CATÓLICOS EN SALAMANCA – De la Cruz a la luz, una vigilia de esperanza en la Catedral

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Los fieles se reunieron para orar, compartir experiencias y renovar su compromiso de ser testigos de la esperanza cristiana tras una semana de iniciativas vinculadas al Jubileo

 

SERVICIO DIOCESANO DE COMUNICACIÓN

La vigilia de oración que se celebró el pasado viernes en la Catedral como culminación de la Semana de la Esperanza comenzó con una invitación: “Hemos llegado a la casa de todos para encontrarnos entre nosotros y para un encuentro personal y comunitario con el Señor Jesús, nuestra puerta de salvación”. Esa misma voz en off insistía en que desde la Iglesia, la única misión es anunciar siempre en todos los rincones de Salamanca que Él “es nuestra verdadera esperanza”.

Y esa celebración se convertió en una oportunidad para contemplar el acontecimiento de salvación que ha cambiado el rumbo de la historia, “en el que se asienta nuestra esperanza, la muerte y resurrección de Jesús, y acoger el envío que él nos hace sin cansarse, con paciencia infinita para caminar juntos”. También se recordó a las víctimas del terremoto de Birmania, “con tantos hermanos que sufren”.

En Paiporta.

Tras la primera lectura del Evangelio y el gesto de acercar la Cruz de la asamblea hacia el altar, una joven de Alba de Tormes, Lourdes Vaquero, ofreció su testimonio como voluntaria en Valencia tras la DANA, en concreto, en la localidad de Paiporta. “Allí pude ver mucha esperanza, primero, en la recogida de alimentos y enseres”, advertía. Lo primero, sus vecinos de Alba, donando todo lo que podían para llevarlo allí. Junto a unos amigos, ella se subió a una furgoneta y salió para Paiporta.  “Cuando pudimos entrar, que nos costó un poquito, nos pusimos en contacto con una familia de Alba de Tormes que vive allí, y  tuvimos mucha gratitud por parte de ellos y de sus vecinos, aún habiendo perdido todo”, relataba.

Una experiencia “dura y difícil”

Lourdes reconoce que ha sido la experiencia “más dura y difícil que he vivido”, porque estaba todo arrasado, según explicaba. Y cuando empezaron a repartir el material, “también pudimos ver la gratitud de la gente, que cogía lo justo para que llegara a los demás”. Esta joven de Alba de Tormes también resalta la cantidad de jóvenes que vio en Paiporta, “riadas de chicos y chicas que recorrían kilómetros y kilómetros cargados con garrafas”. Otro de los aspectos que destacó fue cómo la gente abría la puerta de sus casas, “pese a que no tenían nada”.

Después de este testimonio, se invitó a los presentes a adorar la Cruz de la asamblea con un sencillo gesto: acercarse al Crucificado, Y tras ello, recoger un saquito de semillas depositado en un gran cesto, que nos recuerda que, “con su muerte, ha sembrado en nosotros, en la humanidad y en el universo la esperanza”.

El segundo testimonio de la tarde fue el de Sor Genara García, abadesa del monasterio benedictino de Nuestra Señora de las Dueñas, en Alba de Tormes, que habló de la esperanza desde su comunidad religiosa. Ella reconoció que su vida de comunidad, “se abre cada día a esta esperanza, vivir la comunidad en comunión, siendo diversas, con dificultades, pero con un gran anhelo”.

La necesidad del silencio

Sor Genara.

Por otra parte, confirmó que otra dimensión de su vida es el silencio, “en un mundo donde la prisa se ha convertido en una constante, donde ya no se tiene tiempo para encontrarse”. Y a menudo, incluso en las en las familias, “se vuelve difícil reunirse y conversar con tranquilidad“. Además, admitía que la paciencia ha sido relegada por la prisa, “lo que ocasiona un daño grave a las personas”. De hecho, reiteraba, “ocupan su lugar la intolerancia, el nerviosismo y, a veces, la violencia gratuita que provocan insatisfacción”.

Sor Genara insistía en que debemos aprender a esperar con paciencia, “porque en el silencio se fragua este encuentro con el Dios de Jesús, que da sentido a todo lo que nos acontece en la vida”. Y que necesitamos estos tiempos para el encuentro con nosotros, “con él y con los demás”.

La adoración al Santísimo fue otro momento personal e íntimo de la vigilia, en silencio. Los carmelitas del convento de San Andrés fueron los responsables de acompañar la celebración con su música y sus voces. Y tras rezar el Padre Nuestro, el encuentro terminó con la canción de Alma misionera.

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