CATÓLICOS EN MADRID – «¡Qué bello es vivir!» – El milagro del amor en Nochebuena

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¡Qué bello es vivir! (1946), dirigida por Frank Capra, narra la historia de George Bailey, un hombre aparentemente corriente cuya vida está marcada por el sacrificio constante. En una Nochebuena especialmente oscura, tras un grave error económico que amenaza con arruinar el banco familiar y deshonrar su nombre, George cae en una profunda desesperación. En ese momento límite, Dios envía a Clarence, un ángel aún sin alas, cuya misión será mostrarle el verdadero valor de su existencia.

A través de un recorrido por su propia vida descubrimos que siempre ha sido generoso con los demás: su familia, su comunidad y su pequeño pueblo, Bedford Falls. A pesar de todo esto, siente que su vida ha sido un fracaso, hasta que Clarence le muestra cómo sería el mundo si él no hubiese existido. Esta historia, profundamente navideña, se convierte así en una reflexión luminosa sobre el amor, la vocación y el sentido de una vida entregada.

Desde su infancia, George Bailey aparece como un hombre dispuesto a darse por los demás. Salva a su hermano de morir ahogado, evitando sin saberlo una tragedia futura; evita que un error del farmacéutico, destrozado por la muerte de su hijo, termine en una muerte injusta; y, ya adulto, renuncia una y otra vez a su gran sueño de viajar, conocer mundo y “vivir de verdad”, según su propia idea, para quedarse en Bedford Falls sosteniendo el negocio familiar.

Su vida parece una sucesión de renuncias encadenadas: primero por su padre, luego por su hermano, más tarde por su comunidad. Ese sacrificio, aunque generoso, va dejando en él una herida silenciosa: la sensación de haber quedado atrapado, de no haber elegido realmente su propio camino.

Sin embargo, junto a esa frustración interior, la película muestra otro hilo fundamental: el amor que George siembra sin darse cuenta. Su matrimonio con Mary, una mujer de figura luminosa, paciente y profundamente entregada; la familia que forman juntos; y la manera en que ambos sostienen al pueblo frente a la avaricia de Henry F. Potter revelan una vida tejida de gestos pequeños pero decisivos.

George no salva al mundo con grandes hazañas, sino con préstamos justos, con confianza en los demás, con una presencia fiel. Incluso llega a sacrificar el dinero de su luna de miel para evitar que sus vecinos pierdan sus hogares. Es su amor diario el que va construyendo una red invisible de gratitud.

El punto de inflexión llega cuando su tío pierde esa importante suma de dinero y todo parece derrumbarse. Preso del miedo y la vergüenza, George empieza a creer la gran mentira: que su vida ha sido un fracaso. Se fija únicamente en lo que ha perdido y deja de ver todo lo que ha recibido. Este momento recuerda a lo que san Juan de la Cruz llamó en la noche oscura del alma: no una simple tristeza, sino una prueba interior profunda, en la que el ser humano pierde los apoyos habituales y ya no encuentra consuelo ni siquiera en el bien que ha hecho. El desaliento nace cuando olvidamos el amor sembrado y permitimos que el sacrificio se transforme en resentimiento.

La intervención de Clarence es decisiva. Al mostrarle cómo sería el mundo sin él, George comprende que su existencia ha sido un don para muchos: vidas salvadas, destinos cambiados, esperanzas sostenidas. La pregunta ya no es qué ha perdido, sino cuánto amor ha generado.

Al regresar a su realidad, esa revelación se concreta de manera conmovedora cuando el pueblo entero acude en su ayuda. Aquellos a quienes sirvió durante años responden ahora con gratitud. Se cumple entonces una verdad profundamente evangélica: «Den, y se les dará; una medida buena, apretada, sacudida y rebosante les darán en su regazo, porque con la misma medida con que midan, se les volverá a medir» (Lc 6,38). George descubre que nunca estuvo solo y que su vida ha tenido un sentido pleno.

¡Qué bello es vivir! nos recuerda, en la última semana de Adviento y en la Navidad, que el amor verdadero no siempre brilla, pero siempre sostiene. Que una vida no se mide por los sueños cumplidos, sino por el bien entregado. Como afirma la película, “ningún hombre es un fracasado si tiene amigos”, y podríamos añadir: si ha sabido amar. La pregunta que queda abierta es profundamente navideña: ¿en qué estamos fijando hoy el corazón? ¿En lo que creemos haber perdido, o en el amor que Dios ya ha sembrado en nuestra vida y en la de los demás?

José Carcelén Gómez

Ficha técnica:
Título original: It’s a Wonderful Life
Año: 1946
País: Estados Unidos
Dirección: Frank Capra
Reparto: James Stewart, Donna Reed, Lionel Barrymore, Thomas Mitchell, Henry Travers, Beulah Bondi, Frank Faylen…

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