El proyecto eclesial de salud mental atendió durante el curso 2025-2026 a 96 personas, 78 de ellas como participantes, y reforzó el trabajo sobre los vínculos como una de las claves de la recuperación
SERVICIO DIOCESANO DE COMUNICACIÓN
“Ranquines no existe solo por una necesidad social. Ranquines existe porque somos Iglesia”. Con estas palabras, el director de Cáritas Diocesana de Salamanca, José Manuel Lázaro, resumía este lunes, 28 de septiembre, una de las claves del Centro de Día de Salud Mental Ranquines, que acaba de cumplir nueve años de camino.
Un proyecto que nació para acompañar a personas con trastorno mental grave y dificultades de integración social, pero que, en palabras del propio José Manuel Lázaro, no puede entenderlas únicamente como destinatarias de una atención: “Son el centro”, afirmó. “Son la razón de ser de Ranquines y de Cáritas”.
Esa manera de mirar a la persona estuvo muy presente en la celebración del IX aniversario, este año bajo el lema “Del sufrimiento compartido a la salud colectiva”, y en la presentación de la Memoria 2025-2026. Durante el último curso, Ranquines atendió a 96 personas, 78 de ellas participantes del proyecto, y puso un acento especial en los vínculos como una de las bases de los procesos de recuperación, como detalló la coordinadora del centro, Gema Romero.
Porque detrás de las cifras hay historias, relaciones que se han roto y otras que vuelven a reconstruirse. Así lo explicaron al final del encuentro Ana Lucía y Alberto, dos participantes de Ranquines, en un diálogo con Gema Romero.
“Para mí Ranquines fue un salvavidas”

Alberto llegó al centro hace casi tres años, después de haber pasado por otros recursos. “Para mí Ranquines fue un salvavidas”, confesó. Lo que encontró allí fue, sobre todo, “cercanía”, facilidad para acceder a los profesionales y una acogida que calificó de “excepcional”. Todo ello le llevó a quedarse y comenzar un proceso que, según contó, ha cambiado distintos aspectos de su vida.
Entre esos cambios destacó especialmente la recuperación de los vínculos familiares. Relaciones que llevaban años interrumpidas han comenzado a recomponerse y, con ellas, también su propio proceso personal.

Ana Lucía, que lleva alrededor de cinco años en Ranquines, recordó que al principio llegó a un lugar desconocido y se sentía extraña. Con el paso del tiempo, la experiencia ha cambiado. “Me noto más tranquila, más serena, más acompañada”, explicó.
Y cuando la coordinadora de Ranquines le preguntó qué diría a alguien que atraviesa una situación similar, su respuesta fue clara: “Que no se quede sola”. Le invitaría a conocer el centro, dijo, porque aquí “la vamos a acoger como un hermano más o una hermana” y podrá encontrar compañía.
Alberto coincidió en esa misma idea. Para él, uno de los principales frutos de Ranquines es “no sentirte solo y sentirte acompañado, sentirte querido”. Para él, “esa es la base”.
Los testimonios de Ana Lucía y Alberto ponen rostro al trabajo desarrollado durante un curso en el que los vínculos han tenido un papel central. Relaciones que sostienen, que ayudan a recuperar el sentido de pertenencia y que permiten afrontar el aislamiento y la soledad que acompañan muchas veces al sufrimiento psíquico.
Nueve años de un proyecto eclesial

Ranquines nació como uno de los frutos de la Asamblea Diocesana (2014-2016), un proceso de escucha, reflexión y participación vivido por la Iglesia de Salamanca. En aquel contexto se puso de manifiesto la necesidad de ofrecer una respuesta eclesial a la situación que afrontaban muchas personas con trastorno mental grave y en especial situación de vulnerabilidad.
El proyecto echó a andar el 27 de septiembre de 2017 con el respaldo de ocho instituciones eclesiales: Cáritas Diocesana de Salamanca, que coordina el recurso; los Misioneros Paúles; las Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús; las Religiosas de los Sagrados Corazones; las Hijas de Jesús; las Hermanas de Nuestra Señora de la Consolación; la parroquia El Milagro de San José y la Diócesis de Salamanca.

