CATÓLICOS EN MADRID – Mi vocación – Raúl MedinaSin Autor

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Hola, mi nombre es Raúl. Soy sacerdote desde hace casi 12 años (fui ordenado el 29 de junio del año 2014). Escribir estas líneas espero que sea un regreso a aquella llamada que el Señor me hizo para dejarlo todo y seguirle.

Mi vocación es una historia sencilla de amor de Dios sobre mí, donde de una manera clara me dijo cuál era mi camino concreto para llegar al cielo: la vida sacerdotal. Tengo 35 años, nazco en una familia humilde de un pueblo toledano llamado Miguel Esteban. Allí vivo toda mi infancia, que fue una etapa muy feliz con mis hermanos, padres y amigos. Desde pequeño era un chico calmado, introspectivo y responsable. Tenía inquietud por conocer toda la profundidad de las cosas que me llamaban la atención, ya sea en la vida o en los estudios.

En aquellos años de la niñez, la vida de fe y los sacramentos no eran algo que frecuentara habitualmente. De hecho, recuerdo tomar al Señor en la primera comunión y alejarme durante un tiempo de la Iglesia. Por aquel entonces, mi familia no era practicante y eso marcó la tónica de mis hábitos.
Sin embargo, el Señor en su infinita misericordia ya había puesto su mirada sobre mí, como un elegido para desarrollar una tarea especial.

Recuerdo que, a los once años, tenía un amigo que era monaguillo. Él acudía todas las tardes a la Iglesia para ayudar en el altar. Él fue el enlace que Dios usó para atraerme de nuevo a su Iglesia y su persona. Este amigo y yo solíamos quedar la mayoría de los días para pasar tiempo juntos después de estudiar y hacer los deberes del colegio. Cuando llegaba la hora de la Santa Misa, él siempre me dejaba y se iba. Hasta que yo me cansé, y le dije: “Oye, ¿por qué no te quedas al menos un día conmigo? Vamos a dejar este juego a medias y siempre pasa lo mismo.” Seguramente que el Señor le inspiro aquella tarde, porque no solamente no se quedó, sino que me invitó a ir a la Misa para esperarle y, después de ello, seguir con el juego. Yo accedí. Fui a la Iglesia, estuve en la Misa y al finalizar pasé por una puerta hacia la sacristía para recoger a mi amigo e irnos de nuevo a nuestros juegos. En aquel momento, uno de los sacerdotes del pueblo me vio y me preguntó mi nombre… “Me llamo Raúl” – contesté. A lo que él me dijo: “Mira, yo también me llamo Raúl; esto es una señal para que seas monaguillo, ¿quieres serlo?” Aquel día dije que sí por vergüenza (aunque no quería) y me fui.

Esta historia podría haber acabado aquí, pero el Señor aquel día encendió dentro de mí una chispa que no sabía lo que era. Desde ese día, buscando la explicación de ese impulso, empecé a acudir a la Iglesia diariamente, empecé a ser monaguillo y lo ejercí durante dos años. En esos dos benditos años, el Señor tomó el control de mi vida. Cada vez quería saber más sobre la religión católica, sobre la fe, sobre la persona de Jesús, sobre su liturgia…un detalle de esto es que con 14 años ya sabía usar todos los libros litúrgicos que utiliza el sacerdote.

Dios me llamaba a saber más y más de Él. Sin embargo, los mayores recuerdos son de aquellos días en que ayudaba en el altar, cómo al llegar el momento de la consagración en cada Eucaristía, sentía en mi corazón que Dios me pedía algo más. Yo no sabía lo que era, solo sabía que Dios quería algo de mí, y debía descubrirlo.

Todo eso me llevó a plantear la duda a los sacerdotes de mi parroquia. Desde pequeño tenía claro que deseaba ser médico para ayudar a las personas a curarse, pero ahora Dios me pedía otro camino. Así que dejé mi gusto y decidí entrar al Seminario Menor de Toledo. Lo hice con 14 años, al empezar el curso de 3º ESO. Los años del seminario menor han sido los más felices de toda mi vida. Los recuerdo con especial cariño. Fueron años intensos, divertidos, llenos de aprendizajes y con continuas muestras de amor y de predilección de Jesucristo hacia mí.

Fueron en los primeros ejercicios espirituales, durante ese primer año del seminario menor, en los que Dios me dejó claro que quería que fuese su sacerdote. Así de fácil, por lo que el resto del camino se trataba de confiar en el Señor y en todo lo que él permitiera en mi vida. Todos los años del seminario menor fueron como andar sobre algodones (vocacionalmente hablando) y los años del seminario mayor fueron mucho más duros (como andar en oscuridad), pero siempre tenía presente que Dios ya me había confirmado la vocación, y eso era lo que me valía.

Al final fui ordenado sacerdote en la solemnidad de los santos Pedro y Pablo (29 de junio) del año 2014. He estado en tres destinos hasta ahora: cinco años en la parroquia de Santa Beatriz de Silva, que comprendía algunos barrios nuevos de la ciudad de Toledo, donde había mucha labor pastoral con niños, adolescentes, jóvenes y matrimonios jóvenes; un año en Yuncos, con una pastoral más de alejados e inmigrantes, aunque también con la gente del pueblo; y cinco años que llevo en La Mata y Carriches, dos pueblos pequeños más tradicionales.

Ser sacerdote es una aventura increíble cada día, si no nos acostumbramos a ver la gracia de Dios en las personas y lugares donde estamos. Dios sigue actuando por nuestro medio. Cuando te entregas generosamente, no solo Dios te muestra su favor inmerecido, sino que también las personas te quieren de verdad. Como dijo el santo Cura de Ars: “si volviera a nacer mil veces, mil veces volvería a ser sacerdote”.

Raúl Medina

 

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