Maru Cornejo, ss.cc., reflexiona sobre la parábola del trigo y la cizaña, que se proclamará este domingo, 19 de julio, XVI del tiempo ordinario, y recuerda que Dios actúa con paciencia, da tiempo para cambiar y hace crecer el bien, aunque el mal parezca imponerse
El evangelio de este domingo nos presenta una parábola muy cercana a la vida. Jesús habla de un hombre que sembró buenas semillas en su campo, pero, mientras todos dormían, llegó un enemigo y sembró cizaña en medio del trigo.
Cuando el trigo comenzó a crecer, también apareció la mala hierba. Los trabajadores quisieron arrancarla enseguida, pero el dueño les dijo algo inesperado: «Dejad que crezcan juntos hasta la cosecha».
A primera vista, esta respuesta nos desconcierta, ya que nosotros preferimos las soluciones inmediatas. Nos gustaría que desapareciera cuanto antes todo lo que hace daño: la injusticia, la violencia, el egoísmo, el sufrimiento. También nos cuesta aceptar nuestras propias limitaciones y las de quienes nos rodean.
Pero Jesús nos revela aquí el modo de actuar de Dios. Él no es indiferente al mal, pero tampoco actúa con la impaciencia de los hombres. Dios sabe esperar, da tiempo y confía en que el corazón humano puede cambiar.
¿Cuántas veces nosotros mismos hemos necesitado esa paciencia de Dios, esa oportunidad para levantarnos, para corregirnos, para empezar de nuevo? Esta parábola también nos invita a mirar nuestro interior, ya que en cada uno de nosotros hay trigo y hay cizaña. Hay gestos de amor, de entrega y de generosidad, pero también hay orgullo, impaciencia, palabras que hieren o decisiones equivocadas. Y, sin embargo, Dios no deja de cuidar el campo de nuestra vida.
Él no se fija únicamente en nuestras debilidades; ve también todo el bien que puede crecer si permanecemos unidos a él. Quizás por eso el evangelio de este domingo nos invita a dejar de mirar tanto los defectos de los demás. Es fácil descubrir la cizaña ajena, pero mucho más importante es cuidar el trigo que Dios ha sembrado en nosotros.
Cada palabra amable, cada gesto de servicio, cada acto de perdón y cada momento de oración son semillas que el Señor hace crecer silenciosamente. Vivimos en un mundo donde muchas veces parece que el mal hace más ruido que el bien. Sin embargo, Jesús nos recuerda que Dios sigue trabajando en silencio.
El trigo continúa creciendo, aunque no siempre lo veamos. Por eso, el seguidor de Jesús nunca pierde la esperanza. Sabe que el amor de Dios es más fuerte que el mal y que, al final, será él quien haga justicia y lleve a plenitud toda su obra.
Pidamos al Señor un corazón paciente, humilde y lleno de esperanza. Que aprendamos a sembrar el bien cada día y a confiar en que Dios nunca abandona el campo de nuestra vida.
Maru Cornejo, religiosa de los Sagrados Corazones de Salamanca
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