Actualmente cuenta con un equipo multidisciplinar y con alrededor de 20 personas voluntarias, que colaboran en las distintas actividades y procesos de acompañamiento.
Durante su intervención, el director de Cáritas, José Manuel Lázaro, incidió en otra de las claves que ha acompañado el proyecto en estos nueve años: “Ranquines nos recuerda que nadie se salva solo”. Recursos, profesionales, psicólogos, psiquiatras y administraciones son necesarios, señaló, pero existe algo que ninguna institución puede sustituir: la comunidad. Una comunidad capaz “de acoger, de no abandonar, de apostar por una persona” y de crear espacios en los que nadie tenga que ocultar su fragilidad para sentirse parte de ellos.

“Antes que cualquier etiqueta hay un rostro”
El aniversario comenzó con una eucaristía en la capilla de la residencia universitaria de los Padres Paúles, presidida por el vicario de Pastoral de la Diócesis de Salamanca, Andrés González, y concelebrada por el delegado episcopal de Cáritas Diocesana, Juan Pedro Melgar Borrego, y el superior de los Paúles, Santiago Giraldez. En la celebración se dieron cita participantes, voluntarios y técnicos de Ranquines, así como representantes de las entidades e instituciones eclesiales y civiles que acompañan y sostienen el proyecto.
En su homilía, Andrés González recordó que han sido “nueve años de caminar juntos” y de intentar poner en el centro algo “irrenunciable” para el Evangelio: la persona.
“Cuando hablamos de salud mental podemos hablar de diagnósticos, de tratamientos, de dificultades, de recursos, de estadísticas”, señaló, pero “antes que cualquier etiqueta hay un rostro”, un rostro que “merece ser mirado, acogido y escuchado”.
Para el vicario de Pastoral, acoger significa transmitir de muchas maneras: “Tu vida vale, tu historia importa, tú no tienes que recorrer este camino solo”. Y subrayó que, ante sufrimientos para los que no siempre hay respuestas fáciles, la presencia de Dios puede hacerse visible “a través de otras personas que se acercan, acompañan, escuchan, sostienen y alientan”.
Por eso pidió que Ranquines continúe siendo “un lugar donde nadie quede definido por su enfermedad”, donde la fragilidad no suponga exclusión y cada persona pueda recuperar “vínculos, confianza y, sobre todo, esperanza”.
En el ofertorio, junto al pan y el vino, se presentó un marco formado por hilos y palabras, como símbolo del trabajo desarrollado durante el curso y de esos lazos que sostienen, se rompen y también pueden volver a tejerse.
En la acción de gracias final, Gema Romero recordó a “quienes acogen, acompañan, escuchan y sostienen” y a quienes saben “que nadie sobra”. Subrayó que “no tenemos que caminar solos, ni hacerlo todos de la misma manera. Hay muchos caminos, muchas manos y muchas personas construyendo juntas”. Y pidió que Ranquines siga siendo “un lugar de acogida, encuentro, esperanza y dignidad, donde cada persona pueda sentirse querida, escuchada y parte de una comunidad”.
Los vínculos como base de la recuperación
La presentación de la memoria comenzó precisamente con un vídeo realizado a partir de las voces e imágenes de los participantes de Ranquines. Era una forma de resumir todo un año de trabajo en torno a los hilos que unen a las personas: algunos permanecen fuertes, otros se han roto y otros comienzan de nuevo a entretejerse.
Gema Romero explicó que Ranquines ofrece una atención integral, con intervención educativa, psicológica y sanitaria, en coordinación con los servicios sociales y las familias. Este trabajo se apoya en varios pilares. Uno de ellos es el modelo recovery o de recuperación, que “pone la mirada no solamente en lo que es el síntoma o el diagnóstico”, sino en que la persona pueda “recuperar el sentido de la vida” y tenga capacidad de decisión para “ser protagonista de su propia vida”. Favorecer esa autonomía es uno de los objetivos del centro, mediante un acompañamiento que busca desarrollar capacidades y facilitar que cada persona avance en su propio proyecto de vida. Junto a ello situó el trabajo sobre los vínculos, el sentido de pertenencia, la dignidad y la participación en la comunidad.
Durante este curso se han reforzado las relaciones y el apoyo entre los propios participantes, como una forma de reducir el aislamiento asociado al sufrimiento y a la exclusión. La coordinadora destacó también el grupo de fe, creado el pasado curso, donde los participantes encuentran una forma de cuidar la espiritualidad que también les ayuda en su salud mental.
La creatividad ocupa también un lugar importante en el proceso, a través de propuestas que favorecen la expresión personal y ayudan a reforzar la autoestima y la dignidad. Un trabajo que, a modo de ejemplo, se ha concretado en iniciativas como la reciente exposición Hilos invisibles, celebrada en el Centro Julián Sánchez El Charro, o los talleres Entretejidos y Protagonistas.
La realidad detrás de los datos

