A propósito del viaje apostólico del Papa León XIV a España y la vuelta a la rutina
Por: Eloy Asenjo Carpintero
¿Te has detenido a pensar cómo afrontas este umbral de septiembre? El peso familiar de la vuelta al estudio, al trabajo y a la rutina llama de nuevo a nuestra puerta. Tras el paréntesis estival, el curso recobra su pulso habitual. Sin embargo, detente un momento: este retorno no tiene por qué ser una simple resignación al engranaje cotidiano. Posee una brújula propia si sabes sintonizarlo con la potente memoria de aquellos encuentros que marcaron el inicio del verano.
Hace apenas unas semanas, la visita apostólica del Papa León XIV a tierras españolas dejó una honda estela de palabras y gestos que resuenan hoy con una urgencia irrenunciable en el umbral del otoño. En Madrid y en Barcelona, en los grandes escenarios y en la sencillez de los templos, el Pontífice nos sacudió con una convicción clara: «No podemos permitir que el peso de la costumbre anestesie nuestra alma ni apague el fuego de la esperanza». Nos invitó, en definitiva, a no dejarnos adormecer por las inercias del mundo, sino a mirar más hondo, a afinar la mirada y el corazón.
La salud de la mirada en tiempos de precipitación
Dime, ¿no sientes a veces que vivimos inmersos en sociedades que imponen una exigencia asfixiante de rendimiento? Se nos empuja constantemente a producir, a triunfar y a cultivar una imagen perfecta que actúa como un narcótico para la conciencia. Frente a esta corriente deshumanizadora, la experiencia del pasado junio nos devolvió la urgencia de cultivar una sana inquietud. Porque, como bien advertía León XIV en su peregrinación, «el corazón humano está hecho a medida del infinito, y cualquier horizonte puramente material acaba resultando asfixiante».
«El verdadero crecimiento exige aprender a detenerse ante el sagrario de la vida del hermano, a mirar sin prisa y a descubrir que el tiempo no es un recurso que se agota, sino un don que se nos regala para amar.» — León XIV
En el centro de nuestras ciudades, donde late con crudeza la contradicción entre el progreso técnico y las nuevas pobrezas existenciales —la soledad no deseada, la depresión como enfermedad silenciosa, la polarización o las dificultades de acceso a la vivienda y al empleo—, la respuesta cristiana no puede ser la huida cobarde ni el encierro en la trinchera. Es la rotunda llamada a ser, en medio del asfalto, levadura, sal y luz.
Para que este arranque de septiembre no se quede en un mero propósito de papel mojado, la memoria de aquellos días del Papa entre nosotros nos deja coordenadas concretas que deben estructurar tu día a día y el mío.
En primer lugar, es fundamental buscar el silencio; en un mundo saturado de pantallas, auriculares y ruidos que compran y engañan, León XIV nos imploraba aprender a callar por dentro como primer requisito para escuchar la voz de Dios que nos llama a ser libres, recuperando esa capacidad para discernir frente al estruendo de las ideologías.
Junto a ello, debemos apostar por el discernimiento comunitario, preguntándonos si vamos a seguir caminando solos, ya que el Pontífice nos urgía a abandonar el aislamiento y potenciar los espacios de escucha recíproca para interpretar juntos los signos de los tiempos a la luz del Evangelio.
Asimismo, la potencia de la adoración eucarística se nos presenta como el lugar adecuado para guardar silencio, liberar el corazón y situarnos ante el Señor, recordando que en la Eucaristía el Creador se hace alimento para que nuestra debilidad cotidiana encuentre la fuerza del amor eterno.
Esa experiencia no puede desvincularse de la atención constante a los necesitados y los ancianos, pues tender la mano a los más frágiles, combatir la silenciosa soledad de los mayores y acoger sin etiquetas a quienes llegan buscando un futuro es el termómetro infalible de la autenticidad de nuestra fe.
Todo ello debe ir de la mano de una sólida formación doctrinal religiosa y litúrgica; no nos conformemos con una fe de brocha gorda, sino que alimentemos nuestras raíces leyendo la Palabra y profundizando en la tradición viva de la Iglesia para dejar de ser cristianos de apariencia y convertirnos en testigos fiables y de carne y hueso.
Un canto coral que rompe la noche
Piensa por un instante en lo que experimentamos en junio: la Iglesia en España desbordó belleza en una fe polifónica, donde la diversidad de voces e ideas no desembocó en la confusión de Babel, sino en la armonía construida desde la sinodalidad. Como los discípulos de Emaús o el mismo Nicodemo en su búsqueda nocturna, también tú y yo atravesamos nuestras propias noches y cansancios. Pero escúchame bien: lejos de ser un fracaso, esos espacios oscuros son el vientre fecundo donde puede nacer una vida nueva si nos atrevemos a mirar la realidad con humildad y verdad.
Comencemos, pues, este septiembre con aires renovados. Que tu rutina diaria y la mía no apaguen el fuego del amor recibido, sino que, dejándonos sacudir por el viento del Espíritu, sepamos transformar cada espacio de estudio, trabajo y convivencia en un auténtico y vibrante testimonio de esperanza.
Eloy Asenjo Carpintero

(Madrid, 1965) es Licenciado en Ciencias Físicas por la Universidad Autónoma de Madrid (1988) y docente de Enseñanzas Medias en las áreas de Matemáticas, Física e Informática. Con experiencia como consultor en e-learning e implantación de tecnologías educativas, actualmente imparte clases en el Colegio María Teresa de Alcobendas y desarrolla recursos didácticos interactivos para la enseñanza de las ciencias en Secundaria y Bachillerato.
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