«Toda la vida de Jesús está dirigida a este momento supremo: Cristo, Jesús, muere en la cruz». Así lo recordó, en su homilía, el Deán de la Catedral de Oviedo D. Benito Gallego, durante la celebración de la Pasión del Señor en este Viernes Santo en el templo de San Salvador, que presidió acompañado por más miembros del Cabildo catedralicio y con la Schola Cantorum enriqueciendo musicalmente la liturgia, como está haciendo a lo largo de todo este Triduo Pascual.
«Ahora –dijo–, apenas logra llegar, jadeante y exhausto, a la cima de aquel pequeño altozano llamado lugar de la calavera; enseguida lo tienden al suelo y comienzan a clavarle en el madero. Primero las manos, luego es levantado hasta quedar erguido sobre el palo vertical, fijado en el suelo y a continuación le clavan los pies. Su madre, María, contempla la escena. Jesús está ya firmemente clavado en la cruz».
«A su alrededor –describió– hay un espectáculo desolador, y en el que a veces tú y yo tomamos parte. Algunos pasan y le injurian. Otros, más hirientes y mordaces, se burlan. Algunos indiferentes miran el espectáculo. ¿Por qué, Señor –le podemos preguntar– tanto dolor, tanto padecimiento, tanta humillación? San Agustín responde a esta pregunta: Todo lo que padeció es el precio de nuestro rescate».
Y es que «La crucifixión era la ejecución más cruel. Y aquella tortura, aquella humillación, aquel juicio. Él pudo haber evitado la vergüenza del patíbulo, y los clavos y la lanzada. Pero así manifiesta su amor», explicó el Deán de la Catedral a los fieles presentes. «Cristo sufre todo eso por nosotros, por ti y por mí. Nos lo recuerda San Pablo: Me amó y se entregó por mí. Por eso la Iglesia canta con alborozo a la cruz en la liturgia. Salve, cruz santa, gloria del mundo, verdadera esperanza nuestra, portadora de gozo, signo de salvación», y ahora, «La cruz para nosotros cristianos ya no es un patíbulo infamante, sino un trono desde el que Cristo ha triunfado del pecado y de la muerte, símbolo del amor de Dios».
D. Benito Gallego recordó que a partir de ese momento, «la cruz se convierte en señal del cristiano», «no sólo ni principalmente cuando nos santiguamos», dijo, «sino cuando la llevamos en nuestra vida. El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga«. Algo especialmente difícil de entender «en este mundo nuestro, materialista y hedonista», y lo que es más, «si no se entiende el mensaje cristiano de la cruz, tampoco se entenderá el mensaje cristiano del amor, porque esto no es masoquismo, sino afirmación del amor humano más noble».
«Llevar la cruz –afirmó el Deán– implica saber aceptar con serenidad de hijos de Dios las pequeñas contrariedades: una incomprensión, un pequeño fracaso profesional, una enfermedad propia o de un ser querido o los achaques o limitaciones de la edad. También implica esforzarnos en servir a los demás».
La celebración finalizó, como es tradicional en la Catedral de Oviedo cada Viernes Santo, al mostrar el Santo Sudario, descubierto, ante los fieles delante del Altar Mayor, algo que sólo sucede tres veces al año (los otros dos días son el 14 y el 21 de septiembre), ya que el Santo Sudario se encuentra habitualmente en la Cámara Santa de la Catedral, protegido en una urna para su conservación.
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