Diario de una expedición imposible
Abuela, en el colegio me han dicho que mañana es una fiesta que tiene un nombre muy raro: la Exaltación de la Santa Cruz. El año pasado vi cómo en algunos lugares ese día adornaban las cruces con rosas, pero la palabra «exaltación» me resulta extraña, no la comprendo del todo. ¿Qué es exactamente lo que celebramos?
La anciana sonrió con ternura, acariciando el cabello de su nieto, y lo invitó a sentarse a su lado.
—Mira, niño. En ese día, tanto las Iglesias orientales como la Iglesia Católica celebran el momento en el que se encontró la Cruz donde ejecutaron a Jesús. Él resucitó, y por eso ese instrumento tan infame de muerte se convirtió en el mayor signo de victoria. En esta celebración, «exaltamos» la Cruz porque la alabamos y la ponemos en alto como un trono de amor. ¿Quieres que te cuente cómo ocurrió en realidad?
—¡Sí, abuela! —respondió el pequeño, acomodándose emocionado.
—Vale. Es una antigua historia que escuché de pequeña y que se fue transmitiendo de generación en generación, escrita originalmente por una muchacha llamada Ruth. Ella fue la sirvienta de confianza de la mismísima emperatriz Elena. Escucha con atención, porque así comenzó su diario:
«Si alguien me hubiera dicho, hace tres meses, que yo —una simple muchacha de los suburbios de Roma— terminaría cubierta de barro, picada por los mosquitos del desierto y desafiando a todo un imperio, me habría reído en su cara. Pero claro, en ese entonces yo aún no sabía lo que significa viajar con la augusta emperatriz Elena.
Cuando tienes más de ochenta años, la mayoría de la gente prefiere sentarse junto al fuego a ver pasar los días. Mi señora Elena no. Ella tiene el cabello blanco como la nieve, las manos arrugadas y los ojos más vivos que he visto jamás. Tras las terribles desgracias que azotaron a la familia imperial ese año, vi a mi señora llorar en silencio muchas noches. Pero un día se levantó, me miró y me dijo: “Ruth, prepara los baúles. Nos vamos a Jerusalén. Hay algo que el mundo ha olvidado y Dios me pide que lo encuentre”.
Y vaya si fuimos. Cruzamos el mar en un barco imperial y cruzamos las arenas de Judea. Yo imaginaba que Jerusalén sería una ciudad celestial, de mármol y luz. Qué decepción. Los romanos la habían arrasado hacía siglos. Para borrar cualquier huella de Jesús, el antiguo emperador Adriano había sepultado el monte Calvario bajo toneladas de escombros y, para colmo de males, había construido encima un gigantesco templo pagano dedicado a la diosa Venus.
—¿Lo ve, señora? —le dije con frustración al llegar, contemplando las estatuas de mármol paganas y los soldados romanos custodiando el lugar—. Es imposible. Lo han tapado todo. No queda nada.
Mi señora sonrió, una de esas sonrisas que significan que tiene un plan.
—Al contrario, mi pequeña Ruth —me susurró al oído—. Si el enemigo se tomó tantas molestias en tapar este punto exacto con un templo, es porque ahí abajo está el mayor tesoro de la historia. ¡Obreros, traed los picos! ¡Demoled ese templo!
¡Aquello fue un escándalo! Los sacerdotes paganos gritaban, los gobernantes locales se tiraban de los pelos, pero nadie podía contradecir una orden firmada por la madre del mismísimo emperador Constantino.
Durante semanas, el sonido de los picos contra la piedra fue nuestra música de fondo. El polvo se nos metía en los ojos y el calor era insoportable. Interrogamos a los ancianos del lugar. Un sabio judío de la zona, tras ver la determinación de la emperatriz, nos confesó que, según las historias de sus antepasados, los instrumentos de las ejecuciones solían arrojarse en una antigua cisterna de piedra, justo al lado del Gólgota, después de que los condenados morían.
