CATÓLICOS EN CANTABRIA – Homilía XIX Domingo del Tiempo Ordinario, por D. Álvaro Asensio Sagastizábal, Vicario General

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En estos domingos pasados, en la lectura continuada del Evangelio de San Lucas, que estamos proclamando en este año C, hemos escuchado un largo discurso de Jesús sobre la vigilancia. Podríamos decir que la pregunta que nos planteaba Jesús en la palabra de Dios de cada domingo era: ¿quién soy yo para vosotros? Pero, a partir de hoy, vemos un giro en los acontecimientos de la vida de Jesús que nos va a interpelar y hacer preguntarnos: ¿Qué espera Jesús del creyente? ¿Quién es el verdadero creyente? ¿Cuál es la imagen de discípulo que quiere Jesús?

 

El creyente es uno que no teme

Jesús nos dice: no temas pequeño rebaño. No se trata de no tener temor de Dios entendido como el don del Espíritu Santo. Este sería el temor a ofender a Dios, a perderlo, a romper la comunión con él… El creyente es animado por el don del temor de Dios pero no tiene miedo de Dios. El hombre de fe no cree por miedo.

Muchas veces se asemeja nuestra fe a la actitud de un niño que tiene miedo de sus padres y obedece por miedo al castigo. Cuando se razona así, se permanece todavía infantes en la fe. Jesús nos dice: no temas pequeño rebaño. El creyente es aquel que no tiene miedo, no teme. Es aquel que su fe está movida, no por el miedo, sino por el amor. Es aquella fe que está movida por la conciencia clara de que a nuestro Padre le complace darnos el Reino. ¿Tú te mueves en la vida y en la fe con por esta esperanza y esta certeza: Hay un Padre que te ama, hay un Padre que se fía de ti, hay un Padre que quiere caminar contigo?

 

El creyente es aquel que sabe dónde está su tesoro

Donde está tu tesoro, allí también está tu corazón.  ¿Qué quiere decir esta frase? Muchas veces en la vida nos excusamos de no hacer lo que debemos porque no tenemos tiempo, fuerzas, no sabemos… Si lo pensamos bien, no es así.  La pregunta que nos debemos hacer es: ¿Qué es lo importante para mí? ¿Dónde está mi interés? ¿Qué es lo que más me atrae? ¿En qué gasto mi tiempo y mi vida?

El creyente es aquel que sabe cuál es su tesoro en la vida. El creyente sabe hacia dónde camina. San Pablo dice: sé de quién me he fiado. El creyente sabe lo que tiene en su corazón y sabe hacia dónde camina.

Haceos talegas que no se echen a perder… El creyente sabe que su horizonte no es un horizonte limitado. ¿Hacia dónde caminas? ¿Qué buscas en la vida? El creyente sabe que en medio de las cosas del mundo hay un horizonte más grande hacia donde encaminar su vida.

 

El creyente es un siervo que espera al amo

Hoy, a menudo, nos constituimos dueños de la verdad, de los valores, de lo que es bueno o malo. El creyente es una persona que está en su sitio. Una persona que respeta su puesto en la vida, en el orden creado por Dios.

El creyente es aquel que se reconoce, no dueño de aquello que tiene –incluso de la propia vida no somos dueños–, sino sólo un administrador. Todos los dones, puestos en tu vida y en tus manos, tienen que volver a Dios. El creyente es aquel que es consciente de que, cuanto más aprietas tu vida entre tus manos, más se te escapa.

Dios ha querido darnos su Reino. Todo lo que se te entrega tiene que ser restituido. Dichoso el criado a quien su amo lo encuentre portándose así. El verdadero siervo, el verdadero administrador, es aquel que sabe esperar: vive la espera y se prepara para el regreso de su Señor.

Estamos en el mes de agosto. Muchos viajáis y para ello uno se prepara: prepara las maletas y lo que ha de llevar consigo. El creyente es una persona que prepara, que razona, que está animada por algo más grande. Es una persona que no vive de lo inmediato. El creyente es una persona que vive “plantado en el momento presente” (Sta. Teresa del Niño Jesús), pero que vive en la perspectiva de Dios y de la eternidad. Es la actitud del siervo, que sabe que no es dueño y espera el retorno de su señor.

Al que mucho se le dio, mucho se exigirá; al que mucho se le confió más se le exigirá. La conciencia de esto es nuestra riqueza: la riqueza de caminar con Dios, de vivir en plenitud con lo que tenemos, de recibir de él sus dones y la riqueza de restituirlos a él como una gran oblación. Sólo desde aquí cobra sentido la Eucaristía que celebramos. Unimos nuestras vidas a la oblación del Hijo. Nuestras acciones, alegrías y sufrimientos de cada día las presentamos como una ofrenda que en la ofrenda de la vida de Jesús quedan santificadas y recibidas por el Padre para que nosotros tengamos vida y vida en abundancia.

 

Álvaro Asensio Sagastizábal

Vicario General

Delegado Diocesano de Liturgia y Espiritualidad

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