La mayor parte de los jóvenes católicos vivimos todos los días, intentando “entregar todo”, amando a Jesús “en todo lo que hacemos”, invocando su presencia en nuestro diario vivir. Unos más que otros, viven su espiritualidad al máximo, pero todos con un mismo objetivo; escuchar su voz.
Una intención que surge de lo más profundo del corazón es la súplica del salmo 25,4-5 “Muéstrame, Señor, tus caminos, enséñame tus senderos”.
“Dime qué quieres de mí, muéstrame cuál es mi vocación”.
Y surge de la preciosa necesidad de comenzar a construir el camino al cielo, porque la vocación dentro de tantos misterios engloba en conclusión eso; Puente que lleva a la Santidad.
Unos la buscan en retiros vocacionales, preseminarios y jornadas, otros le piden a San José y a San Vicente por sus futuros esposos y esposas.
Pero, aquí es importante detenernos a pensar en dos cosas;
1. Qué bello quienes buscan su vocación.
2. Qué bello más aún, quienes no pierden la esperanza y no se desesperan a tal grado de caer en la frase; “Pareciera que Dios no me escucha”.
Dios siempre escucha el clamor del corazón. En Lamentaciones 3,55-56 “Desde lo más hondo te invoqué, Señor… tú oíste mi voz.”
Pero ¿entonces qué pasa? ¿Por qué aún no logro descubrir qué quiere Dios de mí? ¿Por qué aún no conozco al amor de mi vida?
La vocación no es una respuesta rápida, es una relación, toda relación necesita tiempo, confianza y escucha. Esperar a que Dios nos revele nuestra vocación no es un tiempo vacío ni una pausa sin sentido. Es un espacio sagrado donde el corazón se va afinando para escuchar. En un mundo que exige respuestas rápidas y decisiones inmediatas, Dios nos invita a un ritmo distinto: el ritmo del amor que madura en silencio.
No olvidar sin duda alguna que Dios trabaja en el corazón humano. A veces la vocación se revela no como una certeza repentina, sino como un paso posible que pide confianza. Y recordar siempre lo siguiente: “El Señor es bueno con los que en Él esperan, con el alma que lo busca.” Lamentaciones 3,25
Raquel Coss
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