Usuarios y trabajadores de los cinco centros que la Fundación San Rosendo tiene en la diócesis peregrinaron a la Catedral de Santa María de Lugo para participar en la novena en honor de la Virgen de los Ojos Grandes, patrona diocesana.
La Fundación San Rosendo es una entidad de carácter social constituida en 1992 por el Obispado de Ourense y dedicada a la atención de las personas mayores, las personas con discapacidad y otros colectivos vulnerables. En la diócesis de Lugo gestiona la Residencia San Vitorio, en Baralla; la Residencia O Incio; la Residencia Taboada; la Residencia Nuestra Señora del Carmen, en Sober, y la nueva Residencia Nuestra Señora de Pantón, en Ferreira de Pantón.
La peregrinación culminó con una Eucaristía presidida por el obispo de Lugo, Mons. Alfonso Carrasco. Los participantes llegaron llevando consigo sus vidas, sus historias, sus alegrías y también sus preocupaciones.
Ante la Virgen encomendaron especialmente a las personas mayores, enfermas o con discapacidad y a cuantos necesitan cuidado, atención y compañía. La celebración fue también una ocasión para dar gracias por quienes ponen cada día su tiempo, profesionalidad y cariño al servicio de los demás.
En la monición de entrada se pidió a la Virgen de los Ojos Grandes que enseñe a la comunidad cristiana a mirar con amor, reconocer la dignidad de cada persona y no dejar sola a quien más lo necesita.
“La Catedral es la casa de todos”
Mons. Alfonso Carrasco comenzó su homilía dando la bienvenida a los usuarios y trabajadores de las residencias: “La Catedral es la casa de todos. Así que aquí sois bienvenidos y estáis en vuestra casa”.
Junto a ellos participaron en la Eucaristía los fieles habituales de la Catedral y un grupo de peregrinos alemanes que recorría el Camino de Santiago. Todos, señaló el obispo, formaban el Pueblo de Dios.
El obispo relacionó la peregrinación con el Evangelio de la Visitación. Como María se puso en camino hacia la casa de Isabel, los usuarios y trabajadores de los centros habían peregrinado hasta la Catedral para escuchar unas palabras que “son buenas”: “Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá”.
Según explicó, esta promesa dirigida a la Virgen alcanza también a todos los creyentes. Dios mira la pequeñez de sus hijos y realiza obras grandes en ellos. Por eso, ninguna vida pierde su valor a causa de la edad, la enfermedad o la fragilidad.
“Hay respuesta, hay sentido”
La homilía tuvo como centro la esperanza ante las dificultades de la vida. El paso de los años, la enfermedad, el dolor, la muerte de una persona querida o la incertidumbre pueden suscitar preguntas y temores. Ante estas circunstancias, Mons. Carrasco afirmó que “lo verdaderamente necesario es confiar en la bondad del Señor”.
Esta confianza no hace desaparecer los problemas ni evita las situaciones que no podemos cambiar, pero permite afrontarlas sin desesperar ni dejarse derrotar.
“El Señor es bueno y es poderoso”, recordó el obispo. Frente a la tentación de pensar que la vida ha dejado de tener valor, proclamó: “No es así: hay respuesta, hay sentido”. La existencia nace de la bondad de Dios y permanece sostenida por ella.
Mons. Carrasco expresó esta confianza con una imagen sencilla: Dios ofrece su mano y, “si la coges, te levanta”. Creer significa aceptar esa mano y dejarse acompañar por el Señor a lo largo de todo el camino, con la esperanza puesta en la resurrección.
“Nos ha cuidado siempre, nos cuidará y nos llevará a la resurrección”, aseguró. La adversidad, el dolor y la muerte no tienen, por tanto, la última palabra.
Nadie puede quitarnos la capacidad de amar
La esperanza cristiana permite también seguir haciendo el bien en medio de las propias limitaciones. “Nosotros haremos cosas buenas; no tienen que ser grandes, tienen que ser buenas”, afirmó el obispo.
El valor de cada acción no depende de su tamaño, sino del amor con que se realiza. “El corazón, el gesto de cariño, el amor, es lo que cuenta en las cosas que hacemos”, señaló.
Estas palabras tuvieron un significado especial para las personas mayores y para quienes las acompañan y cuidan diariamente. En la vida de las residencias, el bien se expresa muchas veces mediante acciones sencillas: una palabra amable, una mirada atenta, una conversación o una presencia que alivia la soledad.
También quien necesita ser cuidado conserva algo valioso que ofrecer a los demás. “Nadie te puede quitar el corazón que llevas dentro, la fe, la bondad y el gesto que puedes hacer, el que puedas. No es necesario más”, aseguró Mons. Carrasco.
Durante la celebración se rezó por los residentes y por quienes trabajan a su servicio, para que todo lo que hagan lleve siempre “un punto de bien añadido”, nacido de «la verdad del corazón”. También se recordó a los familiares, amigos y residentes fallecidos: “están todos en la mente y en el corazón del Señor”.
La peregrinación ante la Virgen de los Ojos Grandes recordó así que todos somos “peregrinos en la vida”: todos necesitamos ser cuidados y todos, cualquiera que sea nuestra edad o situación, conservamos la capacidad de creer, amar y hacer el bien.
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