Hacia allí dirigimos las excavaciones. Yo misma sostenía la antorcha para que los hombres pudieran ver en la negrura de la fosa. Bajamos metros y metros. El aire era pesado, húmedo, olía a siglos de encierro.
De pronto, a media tarde, el pico de uno de los obreros chocó contra algo que no sonó a piedra. Un sonido sordo. Madera.
—¡Esperad! ¡Cuidado! —grité, acercando la antorcha.
Con las manos desnudas, apartando el fango y la tierra de trescientos años, ayudé a los hombres a sacar lo que el subsuelo custodiaba. No era una, sino tres grandes cruces de madera, toscas y pesadas, milagrosamente conservadas por la falta de aire en la fosa. Junto a ellas, desenterramos unos clavos de hierro oxidados y una tablilla carcomida donde aún se apreciaban, borrosas, unas letras en tres idiomas: Jesús Nazareno…
El grito de alegría de los obreros retumbó en toda Jerusalén. ¡Lo habíamos logrado! ¿O no?
Cuando subimos las cruces a la superficie bajo la luz del sol, el obispo de la ciudad, san Macario, nos puso los pies en el suelo. Miró las maderas y luego a mi señora.
—Majestad… el cartel de Pilato estaba suelto en el fondo. Tenemos tres cruces idénticas. Dos son de los ladrones que murieron con Él, y una es la del Señor. ¿Cómo sabremos cuál es cuál?
Se hizo un silencio espeso. Habíamos removido un templo entero, desafiado a la historia, ¿y ahora nos quedábamos a las puertas del misterio? Los soldados murmuraban, los obreros se miraban desinflados.
Pero la fe de Elena no cabe en tres cruces.
—Dios no nos ha traído hasta aquí para dejarnos a oscuras —dijo con una calma que nos contagió a todos—. Ruth, corre a la ciudad. Trae a alguien que necesite la fuerza del cielo.
Fui corriendo y regresé con el obispo acompañando el lecho de una mujer de la alta sociedad de Jerusalén. Estaba desahuciada, pálida como la cera, respirando apenas; los médicos ya habían dicho que no pasaría de esa noche. La colocamos en el suelo del patio, rodeada por la expectación de cientos de ojos.
El obispo Macario se arrodilló. Tomó la primera cruz y rozó con ella el brazo de la enferma. Nada. La mujer seguía inmóvil.
Acercó la segunda cruz, con el corazón latiéndonos a todos en el pecho. Volvió a tocarla. Tampoco pasó nada. Un suspiro de desilusión corrió entre la multitud.
Entonces, Macario levantó la tercera cruz. En cuanto el madero tocó la piel de la mujer, sucedió algo que jamás olvidaré mientras viva. No fue un proceso lento. Fue como un chispazo de luz invisible. La mujer abrió los ojos de golpe, el color rosado volvió a sus mejillas en un segundo y, ante el asombro de los soldados que dieron un paso atrás asustados, ¡se incorporó y se puso de pie por sí misma, completamente sana y rebosante de energía!
El grito que pegamos se debió de escuchar hasta en Roma. Mi señora Elena cayó de rodillas, llorando de pura alegría, y besó el madero rugoso. Yo la imité, con las lágrimas resbalándome por las mejillas sucias de barro. Ya no había dudas. Habíamos encontrado la Vera Cruz, el árbol de la vida.
Hoy, cada vez que veo la Cruz, ya no pienso en un instrumento de dolor. Pienso en aquella tarde en Jerusalén, en el suelo cubierto de escombros, en la mirada llena de vida de la mujer sanada y en mi querida señora Elena, la anciana emperatriz que me enseñó que, si tienes suficiente fe y un buen pico, no hay templo pagano ni montaña de tierra capaz de ocultar la verdad de Dios».
—¡Ya lo entiendo! —exclamó el nieto, interrumpiendo emocionado—. ¿Pero qué hicieron después con la Cruz de Jesús?
