CATÓLICOS EN SEVILLA – 
Estamos celebrando este año el octavo centenario del tránsito de San Francisco de Asís, ocurrido el 3 de octubre del año 1226, por lo que los franciscanos de todo el mundo están celebrando un especial Año Jubilar. En la última estrofa del Cántico de las Criaturas, San Francisco llama a la muerte “hermana”, dándonos así la clave para celebrar este aniversario.
Probablemente la representación más antigua de San Francisco de Asís sea el fresco que se conserva en el monasterio benedictino de Subiaco, anterior a su canonización que tuvo lugar en 1228. A partir de esta fecha, se sucederán incontables imágenes debido a la propagación de su devoción por todo el mundo.
En nuestra Archidiócesis conservamos numerosas y valiosas representaciones del Poverello, reflejo de la gran presencia que la orden franciscana ha tenido en la provincia de Sevilla. De entre todas, hoy destacamos el monumental lienzo que preside la Capilla de San Francisco en la Catedral de Sevilla, obra de Francisco de Herrera el Mozo, quien en diciembre de 1656 recibe el encargo por parte del Cabildo para realizar esta pintura, tras el éxito alcanzado con el Triunfo del Sacramento de la Eucaristía, realizado ese mismo año para la Archicofradía Sacramental de la Iglesia del Sagrario.
Enmarcada por el magnífico retablo marco de Bernardo Simón de Pineda, la pintura representa el éxtasis que San Francisco tuvo en el Monte Alvernia, en 1224, tras su estigmatización. Así, aparece el Poverello de Asís ya con las llagas visibles en sus manos y en el costado y con la mirada dirigida al cielo, siendo elevado por un buen número de ángeles, algunos de los cuales sostienen los atributos propios de este santo como el cordón franciscano con los tres nudos que aluden a los votos de pobreza, castidad y obediencia, el libro de la Regla de la Orden, aprobada por el papa Honorio III en 1223, el Crucifijo, una calavera y un flagelo, signos de mortificación. Otro grupo de ángeles aparece con instrumentos musicales, mientras que los situados en la parte superior izquierda arrojan rosas como signo de glorificación y de pureza. A los pies de la composición, se distingue a Fray León, quien asiste a la escena entre asustado y sorprendido.
La obra se divide así en dos partes: la tierra donde está Fray León y el cielo lleno de ángeles adonde está siendo elevado Francisco, mostrando así el instante en que el mundo metafísico irrumpe en el ámbito mundano, como señala el profesor Antonio García Baeza, autor de una interesante y completa tesis sobre Herrera el Mozo, indicando además que la composición se articula a través de dos circunferencias: una inferior, maciza, colmatada por los cuerpos de los ángeles, con gran movimiento y vibración, y la superior, generada a partir de la fuerza centrífuga que parte de los brazos abiertos del santo, más luminosa y etérea. El contraste de ambas, una sobre otra, remarca el sentido ascendente del conjunto.
Antonio Rodríguez Babío, delegado diocesano de Patrimonio Cultural
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