CATÓLICOS EN MADRID – Limpiarse las manos de barroSin Autor

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He querido hacer una inversión simbólica con la típica frase “mancharse las manos de barro”, porque la realidad es que nos las manchamos muy a menudo, y en cambio, es posible que se nos olvide limpiarlas, o incluso puede que a veces ni siquiera percibamos esas manchas.

Estoy en el Observatorio de lo Invisible, un curso que busca la apreciación de la belleza a través de una mezcla entre el arte y la espiritualidad. Hay varios talleres: música, pintura, escritura, relieve, teatro, poesía… entre otros; y la verdad es que tienen todos una pinta bastante interesante. Yo cuando me apunté no sabía cuál escoger porque hay muchos talleres que me llamaban bastante la atención, así que opté por apuntarme al de relieve, ya que es de todos probablemente el que menos conozco y en el que estoy menos “experimentada”. Pensé que sería bueno probar algo nuevo.

Solo llevamos dos días, el primero fue una sesión más bien teórica en el que, después de de ganar el mundial y por supuesto celebrarlo, yo estaba quedándome realmente dormida (espero que nadie lo notase porque realmente estaba haciendo grandes esfuerzos por no cerrar los ojos). Y hoy ya hemos tenido la primera clase más práctica. Yo estaba deseando mancharme y empezar, aunque primero había que tener claro qué íbamos a hacer cada uno (la temática era libre).

Resulta que, después de buscar algo de inspiración y gracias a la ayuda de una compañera -y de la profesora-, he conseguido decidir en qué iba a consistir mi futura “obra de arte”.

¡Manos a la obra! O mejor “a mancharse las manos de barro”, nunca mejor dicho, dada la ocasión.

Pues me he puesto primero con la base de lo que será mi futuro relieve y por supuesto, pringándome hasta arriba. Después de un rato trabajando en mi relieve, he ido a lavarme las manos y ha sucedido algo interesante. Tenía las manos bastante manchadas de barro -por no hablar de mis zapatos y mi ropa, que también tenían alguna mancha- y he comenzado a limpiarme bien. A fondo, varias veces, para quitar bien bien todo el barro, no solo lo superficial, si no también lo que se queda por dentro de las uñas y que a veces no quiere salir.

Mientras caía ese chorro de agua en mis manos, me ha pasado por la memoria la de veces que el Señor, a pesar de estar llena de barro, me ha limpiado a fondo, hasta dejarme nueva, sin una gota de barro. Me ha emocionado pensar en ello y me he dado cuenta de que a veces, por pequeñas que sean esas manchas, como las de mi ropa, o incluso por grandes que sean, como las de mis manos, o por muy incrustadas que estén y por mucho asco que den, como las de mis uñas, Él siempre me limpia a fondo, por entero; sin peros, sin miramientos. Y me ama a pesar de todo ese barro. Lo limpia cuando yo se lo entrego y derrama sobre mí su agua viva que hace nuevas todas las cosas, me trae de nuevo al mundo -por así decir- como la criatura que Él creó -sin estar corrompida por el pecado-.

Es por esto por lo que he acudido a Don Rafa -sacerdote- rápidamente y, después de hacer un buen examen de conciencia, he ido a limpiarme todo ese barro que, aunque ya no estuviera en mis manos, necesitaba limpiar en mi alma. Ahora comienza ese proceso nuevo de transformación, limpieza, vida nueva.

Puede que en vacaciones se nos olvide, pero sigue siendo importante no guardar durante mucho tiempo esas manchas de barro en el alma -por pequeñas que sean- y dejarse limpiar, ya que puede que después, cuando estén bien incrustadas, cueste algo más sacarlas y acudir al sacramento de la confesión. Y si ya hay manchas muy grandes, no desesperes, el Señor no hace miramientos, te limpia igual por sucio que estés. Eso sí, es mejor limpiar todo cuanto antes -¡y a menudo!-, para no acumular barro.

Como decía San Josemaría:
«Si dentro de ti, hijo mío, hay un “sapo”, ¡suéltalo! Di primero, como te aconsejo siempre, lo que no querrías que se supiera. Una vez que se ha soltado el “sapo” en la Confesión, ¡qué bien se está!» (Forja, n.º 193).

Nata Caño

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