CATÓLICOS EN MADRID – San Cayetano: el noble que lo dejo todo por DiosSin Autor

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¿Qué harías si tuvieras todo asegurado —dinero, prestigio, una carrera brillante— y sintieras que te falta lo único importante?

Eso es exactamente lo que le pasó a Cayetano de Thiene. Nació en 1480 en Vicenza, al norte de Italia, en una familia de la nobleza, los condes de Thiene. Estudió derecho en la Universidad de Padua y, ya graduado, se fue a Roma a trabajar en la Curia pontificia. Con apenas treinta años, tenía el camino allanado: prestigio, seguridad, un futuro cómodo. Lo tenía todo.

Y eligió dejarlo todo.

Una llamada que no se acalla

A comienzos del siglo XVI, la Iglesia atravesaba una de sus crisis más profundas. Pocos años después llegaría la ruptura protestante. Muchos veían el problema y lo señalaban desde afuera. Cayetano hizo otra cosa: miró hacia adentro y empezó por sí mismo.

Se unió a la Compañía del Divino Amor, un grupo de laicos y sacerdotes dedicados a la oración y al cuidado de los enfermos más pobres. Se ordenó sacerdote en 1516. Y en 1524, junto a tres compañeros —entre ellos Juan Pedro Carafa, que años después sería elegido Papa—, fundó la Orden de los Clérigos Regulares Teatinos: una propuesta audaz para su tiempo, sacerdotes que eligieran la pobreza y el servicio en lugar de los privilegios.

No fue un gesto de rebeldía. Fue una respuesta de amor.

Cuando todo se derrumba

En 1527, Roma fue saqueada por tropas imperiales en uno de los episodios más violentos de la época. Cayetano y sus compañeros tuvieron que huir a Venecia. Después fue enviado a Nápoles, y ahí se quedaría el resto de su vida.

En Nápoles no se escondió: visitó hospitales, acompañó a enfermos que nadie quería tocar por miedo al contagio, y respaldó el Monte de Piedad, una institución que prestaba dinero a los pobres sin hundirlos en deudas imposibles de pagar. Murió en esa ciudad el 7 de agosto de 1547. La Iglesia lo declaró santo en 1671.

«No quería apoyarse en seguridades humanas ni en riquezas. Quería que su vida fuera un signo de abandono en Dios.»

De Nápoles a Buenos Aires, cinco siglos después

Cayetano jamás puso un pie en América. Pero su historia cruzó el océano gracias a los inmigrantes italianos que llegaron a Argentina a fines del siglo XIX, y ahí encontró un terreno que la hizo crecer como en ningún otro lugar del mundo.

Estampitas de San Cayetano con el Niño en brazos, acompañadas por una vela encendida, flores blancas y un rosario, en una composición devocional vinculada a la oración y la tradición popular.

En los años treinta, en medio de una crisis económica feroz, un sacerdote llamado Domingo Falgioni impulsó su devoción como intercesor para quienes no encontraban trabajo. Repartió una estampa del santo con una espiga de trigo, y esa imagen quedó grabada para siempre en la fe popular argentina.

Hoy, cada 7 de agosto, cientos de personas acampan toda la noche en las calles de Buenos Aires, en pleno invierno, para llegar a primera hora al santuario de Liniers. La fila puede extenderse más de veinte cuadras. No piden algo abstracto: piden pan, piden trabajo, piden la fuerza para seguir adelante.

¿Y si la verdadera valentía es soltar?

Cayetano tenía treinta años cuando entendió que el éxito no le bastaba. No huyó del mundo: se metió de lleno en él, pero desde otro lugar. Cambió la seguridad por la confianza, el prestigio por el servicio, lo cómodo por lo verdadero.

Quizás esa es la pregunta que su historia nos deja hoy, quinientos años después: ¿qué parte de tu vida tenés tan asegurada que ni siquiera te planteás si te hace feliz de verdad?

Si querés conocer más sobre la vida de San Cayetano, su devoción y su historia en Argentina, podés visitar el portal San Cayetano, donde se reúnen contenidos sobre su figura y su legado.

Agustín Petrone

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