CATÓLICOS EN VALENCIA – «Jere Jere»: Poco a poco caminando junto a ellas

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«Jere Jere» significa «poco a poco» en edo, una lengua hablada en Nigeria. No es casual que Cáritas Diocesana de Valencia escogiera estas palabras para dar nombre al programa con el que desde hace más de veinte años acompaña a mujeres en contexto de prostitución y a víctimas de trata con fines de explotación sexual.

«Poco a poco nos acercamos a las mujeres, poco a poco construimos la confianza y poco a poco caminamos junto a ellas en los procesos que ellas mismas deciden emprender», explica el equipo de Jere Jere de Cáritas Valencia.

También poco a poco ha ido cambiando una realidad que hoy resulta más difícil de ver. En los inicios del programa, buena parte del trabajo se realizaba en la calle, donde era más fácil localizar a las mujeres. Hoy, advierten desde Jere Jere, la explotación sexual «es una realidad cada vez más invisibilizada y oculta». Muchas mujeres se encuentran en pisos o locales y disponen de muy poco tiempo para salir, sometidas con frecuencia a dinámicas de control y a una gran movilidad entre ciudades. Una transformación que obliga al programa a adaptar continuamente sus formas de acercamiento y acompañamiento.

Actualmente acompañan principalmente a mujeres migrantes, procedentes sobre todo de Colombia y Nigeria. Muchas llegan a España con la esperanza de construir un futuro mejor para ellas y sus familias, pero se encuentran con importantes barreras: dificultades administrativas, falta de redes de apoyo, desconocimiento del entorno y problemas de acceso a derechos básicos. A ello se suman, en muchos casos, experiencias previas de violencia y exclusión.

Una maleta llena de sueños

Juana llegó desde Colombia. A sus espaldas llevaba desde la infancia graves situaciones de violencia, abusos y explotación. Había intentado pedir ayuda en numerosas ocasiones, pero se había encontrado sola y desprotegida. Cuando una mujer le habló de la posibilidad de viajar a España, encontrar trabajo y ganar dinero, creyó que podía abrirse una oportunidad.

«Por fin viajé a España con una maleta llena de sueños y el corazón roto porque dejaba a mis hijos en Colombia», recuerda.

Al llegar descubrió que, sin documentación, no podía acceder al trabajo que esperaba. Terminó en un piso de Alicante donde le reclamaban la deuda contraída para viajar y fue obligada a ejercer la prostitución. Allí permanecía vigilada y debía estar disponible a cualquier hora. Consiguió marcharse con la ayuda de otra mujer y llegó a Valencia, aunque durante un tiempo continuó ejerciendo la prostitución. Necesitaba subsistir y reunir dinero para traer a España a sus hijos. «Me sentía muy triste, débil y desorientada, pero no tenía otra opción. Era eso o quedarme en la calle».

Iría también llegó a España con un proyecto de vida. En Brasil trabajaba en una cooperativa y estudiaba el primer año de Educación Física en la universidad. Soñaba con montar un gimnasio. Una mujer le había hablado de las posibilidades de ganar dinero en España y decidió venir.

«¡Era una ilusión tan grande, tan grande! ¡Y creía que iba a ser tan fácil! Solo que al llegar aquí ves la realidad».

Aterrizó en Bilbao y allí la esperaba el dueño de un club. Le retiraron el billete de vuelta y comenzó una deuda a la que se añadían los gastos de comida y alojamiento. «Es una deuda que pagas y pagas, pero parece que siempre estás debiendo», explica. No hablaba castellano y no tenía a nadie a quien recurrir.

La explotación fue arrasando también con la vida que Iría había conocido hasta entonces. Procedía de una familia evangélica y recuerda que en Brasil hacía deporte, no bebía ni fumaba. La llegada al club supuso un choque con sus convicciones y con su forma de vida. «Fue una experiencia tenebrosa, horrible», relata. Llegó a sentir que estaba «dentro del propio infierno».

Quería regresar a su país, pero no tenía medios para hacerlo. Después llegaron las amenazas y el miedo. Con el tiempo, Iría cuenta que acabó recurriendo a la cocaína y al alcohol para poder soportar aquella situación. El contraste con la joven que había salido de Brasil era más que visible.

Primero, sentirse acogida

Historias distintas que ayudan a comprender por qué, cuando una mujer llega a Jere Jere, el primer paso no son los trámites.

«Lo más importante no es recopilar información ni iniciar trámites. Lo primero es que se sienta acogida, escuchada y respetada», señala el equipo del programa.

Muchas han vivido situaciones de engaño, control o violencia y la confianza no aparece de manera inmediata. «Necesita tiempo». Por eso, explican, intentan que ese primer encuentro sea un espacio seguro donde las mujeres puedan hablar si lo desean, «pero también donde puedan guardar silencio si todavía no están preparadas».

Ese acompañamiento es integral y personalizado. No existe un único itinerario porque cada mujer tiene una historia, unas necesidades y unos ritmos diferentes. Jere Jere trabaja cuestiones como la documentación, el acceso a la vivienda, la salud, la formación, el empleo o el apoyo psicológico, pero también otras aparentemente más cotidianas y fundamentales para alcanzar la autonomía: conocer los recursos de la ciudad, comprender el funcionamiento de las instituciones, utilizar herramientas digitales, desarrollar habilidades sociales o fortalecer la autoestima y la capacidad de tomar decisiones.

