El obispo de Salamanca, Mons. José Luis Retana, y la laica Esther Morales reflexionaron sobre la comunión como “don y tarea” durante la segunda jornada de la XVIII Semana de Pastoral, en la que también se presentaron las prioridades para el nuevo curso
SERVICIO DIOCESANO DE COMUNICACIÓN
La XVIII Semana de Pastoral de la Diócesis de Salamanca continuó el viernes con una Jornada de Formación centrada en la comunión, eje que vertebra el nuevo curso pastoral bajo el lema “Que todos sean uno en Cristo para que el mundo crea”.
La tarde comenzó con un momento de oración en el que se invitó a los participantes, procedentes de distintas parroquias, comunidades, movimientos, grupos y servicios pastorales, a reconocerse como un único Pueblo de Dios que peregrina en Salamanca. “Un pueblo que no has querido perfecto, sino unido; no uniforme, sino reconciliado”, se expresó en la oración inicial, que pidió también aprender a escuchar, descubrir el bien que Dios hace en el otro y reconocerse como hermanos.
La ponencia central adoptó un formato dialogado entre el obispo de Salamanca, Mons. José Luis Retana, y Esther Morales, quienes fueron recorriendo, desde su propia experiencia y desde diferentes textos de la Escritura y del magisterio de la Iglesia, el significado de la comunión y sus implicaciones para la vida de la Iglesia diocesana.
“Que sean uno para que el mundo crea”
Partiendo de la oración de Jesús antes de su Pasión, el obispo recordó que su último gran deseo no fue el éxito, la influencia o los resultados, sino la comunión. “Jesús pidió una sola cosa: la comunión“, afirmó, subrayando que el Señor no dice que el mundo creerá porque sus discípulos prediquen mucho o bien, sino porque sean uno.
Esther Morales situó esta llamada en una sociedad marcada por la fragmentación, la polarización, la desconfianza y el aislamiento. En este contexto, señaló, la comunión “no es un simple adorno de la Iglesia”, sino una forma concreta de hacer visible el Evangelio.
Una comunión que, explicaron, tiene su origen en la Trinidad y que no elimina las diferencias. “La Iglesia no inventa la comunión, sino que la recibe como un regalo“, apuntó Mons. José Luis Retana. Por eso, la unidad cristiana no consiste en pensar todos igual, sino en integrar la diversidad de vocaciones, carismas y ministerios en una misma misión.
Un don que también es tarea
La reflexión avanzó sobre una idea que atravesó toda la ponencia: la comunión es al mismo tiempo don y tarea. Se recibe de Dios, pero exige aprender a vivir el mandamiento del amor y convertirse en “ministros de comunión”.
“Necesitamos en la Iglesia constructores de comunión, servidores de la comunión eclesial”, resumió Esther Morales. La eucaristía fue presentada como el lugar donde esa comunión se alimenta y se hace visible. Mons. Retana recordó que no es simplemente un cuerpo ya constituido el que se reúne para celebrar, sino que “es la eucaristía la que nos hace ser cuerpo y la que edifica la Iglesia”.
Desde ahí, ambos abordaron la sinodalidad como forma concreta de vivir la comunión, caracterizada por la escucha, el discernimiento, el diálogo y la toma de decisiones compartida. “La sinodalidad es caminar juntos”, explicó el obispo, y debe impregnar la vida de parroquias, asociaciones, comunidades y de toda la diócesis.
Todos distintos, todos necesarios
La experiencia del Congreso de Vocaciones celebrado el pasado curso apareció también durante la reflexión como una expresión concreta de esta Iglesia diversa y unida. Parroquias, movimientos, congregaciones religiosas, sacerdotes, seminaristas y otras realidades eclesiales fueron citadas como partes necesarias de un mismo cuerpo.
“La belleza de la Iglesia no radica en que todos hagamos lo mismo o pensemos de la misma manera, sino que todos sirvamos a la misma misión con los dones que a cada uno se nos ha regalado”, señaló Esther Morales.
Mons. José Luis Retana utilizó la imagen de una orquesta: su belleza no procede de que todos sus músicos interpreten el mismo instrumento y la misma nota, sino de que, desde su diversidad, sean capaces de formar una única sinfonía.
Frente a esta llamada, alertaron también de algunos obstáculos: el aislamiento, la sospecha, la autorreferencialidad o la autosuficiencia. Una parroquia, un movimiento, una cofradía o una delegación que se encierra en sí misma corre el riesgo de convertirse en una “pieza suelta”. Por ello, el obispo llamó a colaborar, superar aislamientos, escucharse sin prejuicios y trabajar desde una visión compartida de la misión.
Custodiar la unidad y sanar las fracturas
La ponencia concretó también cuatro actitudes para avanzar en ese camino: custodiar la unidad, favorecer el diálogo, sanar las fracturas y acompañar el camino.
Custodiar la unidad supone protegerla frente a las murmuraciones y descalificaciones; favorecer el diálogo requiere crear espacios de escucha; sanar las fracturas implica pedir perdón, perdonar y tender puentes; y acompañar significa adaptar el paso al hermano que sufre, va más despacio o está desanimado, “no dejar a nadie atrás”.
El prelado recordó que la comunión es exigente y que tampoco las primeras comunidades cristianas estuvieron libres de tensiones y conflictos. La unidad, señaló, “no nace de la ausencia de dificultades”, sino del perdón, la humildad y la acción del Espíritu Santo.
En una sociedad “hiperconectada, pero profundamente sola“, el obispo señaló que el testimonio que puede ofrecer la Iglesia pasa por mostrar com unidades reconciliadas, capaces de reunir a personas con diferentes sensibilidades y carismas que se aman y respetan.
“Artesanos de paz”
La intervención concluyó regresando a la oración de Jesús en el Cenáculo: “Que todos sean uno”. No idénticos ni uniformes, sino unidos desde la diversidad. El obispo dirigió entonces una invitación a toda la Iglesia diocesana: “Cada rincón de esta ciudad, cada pueblo de nuestra diócesis os espera, os necesita”. Y animó a todos a convertirse en “artesanos de paz” y “constructores de unidad y de comunión”.
Tras la ponencia, el vicario de Pastoral, Andrés González Buenadicha, presentó junto al delegado de Apostolado Laical, Santi Casanova, un primer avance de las prioridades pastorales que orientarán el curso 2026-2027 y que serían trabajadas con mayor profundidad durante la jornada del sábado.
Las propuestas, explicaron, nacen de un proceso de escucha a jóvenes, familias, personas empobrecidas y distintas realidades de la Iglesia diocesana, así como del trabajo de las delegaciones y servicios, el Consejo Diocesano de Pastoral y de los frutos de la Asamblea de la Iglesia en Castilla.
Grandes ejes para este curso
Entre los grandes ejes planteados aparecen permanecer unidos a Cristo, fortalecer los vínculos y la corresponsabilidad, impulsar la evangelización y el primer anuncio y avanzar hacia una Iglesia samaritana que sitúe en el centro a las personas más vulnerables, prestando también atención a la creciente realidad intercultural de la sociedad.
La Jornada de Formación dio paso finalmente al concierto de oración“Maravillas”, con Ángel Catela y con la participación de Hakuna Salamanca, celebrado en el Patio Barroco de la Universidad Pontificia.

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