Los datos de la memoria ayudan a comprender también la vulnerabilidad de muchas de las personas acompañadas. El 70,5% se encuentra en riesgo de exclusión económica y el 68,3% presenta déficit de apoyo afectivo. Además, un 34% carece de apoyo familiar y un 39% de apoyo procedente de amistades.
Al mismo tiempo, han mejorado las redes de apoyo: la media de personas de apoyo procedentes de Ranquines ha pasado de 2,9 a 4,1, mientras que el apoyo mutuo dentro del proyecto ha crecido hasta el 78 % y la participación comunitaria ha aumentado un 35% respecto al curso anterior. Para cuatro participantes, Ranquines constituye su único soporte social cotidiano.
Durante el curso se realizaron además 30 acciones de sensibilización dirigidas a familias, jóvenes, parroquias y población general para combatir el estigma asociado a la salud mental.

La segunda parte de la presentación puso de manifiesto también que Ranquines es un proyecto tejido en red. En ella intervinieron las representantes de los Ayuntamientos de Salamanca y de Santa Marta de Tormes, Myriam Rodríguez y María Cruz Gacho; los decanos de las Facultades de Psicología de la Universidad de Salamanca y la Universidad Pontificia, Juan José García y Alfonso Salgado; y el director de Cáritas Diocesana, José Manuel Lázaro.
Alfonso Salgado, que conoce el proyecto desde sus orígenes, incidió precisamente en esa dimensión comunitaria. La salud mental y el bienestar psicológico, señaló, no pueden entenderse “solo como un problema personal”. Por eso, además de contar con buenos profesionales, subrayó que es necesario cuidar “el tejido social y el tejido comunitario” en el que vive cada persona y consideró Ranquines, es “un buen ejemplo” de esa manera de entender la recuperación.
Nuevos retos después de nueve años
Entre los retos que Ranquines afronta para los próximos meses figuran la atención a jóvenes, el acceso a la vivienda, la ampliación de la presencia en el medio rural, la patología dual y la lucha contra el estigma asociado a la salud mental.
Gema Romero explicó que actualmente el proyecto acompaña a unas 30 personas en el ámbito rural, principalmente en las comarcas de Guijuelo y Peñaranda, y expresó el deseo de poder ampliar esta atención a otros lugares. También mostró una especial preocupación por los jóvenes de entre 18 y 35 años con enfermedad mental grave y “con un pie en la exclusión social”, ante la necesidad de intervenir cuanto antes para evitar que esa situación se agrave.
En relación con la vivienda, la coordinadora señaló las especiales dificultades de acceso que encuentran las personas con problemas de salud mental o en situación de vulnerabilidad. En este ámbito, agradeció a la Diócesis de Salamanca que haya facilitado un piso diocesano y otro perteneciente a una parroquia, en los que residen participantes de Ranquines.
Junto a estos retos, la coordinadora señaló la consolidación del Grupo de Ayuda Mutua, el grupo de fe y las nuevas propuestas dirigidas a jóvenes. “Ranquines sigue teniendo por delante desafíos importantes, pero queremos seguir escuchando las necesidades que van surgiendo y buscar respuestas”, concluyó.
La entrada Ranquines celebra nueve años poniendo a la persona en el centro se publicó primero en Diócesis de Salamanca.
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