El evangelio de este domingo tiene un punto de partida que da ocasión a Jesús para exponer su parecer sobre la codicia de las riquezas. Uno del gentío le dice: “Maestro, dile a mi hermano que reparta la herencia conmigo”. Qué situación tan actual y tan de siempre, porque las herencias siempre han traído a las familias problemas y enfados, precisamente porque en muchos casos nos dejamos llevar por la codicia. ¿Quién puede ser mediador entre personas que sólo quieren el dinero y los bienes materiales? Ni siquiera Dios. Por eso Jesús sitúa el problema, no en el campo de los méritos o la justicia, sino en el sentido de la vida, proponiendo la parábola de este hombre rico que, ante la abundante cosecha de sus campos, comienza a plantearse una vida cómoda de “descansar, comer, beber y banquetear alegremente”.
Precisamente la codicia y el afán de las riquezas lo único que nos pueden ofrecer es eso: una vida cómoda, pero no nos puede liberar de la muerte, ni de la enfermedad, ni del sufrimiento, ni del pecado. No podemos comprar con dinero nuestra salvación, porque eso depende de Dios. Por eso la parábola tiene ese desenlace en el que, tras esos planes de futuro, el hombre rico perderá la vida esa misma noche y sus riquezas aquí se quedan.
Como muy bien nos dice el Señor en el evangelio de hoy, nuestra vida no depende de nuestros bienes, aunque muchas veces pueda parecerlo. Y por eso, porque nuestra vida depende de Dios y no de nuestros dineros, parece razonable pensar que entregarla a los planes de Dios, vivir según su ley y su voluntad, es algo más inteligente que afanarse en construirnos una vida en un mundo que, cuando muramos, no nos va a ofrecer nada y aquí se queda. Ese es el significado de las palabras de Jesús: “Así es el que atesora para sí y no es rico ante Dios”, subrayando la necedad que supone entregarnos a la codicia de las riquezas materiales.
Cuando en los mandamientos decimos “Amarás a Dios sobre todas las cosas”, lo que estamos proclamando es que la preferencia de nuestra vida es Dios, por delante de todo lo demás. Y al situar a Dios en nuestra vida, como lo primero, claro está, todo lo demás se coloca en su lugar: ni por delante de Dios, ni por delante de los hermanos, en cuyo amor se verifica nuestra fe en el Señor.
Como bien decía San Agustín en sus Confesiones: «Nos hiciste para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» (Las Confesiones, i, 1, 1). En el evangelio de hoy Jesús ha situado las riquezas en su lugar: no en el que le corresponde a Dios, sino en el camino que nos lleva a hacernos ricos ante Él.
La austeridad solidaria, el compartir los bienes, da a las riquezas esa función social que desde siempre ha propugnado la Iglesia. Con las riquezas podemos ganar el cielo, pero no podemos comprarlo.
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