Dios donde sus manos trabajan y su mente encuentra, por fin, la paz que tanto buscó en viajes y retos constantes.
Con precios humildes y la firme convicción de que su familia es lo primero, Clémence no busca construir un imperio, sino devolver la belleza a los espacios cotidianos —como los nichos olvidados de su Provenza natal—. A través de sus estatuas, aspira a ofrecer obras capaces de elevar la mirada y revelar ese «pequeño rayo de luz» que emana de la verdad y del amor divino, logrando unir de forma armoniosa su fe, su vida y su trabajo.
Actualmente, sus clientes son principalmente particulares que descubren su obra en las redes sociales, que se han convertido en su principal plataforma de venta.
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Fuente: Aleteia
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