Las dificultades son muchas. La situación administrativa irregular, la precariedad laboral y residencial y la ausencia de redes de apoyo se encuentran entre las principales. Muchas mujeres viven aisladas y tienen que asumir además cargas económicas tanto en España como en sus países de origen.

El estigma asociado a la prostitución constituye otra barrera. Desde Jere Jere advierten de que dificulta el acceso a oportunidades y puede afectar profundamente a la autoestima y al bienestar emocional. A ello se suman las importantes secuelas psicológicas que presentan muchas mujeres y que necesitan ser atendidas antes incluso de poder comenzar a plantear cambios en su situación.

Y existe una dificultad especialmente concreta: «El acceso a la obtención de recursos económicos es complejo y sin medios de vida es muy difícil que puedan dejar el contexto de explotación».

La historia de Juana permite entender qué significa esa frase fuera del papel. Tras conseguir salir del piso de Alicante, continuó durante un tiempo en la prostitución en Valencia. No veía otra posibilidad: «Era eso o quedarme en la calle».

También Iría recuerda haber llegado a un momento en el que apenas conseguía cubrir con lo que ganaba el alojamiento y la comida. Permanecía allí porque no encontraba una alternativa: «No tenía a dónde ir, no sabía en quién apoyarme, en qué apoyarme».

Estar al lado, no decidir por ellas

Fatu había recorrido un camino diferente hasta llegar a Jere Jere. Nacida en Senegal, sufrió la ablación cuando era niña y a los 16 años fue obligada a casarse con un hombre mucho mayor que ella. Durante aquel matrimonio sufrió graves abusos. Huyó cuando quiso evitar que su hija fuera sometida también a la ablación.

Después de atravesar nuevas situaciones de explotación, llegó a Gambia. Allí una mujer le ofreció ayuda para viajar a España y trabajar. Su hija permanecería mientras tanto en Gambia hasta que pudiera pagar los gastos y llevarla con ella.

Cuando llegó a España, un hombre la recogió en el aeropuerto, le pidió el pasaporte y comenzó a reclamarle el pago del viaje y de los gastos. La mantuvo encerrada, la agredió y la presionó para que ejerciera la prostitución con el fin de saldar una deuda de 5.000 euros.

Fatu consiguió contactar con Cáritas. Jere Jere la ayudó a salir de aquella situación.

«Nuestro objetivo no es decidir por ellas ni marcarles un camino», subraya el equipo. «Lo que buscamos es que sean protagonistas de su propio proceso».

Acompañar, explican, significa estar al lado, ofrecer información, generar oportunidades y apoyar las decisiones que cada mujer toma sobre su propia vida. Por eso, el éxito de un proceso no siempre se mide en grandes transformaciones visibles. Puede estar en que una mujer recupere la confianza en sí misma, amplíe su red de apoyo, conozca mejor sus derechos o consiga tomar decisiones con mayor libertad y autonomía.

Seis años después de su llegada a España, Fatu tiene un trabajo. Su hija pudo regresar a Senegal con su hermano y ella mantiene un deseo que sigue mirando hacia el futuro: «Tengo un trabajo y esperanza en que en un futuro —espero que no muy lejos— podré tener a mi hija aquí conmigo».

Más allá de la vulnerabilidad

Después de más de veinte años de acompañamiento, desde Jere Jere aseguran que son también ellas quienes les han enseñado.

«Estas mujeres poseen una enorme capacidad de resiliencia y superación», afirma el equipo. Frente a una sociedad que con frecuencia las contempla únicamente desde la vulnerabilidad, quienes trabajan junto a ellas conocen también «su fortaleza, su generosidad y su capacidad para seguir adelante en circunstancias extremadamente difíciles».

«Son mujeres que nos enseñan cada día el valor de la dignidad, la perseverancia y la esperanza».

Por eso, una de las ideas que Cáritas quiere contribuir a desmontar son los estereotipos y prejuicios que reducen a una mujer a una determinada circunstancia de su vida. «Detrás de cada mujer hay una realidad compleja que no puede reducirse a estereotipos o prejuicios. Antes que cualquier otra circunstancia, son personas con derechos, capacidades, sueños y proyectos de vida».

Iría sabe que lo vivido ha dejado consecuencias. «Maduré mucho aquí, pero maduré mucho con sufrimiento», reconoce. Secuelas que, asegura, continuarán acompañándola. A las heridas se añaden obstáculos concretos, como la falta de documentación, que le cierra puertas para acceder a un buen trabajo.

Juana mira también hacia lo que queda por hacer. Vive en España con su hija de diez años y quiere para ella un futuro distinto al que conoció. Pero cuando habla de sí misma ya no lo hace únicamente desde aquello que ha sufrido.

«Aquí estoy volviendo a nacer, me siento más segura, soy una mujer nueva, quiero desarrollar una vida llena y productiva y quiero ser un testimonio de supervivencia para otras personas».»Creo firmemente que lo voy a lograr».

Y esa es, quizá, la mejor manera de entender el «poco a poco» que da nombre al programa. No como un camino que otros trazan por ellas, sino como un acompañamiento para que cada mujer pueda volver a decidir hacia dónde quiere caminar.

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