La eucaristía, presidida por Mons. José Luis Retana, reunió el 1 de julio a residentes, trabajadores, bienhechores, voluntarios y amigos para agradecer una vida entregada a los ancianos desde la hospitalidad, el cuidado y la oración
SERVICIO DIOCESANO DE COMUNICACIÓN
Las Hermanitas de los Pobres recibieron este miércoles, 1 de julio, el afecto y el agradecimiento de la Iglesia de Salamanca en una eucaristía de acción de gracias que sirvió como despedida y reconocimiento a una presencia de 154 años dedicada al cuidado de los ancianos, siguiendo el carisma de santa Juana Jugan. La celebración, presidida por el obispo Mons. José Luis Retana, tuvo lugar en la iglesia de su residencia, en la avenida de San Agustín, donde las religiosas estuvieron arropadas por residentes, trabajadores, bienhechores, voluntarios, amigos y miembros de la comunidad diocesana.
Cruce de gratitudes
Mons. José Luis Retana habló en su homilía de una celebración marcada por “un cruce de gratitudes”. Por una parte, dio gracias a los benefactores por “las numerosas ayudas, que durante tantos años han colaborado a sostener esta gran obra en nuestra ciudad de Salamanca”; por otra, agradeció a las Hermanitas de los Pobres su larga presencia en la ciudad, “teniendo a san José como maestro e intercesor”.
“Hay momentos en la vida en los que las palabras parecen quedarse pequeñas para expresar lo que llevamos en el corazón. Este es uno de esos momentos”, afirmó el obispo de Salamanca.
El prelado se dirigió de manera especial a los benefactores, a quienes recordó que durante todos estos años han sido “mucho más que colaboradores” y “parte de esta gran familia”. Gracias a su ayuda, señaló, muchos mayores han encontrado en esta casa “no solo un techo y unos cuidados, sino también un hogar donde sentirse queridos, respetados y acompañados”.
Mons. Retana recordó que “cada donativo, cada gesto de solidaridad, cada visita, cada palabra de ánimo y cada oración” han contribuido a mantener viva en Salamanca la obra inspirada por Santa Juana Jugan, cuyo carisma ha sido siempre “acoger a los ancianos más necesitados con amor, sencillez y dignidad”. Una obra, añadió, en la que muchos ancianos encontraron “una familia, una sonrisa, una mano tendida en los momentos de mayor fragilidad”.
El obispo resaltó además, que el bien realizado por las Hermanitas de los Pobres permanece más allá de su marcha: “Las obras cambian, las personas pasan y las circunstancias evolucionan, pero el amor entregado nunca se pierde. Permanece en el corazón de quienes lo reciben y en el de Dios, que conoce cada gesto realizado con generosidad”.
“Dios nos ayudará, es su obra”
Al término de la eucaristía, la superiora de la comunidad tomó la palabra para reiterar el agradecimiento de las Hermanitas de los Pobres. Comenzó con una frase de Santa Juana Jugan: “Dios nos ayudará, es su obra”. Una expresión, explicó, nacida de “un corazón plenamente confiado en la providencia” y que hoy ilumina el sentir de la comunidad, “aún en medio del dolor de la despedida”.
La superiora recordó el humilde origen de la congregación, nacida del gesto de su fundadora con una anciana ciega, sola y paralítica. “La cargó sobre sus hombros y le ofreció su propia cama”, relató. A partir de aquel gesto sencillo, muchos ancianos pobres llamaron a su puerta, y ella comenzó a atenderlos viviendo sin rentas, confiándolo todo a la providencia y bajo la protección del patriarca San José.
Los primeros pasos de la misión en Salamanca
Ese mismo espíritu llegó también a Salamanca. La superiora recordó que D. Mariano Lluch conoció a las Hermanitas en Marsella y transmitió su entusiasmo a su hermano, Mons. Joaquín Lluch, obispo de Salamanca, quien inició en 1868 las gestiones para establecer en la diócesis una casa que encarnara el espíritu de Juana Jugan. La fundación, sin embargo, no pudo hacerse realidad hasta 1872.
Las primeras hermanitas salieron de Madrid el 23 de diciembre de aquel año y llegaron a Peñaranda de Bracamonte en la madrugada del día 24. Desde allí fueron conducidas a Salamanca, donde el obispo había preparado para ellas “una casita con su jardín” en el número 15 de la calle Padilleros. Al día siguiente, día de Navidad, recibieron a su primer acogido, un anciano que necesitaba cuidados y hogar.
“Él fue el primero, como ha dicho monseñor José Luis, de un larguísimo desfile de centenares y millares de ancianos que desde entonces han pasado por esta casa”, expresó la superiora.
Con el paso del tiempo, aquella primera vivienda quedó pequeña y, tras el paso por la Torre del Aire, la congregación inauguró en 1927 la casa actual en la avenida de San Agustín. Desde allí, las Hermanitas de los Pobres han desarrollado su labor con la ayuda de bienhechores, asociados Juana Jugan, voluntarios y trabajadores.
“Ustedes han sido siempre nuestro tesoro”
Las Hermanitas de los Pobres, bajo la mirada de Santa Juana Jugan, cuyo carisma ha guiado su misión en Salamanca
“Cuánto agradecimiento debemos las hermanitas a esta ciudad por su constante ayuda”, manifestó la superiora, antes de expresar su gratitud a Salamanca porque “con mucha generosidad y afecto” ha permitido a la congregación llevar adelante su misión durante 154 años.
La superiora recordó también a quienes, desde la Asociación Juana Jugan o como voluntarios, han ofrecido durante estos años su tiempo y su servicio en favor de los residentes. “Cuánto debemos a nuestros bienhechores. Sin ellos, ¿qué haríamos?”, citó de su fundadora, antes de señalar que “nada quedará sin recompensa en el Señor”.
Junto a residentes y voluntarios, en una actividad celebrada en el patio de su residencia en la Avenida de San Agustín.
También hubo un agradecimiento para el personal de la casa, “que siempre ha trabajado con responsabilidad y dedicación al servicio de los ancianos”. Sobre la decisión de dejar Salamanca, reconoció que la congregación ha debido afrontar “momentos difíciles y superar muchas pruebas”, siempre desde la confianza en Dios.
“Hemos buscado la mejor solución con mucho empeño para esta casa, para los ancianos que permanecerán en ella y para el personal que ha trabajado con nosotras durante tantos años”, señaló.
Por último, se dirigió a los residentes, a quienes definió como “nuestro tesoro, la razón más profunda de nuestra entrega”. Con emoción, reconoció que “hoy sentimos la tristeza de la despedida, porque dejar esta casa es dejar parte de nuestra vida, pero también sentimos paz, la paz de saber que el espíritu de familia que Santa Juana Jugan soñó seguirá vivo en ustedes”.
“Nosotras nos marcharemos, pero parte de nuestro corazón se quedará aquí”, aseguró. Antes de concluir, les recordó que no están solos, porque “el Señor seguirá acompañándolos y nosotras cada día los llevaremos en nuestra oración, poniendo sus intenciones en el corazón de Dios”.
La Diócesis da gracias por la misión de las Hermanitas de los Pobres en Salamanca
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