Queridos hermanos:
Las lecturas de este domingo nos invitan a detenernos en un aspecto esencial de nuestra vida cristiana: la oración. No como un simple recurso devocional, sino como el alma que sostiene nuestra fe, nuestro discernimiento y nuestra misión en el mundo. Si la Iglesia no ora, si el cristiano no ora, si la comunidad no ora… pronto nos convertimos en una organización más entre tantas. Hacemos cosas buenas, sin duda. Pero nos falta el aliento, la fuerza, el sentido profundo. Nos falta Dios.
En el evangelio de hoy, Jesús no enseña a sus discípulos una fórmula vacía, sino el corazón de la oración cristiana. Les enseña a dirigirse a Dios con la confianza de un hijo que llama a su padre: “Padre, santificado sea tu Nombre”. Esta oración, que llamamos el Padre Nuestro, no es sólo para recitarla, sino para vivirla. En ella se nos invita a pedir el Pan de cada día, el perdón, la fuerza frente al mal… pero, sobre todo, a ponernos en sintonía con la voluntad de Dios, como Jesús hizo siempre.
En la primera lectura, vemos cómo Abrahán intercede por Sodoma. Es un diálogo intenso, confiado, audaz. Y nos enseña que la oración no es un monólogo, sino un encuentro real con Dios, donde caben nuestras dudas, nuestros ruegos, nuestras súplicas. Abrahán se atreve a discutir con el Señor. Y Dios escucha. Esto ya nos dice mucho: Dios no es indiferente a nuestra voz.
Y San Pablo, en la carta a los Colosenses, nos recuerda lo que ha obrado Dios en nosotros: nos ha resucitado con Cristo, ha borrado la deuda que nos era contraria, nos ha reconciliado. ¿Y cómo se hace actual esta redención en nuestra vida? A través de una vida de oración constante, que nos une a Cristo, que nos ayuda a discernir lo que viene de Él y lo que no.
El Papa León XIV, en su mensaje del mes de julio, nos recordaba algo muy necesario en estos tiempos: “la oración nos ayuda a reconocer nuestros sentimientos y pensamientos, para discernir lo que nos acerca a Dios”. ¿Cuántas veces vivimos a merced de emociones, tensiones, decisiones sin filtro? La oración es como ese espejo limpio en el que el alma puede mirarse a la luz de Dios y ver con claridad qué pasos dar.
Y más aún: cuando la oración brota del corazón, como decía también el Papa, consolida nuestra misión. No somos cristianos simplemente por lo que hacemos, sino por lo que somos ante Dios y por cómo vivimos desde Él. La oración nos impide caer en la tentación de ser una ONG más. Porque lo que anunciamos no es una ideología, ni un activismo humanitario, sino el Evangelio mismo de Jesucristo, que transforma vidas y renueva corazones.
Hace apenas unas semanas, el último domingo de mayo, León XIV nos decía en el Regina Coeli: “El don del Espíritu Santo nos hace experimentar, incluso en la vida cotidiana, la presencia y la cercanía de Dios, haciéndonos morada suya.” Qué verdad tan profunda… ¡Dios quiere habitar en nosotros! Pero ¿cómo podrá hacerlo si no le damos espacio, si no le hablamos, si no le escuchamos?
Por eso, hermanos, pidamos con insistencia el don del Espíritu Santo, como nos invita Jesús al final del evangelio de hoy: “Si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!”
El Espíritu es el alma de la oración cristiana. Es Él quien nos enseña a llamar “Abba, Padre”. Es Él quien intercede por nosotros con gemidos inefables cuando no sabemos qué decir. Es Él quien transforma nuestra vida cotidiana en un lugar sagrado, una morada viva de Dios.
Queridos hermanos, amigos, todos llamados a ser Iglesia viva, luz en el mundo y morada del Dios vivo:
Oremos. Hagámoslo con fe, con confianza, con perseverancia. Oremos con el corazón, evitemos las palabras vacías. Oremos para discernir, para dejarnos transformar, para ser, en definitiva, verdaderos discípulos misioneros.
Oremos para que nuestra vida, como la de Abrahán, como la de Jesús, como la de tantos santos y testigos, sea una vida unida al Padre y entregada por amor a los hermanos.
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