CATÓLICOS EN CANTABRIA – Homilía XVI Domingo del Tiempo Ordinario, por D. Óscar Lavín Aja, Vicario Episcopal para la Evangelización

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Antes de leer el Evangelio tengamos en cuenta esta realidad: en Jesús de Nazaret no aparece una ética del buen comportamiento, ni unos Mandamientos (cantidad de cristianos se saben los diez y no saben el que nos dejó Jesús), ni los ritos de un templo, ni libros sagrados. Podemos decir que en Jesús no aparece ninguna Religión nueva. Jesús no nos revela cómo el hombre tiene que ir a Dios, sino cómo Dios viene a nosotros (Reino de Dios).

Una pregunta nos ayuda a bucear en los evangelios: ¿Cómo aparece el Reinado de Dios? Con la aparición de Jesús de Nazaret ocurre un acontecimiento inesperado: Dios ha comenzado a reinar, a vivir con nosotros (Enmanuel), a actuar en la misma vida de los hombres y de los pueblos. Esa venida del Reino es anunciada, gratuita y sin ningún mérito de nuestra parte. ¿Qué tenemos que HACER nosotros para que Dios pueda venir a nosotros? Nada. Todo es gratis. Como llaman algunos teólogos es una “sobre-abundancia del don (regalo)”. Es un regalo que se sobre-regala en una dinámica continua de abundancia.

Y, ¿cómo es el encuentro con ese reinado de Dios? Hoy el Evangelio nos muestra una pista. Solo UNA cosa es NECESARIA. ¡¡Sólo UNA!!: ESCUCHAR. La etimología de escuchar es “poner el oído”, esto es, acercarnos con los sentidos abiertos a la vida para penetrar el fluir del tiempo, de las cosas y percibir la presencia amorosa y misericordiosa de Dios.

La escena del evangelio de hoy transcurre en una casa. No en el templo, no la sinagoga, no un momento de oración, no con un libro sagrado meditando. En una casa que se prepara para una comida de familia y de amigos. Dios (Jesús) ha irrumpido en esa cotidianidad. Marta esta ajetreada en la preparación de la casa para atender la visita. ¿Cómo aparece el Reino? Jesús comparte conversación y María está a la escucha. La Presencia y la Palabra de Dios es escuchada (María) o no escuchada (Marta) en lo ordinario de la vida. La realidad de esa casa no es de orden moral, de maldad o bondad, es un hecho cotidiano y normal que lleva en sí misma la presencia del misterio de Dios.

Todo lo que sea conocer la REALIDAD nos abre a encontrarnos con esa presencia de Dios en lo ordinario de la realidad, en los “signos de los tiempos”, en los fenómenos políticos, culturales, económicos, etc… La Religión que pone unos imperativos morales y éticos y exige cumplimiento y reconocimiento del incumplimiento y toda vivencia interior de las personas que gira en torno a EXIGENCIA, CULPA, PERDÓN, recuperar la GRACIA perdida, etc… es un judaísmo barnizado de cristianismo que supone una desviación del camino que Jesús nos abrió. Esta realidad es tan paradójica como dura: quien tiene más necesidad de conversión es la Religión, y quien más se va resistir a ella es la Religión. No olvidemos que la sentencia de muerte del Hijo de Dios es del Sumo Sacerdote, máxima autoridad de la Religión. Tan fuerte y penetrante es esta realidad que el anuncio del evangelio de Jesús volvió a ser envuelto sutilmente con el paso del tiempo por la Religión. Nuestra fe está envuelta de Religión, desde nuestra infancia a nuestra educación, a las costumbres, tradiciones y ritos. De ahí que la vida del evangelio sea siempre una continua re-forma.

San Pablo nos muestra otra aparición del Reino de Dios en lo ordinario de la vida. Todo el desgaste de San Pablo por las comunidades y el anuncio del evangelio de Jesús le ha dado la experiencia del sufrimiento apostólico. En la escucha de este dolor por las comunidades descubre que es la misma experiencia de Cristo en la cruz. Es el dolor de amar. La cruz es la expresión del Amor de Dios por todos nosotros. Ese amor se expresó en la entrega total de la vida y la libertad de los hombres de su tiempo modelaron la forma del sufrimiento. Pablo nos comparte su vivencia de Dios en la experiencia de que amando a los demás encontraremos a Dios en el dolor que nos infrinjan los demás en su ingratitud.

En resumen, qué dos cosas nos podemos llevar para la semana a nuestra oración. La primera que escuchemos mucho todo lo que nos ocurre en lo ordinario de la vida. Dios está entre los pucheros. Y segunda, que cuando el amor y la entrega a los demás nos haga experimentar la ingratitud de los demás sepamos que Dios siempre está por esas cosas…y ese dolor es la misma cruz de Señor. En ella se produce hoy y siempre la plenitud de la vida de toda persona humana.

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