—¡Llegas tarde! —le gritó Frodo desde la puerta.
—Un mago nunca llega tarde, Frodo Bolsón —dijo Gandalf—. Ni pronto. Llega precisamente cuando se lo propone.
De este modo relata Tolkien el encuentro entre Gandalf y Frodo en la genial obra “El Señor de los Anillos”. Lamentablemente no soy mago y sí que llego tarde. Llego tarde, porque el 19 de marzo se cumplen quince años del fallecimiento de Mossén Jordi Moya Ródenas.
Con 32 años, Dios lo llamó consigo para continuar su ministerio desde un lugar privilegiado. Dos años de sacerdocio bastaron para confirmar aquello que tantas veces hemos oído: que Dios se lleva a los mejores.
Sin embargo, no fue el suyo un ministerio popular o viral: pasaba completamente desapercibido porque su labor era silenciosa y humilde. Revestido de su larga sotana, llevaba a cabo su apostolado con extraordinaria delicadeza y tacto.
Muchas virtudes se podrían destacar, pero haré especial mención de dos: la devoción y la solemnidad con la que celebraba la Santa Misa y las largas horas de confesión con cualquiera que lo necesitara.
De ambas puedo dar fe sin temor a equivocarme o exagerar. La vivencia de la Eucaristía era palpable: celebraba la Santa Misa como si fuera la primera y la última. Nada distraía su atención y su ejemplo bastaba para ayudar al recogimiento a los fieles que al Santo Sacrificio asistían.
Y la confesión, a tiempo y a destiempo. Cualquier momento era bueno para reconciliarse con Dios, por muchas horas que llevara confesando. Largas horas de confesionario se amontonaban en su corto sacerdocio.
Era un sacerdote como Dios manda, con un alma sencilla y entregada a sus fieles. Apóstol incansable de la juventud y de los menesterosos, acompañaba a un grupo de jóvenes (Jóvenes de San José) los fines de semana a repartir alimentos a las personas más necesitadas por las calles de Barcelona, a escuchar y a hacerles compañía hasta altas horas de la noche.
En una ocasión, mientras comíamos juntos en una casa religiosa me decía sonriente: “Estas benditas hermanas se afanan por atenderme con suma caridad, pero si continúan cebándome, necesitaré una nueva sotana”.
Se enteró de mi vicio confesable, mi pasión por el chocolate negro. Cada semana, cuando nos encontrábamos, sacaba de su bolsillo una pastilla de chocolate y me la regalaba con una sonrisa de oreja a oreja.
En febrero de 2011, realizó sus últimos ejercicios espirituales. A los pocos días, nos envió un mensaje animándonos a rezar porque “m’han de fer una petita intervenció”. No saldría del hospital con vida. Como regalo del cielo, después de mucho sufrimiento, Dios lo llamaría a su presencia el 19 de marzo, fiesta de San José. Para Dios no existen las casualidades.
A expensas del juicio de la Iglesia, puedo decir que conviví con un santo, una persona edificante y comprometida con su vocación hasta el heroísmo. Quince años después de su fallecimiento, llego tarde a rendirle este pequeño homenaje. Quién sabe si en un futuro no muy lejano, podremos verlo en los altares.
Francisco Javier Domínguez
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