CATÓLICOS EN MADRID – La forma de vestir sí importaSin Autor

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Hace poco escribí un artículo, publicado en el periódico principal de mi ciudad, sobre, a mi modo de ver, la decadencia del fútbol. En éste, criticaba la nueva manera de jugarlo. El artículo terminaba diciendo: “por lo visto, de la decadencia no se salva ni el fútbol”. Hoy quiero llevar esa misma idea a otro terreno mucho más cotidiano y, sin embargo, igual de revelador: la forma de vestir y cuántas cosas ésta expresa.

La ropa siempre ha sido un lenguaje silencioso. No es moral en sí misma, pero expresa una actitud. Dice cómo uno se sitúa ante lo que tiene delante; y, en los últimos años, ese lenguaje se ha ido desdibujando, como si ya no importara qué comunica, como si todo diera igual. Vestirse ha pasado de ser un gesto consciente para convertirse en un trámite. Y cuando la forma se vacía, el fondo se resiente.

La ropa es un signo de respeto hacia la persona, hacia los demás y hacia las “vibras”-como los jóvenes decimos ahora- del lugar. No un respeto entendido como sumisión, sino como reconocimiento. Cuando uno entra en un lugar que considera significativo, su vestimenta es el primer mensaje que envía. Antes de hablar, ya ha dicho si entiende dónde está, si valora lo que va a vivir, si se toma en serio el momento… Esta máxima se aplica en muchos ámbitos: una entrevista, un funeral, una celebración familiar. Y se aplica, por supuesto, en Misa.

La Misa no es un desfile ni un examen estético. Es un acto comunitario que reúne a personas en torno a algo que las supera. Incluso quien no tenga una fe profunda reconoce que es un espacio solemne, cargado de símbolo. Presentarse allí como si uno fuera a hacer recados no es libertad, sino una falta de lectura del contexto y de respeto hacia lo que aquello representa. La ropa no convierte la Misa en algo más grande -faltaría más-, pero sí revela si uno la considera grande.

Hay quien insiste en que “lo importante es el interior”. Y es verdad. Pero el interior se expresa y se educa, también, a través de la forma y la apariencia. La ropa no sustituye la fe, ni la moral, ni la intención, pero las acompaña. Igual que uno no iría en chanclas a una boda, tampoco debería entrar en un Templo como si fuera a comprar el pan. No por obligación, sino por coherencia.

Además, la vestimenta tiene una dimensión comunitaria. No solo habla de uno mismo, sino de cómo uno se integra en un grupo. Vestirse con cuidado para un acto compartido es una forma de decir: “Respeto estar aquí con vosotros”. Es un gesto de cortesía que contribuye a la dignidad del conjunto. En Misa esto se nota especialmente: cada persona aporta, también con su presencia, a la atmósfera que la comunidad construye.

Dicho esto y llegados a este punto, también conviene recordar algo esencial: Jesús nunca puso la mirada en la ropa, sino en el corazón. («¿Por qué miras la mota en el ojo de tu hermano y no te das cuenta de la viga que hay en el tuyo? ¿O cómo vas a decir a tu hermano: «Deja que saque la mota de tu ojo», cuando tú tienes una viga en el tuyo? ¡Hipócrita!: saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás con claridad cómo sacar la mota del ojo de tu hermano.»), precisamente para evitar que confundamos la forma con el juicio.

¡Cuidado!, que nadie piense que por vestir mejor entra más limpio ni que quien entra con camiseta entra peor. Dios no mira el tejido, mira la verdad interior. Por eso, el cuidado exterior debe nacer del respeto, no de superioridad; de intención, no de apariencia. Vestirse bien para ir a Misa no convierte a nadie en mejor cristiano, igual que vestirse mal no convierte a nadie en peor. La ropa es un gesto, no una sentencia.

Tampoco se trata de lujo, se trata de intención, de orden y de respeto. Una camisa bien puesta (sin que haga falta de que sea de un precio de tres cifras), unos zapatos limpios y un atuendo que, en resumen, muestre que uno ha pensado en dónde está entrando son detalles pequeños, pero reveladores. Y quizá por eso se descuidan: porque vivimos en un tiempo que desprecia lo pequeño como “si todo diera lo mismo”. Pero lo pequeño en el fondo sostiene lo grande.

La ropa, pues, es un lenguaje moral. No moralista, sino moral en el sentido profundo: expresa valores. Expresa si uno distingue lo importante de lo banal. Expresa si uno reconoce que hay lugares que merecen una actitud distinta. Expresa si uno entiende que la vida no es solo espontaneidad, sino también ritual, forma y significado.

Por eso, defender que la ropa es un signo de respeto no es nostalgia ni clasismo, es recordar que la dignidad empieza por gestos sencillos; que la forma no es enemiga del fondo sino compañera que lo complementa; que la presencia también educa y demuestra; y que, por lo visto, de la decadencia no se salva ni la manera de vestir.

Óscar R. C.

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