Los que seguís la actualidad informativa española sabréis que este verano hemos visto en Ceuta imágenes que parecían imposibles. Miles y miles de personas arrasando con una frontera, desbordando una ciudad, destrozando su normalidad. Las cosas que algunos amigos que tengo allí me cuentan son escalofriantes y desesperantes. Hoy, Ceuta sigue necesitando respuestas, soluciones y responsabilidades.
Hay algo en las fronteras que siempre me ha llamado la atención. Una línea aparentemente sencilla que separa dos realidades. A un lado termina algo. Al otro empieza otra cosa. Pero no he venido aquí a hablar de política. Estos días, con el final del verano, también nosotros estamos atravesando una frontera. Quizá sólo interior.
Durante unas semanas hemos vivido con horarios diferentes, dormido algo más, cambiado de paisaje, comido a deshoras y dejado la agenda bastante más tranquila. Y, de repente, vuelve el despertador. Vuelven las reuniones, los colegios, los atascos, los correos pendientes y esa sensación de que el año empieza otra vez.
Pero quizá septiembre tenga algo que ofrecernos que enero no tiene: la posibilidad de volver con lo aprendido.
Porque volver no debería significar volver a lo de siempre. Quizá este verano hayas descubierto que necesitas dedicar más tiempo a tu familia. O que estás demasiado pendiente del móvil. Tal vez te hayas dado cuenta de que estás trabajando demasiado, o de que estás trabajando en algo que no te llena, o de que necesitas cuidar mejor tu cuerpo o, simplemente, de que hace tiempo que no haces algo que te hacía feliz.
No hace falta cambiar de vida. A veces basta con cambiar una cosa. Una de las trampas de los buenos propósitos es que nos empeñamos en transformar nuestra vida entera de golpe. Queremos leer, hacer deporte, madrugar, comer mejor, aprender idiomas, pasar más tiempo con los nuestros, organizar mejor el trabajo y, ya puestos, convertirnos en personas completamente nuevas antes de octubre. Y claro… llega octubre y estamos exactamente igual, pero además frustrados.
Quizá sea mucho más inteligente escoger un solo propósito. Uno. Algo concreto que puedas hacer cada día o cada semana y que, repetido durante meses, termine convirtiéndose en una parte de ti. No ‘quiero estar más con mis hijos’, sino cenar tres días a la semana sin teléfono. No ‘quiero cuidarme’, sino caminar treinta minutos después de comer. No ‘quiero leer más’, sino diez páginas antes de acostarme. No ‘quiero ser mejor jefe’, sino dedicar cada viernes diez minutos a preguntar a una persona de mi equipo cómo está.
Los cambios importantes suelen tener muy mala prensa porque casi nunca son espectaculares. Son pequeños. Repetidos. Aburridos incluso. Pero funcionan. Quizá este septiembre no necesitemos una revolución. Quizá necesitemos simplemente una pequeña decisión que mantengamos cuando desaparezca la motivación. Porque la motivación nos pone en marcha, pero son los hábitos los que nos llevan lejos.
Así que, antes de volver a llenar la agenda, te propongo algo muy sencillo: piensa en una cosa que quieras hacer mejor este curso. Escríbela. Hazla concreta. Ponle un día, una hora o una frecuencia. Y empieza. No esperes al lunes perfecto, ni a que tengas más tiempo, ni a que te apetezca. Septiembre ya está aquí.
Y quizá la mejor manera de cruzar esta frontera entre el verano y el nuevo curso no sea recuperar exactamente la vida que dejamos en junio, sino aprovechar lo vivido para construir, poco a poco, una versión un poco mejor de nosotros mismos. Porque el verdadero propósito de un nuevo curso no debería ser hacer más. Debería ser vivir mejor.
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