—¡Eres insaciable y no paras de preguntar! —rio la abuela dándole un beso en la frente—. Pero me encanta que seas así, la curiosidad alimenta el alma. Verás, lo que pasó después es casi tan emocionante como el propio hallazgo.
Mi señora Elena, para asegurar que aquel tesoro sobreviviera a los vaivenes del tiempo, fragmentó la reliquia. El fragmento principal se quedó allí mismo, en Jerusalén, guardado con reverencia en una arqueta de plata custodiada por el obispo Macario. Otro trozo, junto con los clavos de hierro, se los envió a su hijo, el emperador Constantino, a Constantinopla; se dice que el emperador puso uno de los clavos en su casco de batalla y otro en el freno de su caballo para ir protegido. El tercer bloque de madera se lo llevó ella misma a Roma, transformando parte de su palacio imperial en lo que hoy conocemos como la Basílica de la Santa Cruz en Jerusalén.
Para honrar el lugar del descubrimiento, Constantino mandó construir una monumental basílica: la Iglesia del Santo Sepulcro. Cuando se inauguró años más tarde, el obispo expuso el madero original por primera vez para que todo el pueblo pudiera rezar ante él. ¿Y sabes qué día era? ¡Un 14 de septiembre! Por eso celebramos esta fiesta en esa fecha exacta.
—¡Qué bien! Entonces se quedó allí para siempre… —comentó el niño.
—Casi, pero la historia tiene un giro más —añadió la abuela intrigada—. Tres siglos después, unos guerreros llamados persas invadieron Jerusalén y se robaron la Cruz como si fuera un botín de oro. Pasaron catorce años hasta que un valiente emperador cristiano, Heraclio, lograra vencerlos y rescatar la reliquia. El emperador quiso devolver la Cruz a su iglesia en Jerusalén vestido con sus mejores ropas de oro y piedras preciosas, pero una fuerza invisible lo dejaba congelado y no le permitía dar un paso. El obispo le advirtió: «Majestad, Jesús cargó la cruz descalzo y con humildad, no con orgullo real». Heraclio comprendió, se despojó de sus riquezas, se vistió con una túnica sencilla y, descalzo, pudo al fin entrar con la Cruz en triunfo.
¿Y adivina qué día la devolvió? ¡También un 14 de septiembre!
—¡Caray con el 14 de septiembre! —dijo el nieto asombrado.
—Así es. Con el paso de los siglos, reyes, obispos y papas de todo el mundo querían tener un pedacito de aquel madero milagroso en sus países. Con mucho cuidado, se fueron extrayendo astillas y pequeños trozos de la Vera Cruz. Se repartieron de tal manera que hoy en día hay reliquias de la Cruz esparcidas por los cinco continentes: en templos de Europa, de América, de África… llegó un momento en el que el trozo de Jerusalén se estaba haciendo tan pequeño que las autoridades de la Iglesia dijeron: «¡Basta ya! No se corta ni un trozo más», para proteger lo que quedaba.
Por eso, mañana, cuando veas las cruces adornadas con rosas y escuches la palabra «Exaltación», acuérdate de la anciana Elena con su pico, del diario de la joven Ruth, del emperador descalzo y de cómo unos pequeños trozos de madera viajaron por todo el mundo para recordarnos que el amor de Dios es la victoria más grande de la historia.
Eloy Asenjo Carpintero

(Madrid, 1965) es Licenciado en Ciencias Físicas por la Universidad Autónoma de Madrid (1988) y docente de Enseñanzas Medias en las áreas de Matemáticas, Física e Informática. Con experiencia como consultor en e-learning e implantación de tecnologías educativas, actualmente imparte clases en el Colegio María Teresa de Alcobendas y desarrolla recursos didácticos interactivos para la enseñanza de las ciencias en Secundaria y Bachillerato.
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