CATÓLICOS EN MADRID – EmotivismoJavier Pereda Pereda

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Resulta sugerente la reciente Nota de la Comisión para la Doctrina de la Fe sobre el papel de las emociones en la experiencia de fe. En ella, los obispos advierten un positivo renacer de la fe cristiana, especialmente entre los jóvenes españoles de la llamada “generación Z” (nacidos entre mediados de los 90 y primera década del 2000).

Si bien en otros momentos de la historia la Iglesia puso el acento en lo intelectual, la reflexión teológica, el compromiso, la catequesis o el apostolado, hoy resurgen con fuerza las emociones y sentimientos que conducen a la conversión y a la adhesión a Cristo. Sin embargo, el texto alerta sobre el riesgo de un reduccionismo “emotivista” de la fe, que convierte a muchos católicos en meros consumidores de sentimientos espirituales.

Como advierte el filósofo Alasdair MacIntyre, la cultura postmoderna ha absolutizado la afectividad, al reducirla a los sentimientos y emociones; es lo que se conoce como emotivismo. Hemos pasado del racionalismo cartesiano del “pienso, luego existo” al emocional “siento, luego existo”; del logos a la emoción pura.

Para Zygmunt Bauman, el hombre “líquido” se deja arrastrar por la inmediatez del momento, identificándose únicamente con lo que siente en el instante. Aplicado a la vida espiritual —como explica el profesor Juan José Pérez-Soba—, el emotivista religioso hace depender la fe exclusivamente de la intensidad de sus sentimientos. Esto es incompatible con un compromiso perdurable.

Si bien los sentimientos tienen un papel importante en la vida espiritual, el desafío es hallar el equilibrio entre lo intelectivo, lo volitivo y lo afectivo. Ya en nuestra edad dorada de la mística, santa Teresa integró los arrobamientos con la “noche oscura”, asumiendo que la cruz es parte inseparable del itinerario espiritual. Así encontró la paz en medio de la agitación: “Nada te turbe / Nada te espante / Todo se pasa / Dios no se muda / La paciencia todo lo alcanza / Quien a Dios tiene nada le falta: Sólo Dios basta”.

San Juan de la Cruz identifica en sus versos esta misma realidad: “¡Oh llama de amor viva, / que tiernamente hieres / de mi alma en el más profundo centro!”. Es la misma intensidad que late en el Cantar de los Cantares: “Encontré al amor de mi alma. Lo abracé y no lo solté”. De ahí la importancia del corazón en la vida espiritual que nos aleja, en expresión del papa Francisco, tanto del gnosticismo (un intelectualismo frío) como del pelagianismo (la obsesión por la norma y el prestigio), tal como advierte en su exhortación “Gaudete et exsultate”.

San John Henry Newman, doctor de la Iglesia, lo resumió en su lema: “Cor ad cor loquitur” (El corazón habla al corazón). Porque la verdadera relación con Dios no es una teoría intelectual, sino un encuentro afectivo y personal entre el amor de Dios y cada hombre. Es el Corazón de Jesús el que san Pablo propone a los filipenses —y a nosotros— como modelo: “Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo Jesús”, esa configuración que nos transforma en otros cristos (“alter Christus”).

Los sentimientos de Jesús de Nazaret se hacen realidad en la misericordia ante la Magdalena, de compasión con los que andaban como ovejas sin pastor o en el llanto por la muerte de su amigo Lázaro. Sintió la tristeza ante un pueblo que le condenaría y la angustia en Getsemaní por el abandono de Simón Pedro y Judas; el mismo dolor que se renueva cada vez que le volvemos a crucificar con nuestros pecados.

La vida cristiana se fundamenta en la razón iluminada por la fe, armonizando la voluntad y los sentimientos. En estos días, escuchamos al apóstol Juan: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna”. Ese amor extremo, es el gran regalo de la Pascua: el sacramento del Perdón, donde la redención se nos aplica de forma eficaz.

Detectamos que este emotivismo puede afectarnos profundamente. Ya lo advirtió con crudeza Raniero Cantalamessa: “Existe el peligro mortal de vivir en la Iglesia como si Cristo no existiera”. En definitiva, el sentimiento en la vida cristiana (actos eucarísticos, conciertos, procesiones…) debe integrarse en una sólida formación doctrinal y una intensa vida sacramental. Porque, al final, la verdadera procesión siempre va por dentro.

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